El papel seguía encima de la mesa.
Daniel había pensado en guardarlo.
Después en tirarlo.
Al final no había hecho ninguna de las dos cosas.
RESONANCIA: 0
PATRÓN: —
RESULTADO: SIN CLASIFICAR
Tres líneas.
Llevaba varios minutos mirándolas cuando Lina entró en la cocina.
Abrió la nevera.
Sacó una botella de agua.
Cerró.
Volvió a abrir.
Daniel levantó la mirada.
—¿Qué buscas?
—No lo sé.
—Buen comienzo.
Lina encontró finalmente un yogur.
Se sentó enfrente.
Sus ojos fueron directamente al documento.
—¿Te han dicho algo?
—No.
—¿Nada?
Daniel señaló el papel.
—Parece apropiado.
Lina no sonrió.
Daniel sí.
O lo intentó.
El teléfono vibró.
Lo cogió.
AGENCIA ESTATAL DEL ÉTER
Daniel dejó de sonreír.
Abrió el mensaje.
EXPEDIENTE: DANIEL RODRÍGUEZ
RESULTADO PREVIO: SIN CLASIFICAR
SE REQUIERE EVALUACIÓN COMPLEMENTARIA.
Debajo aparecían una hora y una dirección.
Lina dejó el yogur.
—¿Otra vez?
—Otra vez.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—No te he preguntado.
Daniel levantó la mirada.
Reconoció inmediatamente sus propias palabras.
—Eso es mío.
—Ahora es mío.
Daniel negó con la cabeza.
Pero esta vez sí sonrió.
La Agencia Estatal del Éter todavía no parecía una agencia.
No del todo.
El edificio había pertenecido a otra administración. Algunas placas antiguas seguían visibles bajo las nuevas.
Había cajas en los pasillos.
Cables sujetos provisionalmente a las paredes.
Técnicos transportando equipos.
Personal sanitario entrando y saliendo.
Militares descargando contenedores.
Pero sobre la entrada ya había un nombre.
AGENCIA ESTATAL DEL ÉTER
A.E.E.
Daniel levantó la vista.
—Han ido rápido.
Lina siguió caminando.
—Supongo que cuando medio país empieza a hacer cosas imposibles, te entran las prisas.
Daniel la siguió.
—Pues conmigo se las están tomando con calma.
Lina lo miró de reojo.
Daniel continuó andando.
No había cientos de personas aquella vez.
Había unas veinte.
Daniel se dio cuenta enseguida.
Aquello no era otro registro general.
Todos los presentes llevaban una carpeta.
Algunas mostraban códigos.
AE-01.
NE-05.
SY-06.
Otras mostraban una palabra diferente.
INERTE.
Daniel se quedó mirándola.
Una chica aproximadamente de su edad sostenía una de aquellas carpetas contra el pecho.
No parecía enferma.
No parecía diferente.
Estaba mirando el móvil.
Daniel bajó la voz.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
Una pantalla se encendió.
PROTOCOLO COMPLEMENTARIO DE EVALUACIÓN DEL ÉTER
Una investigadora se situó frente al grupo.
—Durante las últimas semanas hemos conseguido identificar patrones estables de respuesta al Éter.
En pantalla aparecieron los siete códigos.
Después desaparecieron.
Fueron sustituidos por cuatro palabras.
RESERVA
FLUJO
CONTROL
SINCRONÍA
—Identificar un patrón no es suficiente —continuó—. Necesitamos entender cómo responde cada organismo.
Señaló la primera palabra.
—Reserva representa la cantidad de Éter que conseguimos detectar.
La segunda.
—Flujo mide su circulación y transferencia durante las pruebas.
La tercera.
—Control estima la estabilidad de una manifestación.
Y la última.
—Sincronía mide la respuesta entre el individuo, su patrón y los materiales utilizados durante la evaluación.
Una mano se levantó.
—¿Y qué significa Inerte?
La investigadora hizo una pequeña pausa.
—Es una categoría provisional para evaluaciones válidas en las que no detectamos una afinidad.
Daniel volvió a mirar a la chica.
INERTE.
Lina, en cambio, lo miró a él.
Daniel levantó la mano.
—¿Y si no podéis clasificar a alguien?
La investigadora consultó su tableta.
—El expediente permanece abierto.
Daniel bajó la mano.
Miró su carpeta.
SIN CLASIFICAR.
El teléfono vibró en su bolsillo.
Daniel lo sacó.
FLORA: ¿Ya has entrado?
DANIEL: No.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
FLORA: ¿Nervioso?
Daniel escribió:
No.
Se quedó mirando la palabra.
La borró.
DANIEL: Un poco.
Pasaron unos segundos.
FLORA: Bien.
Daniel frunció el ceño.
Otro mensaje.
FLORA: Ya pensaba que te habían sustituido por alguien emocionalmente funcional.
Daniel soltó aire por la nariz.
Lina lo miró.
—¿Qué?
Daniel guardó el móvil.
—Flora.
Lina asintió.
Eso explicaba suficiente.
Las evaluaciones comenzaron.
Daniel y Lina podían observar parte del procedimiento detrás de un cristal.
Entró un hombre.
PATRÓN: NE-05
Los valores aparecieron uno detrás de otro.
RESERVA: 32
FLUJO: 28
CONTROL: 19
SINCRONÍA: 35
Después una mujer.
PATRÓN: SY-06
Otros números.
Después otra persona.
Otros.
Daniel cruzó los brazos.
—Parece un examen.
—No lo es.
Daniel miró alrededor.
Varias personas comparaban resultados.
—Cuarenta y uno.
—¿Cuánto tienes de Control?
—Me han repetido Sincronía.
Daniel señaló discretamente hacia ellos.
—Pues ellos no lo saben.
Lina observó la sala.
Apenas llevaban unas semanas comprendiendo qué era el Éter.
Y la gente ya estaba convirtiéndolo en números.
Una puerta se abrió.
—Lina Rodríguez.
Daniel giró la cabeza.
—¿Tú también?
Lina levantó su carpeta.
AE-01 — SEGUIMIENTO
—Me han citado para repetir algunas mediciones.
Daniel hizo un gesto solemne.
—Buena suerte, cero uno.
Lina le dio un golpe en el brazo.
—No vuelvas a llamarme así.
Entró.
Daniel se acercó al cristal.
Los sensores se activaron.
Una corriente suave recorrió la cámara.
El cabello de Lina se movió.
Esta vez ella no se sobresaltó.
Respiró.
El aire giró alrededor de sus brazos.
Los sensores reaccionaron.
Uno.
Otro.
Otro.
Otro.
Números.
Daniel observó a su hermana.
No parecían extraordinarios.
Pero estaban ahí.
Lina salió minutos después.
Miró su hoja.
Después a Daniel.
Volvió a mirar la hoja.
—¿Y? —preguntó él.
Lina tardó en responder.
—Bien.
Daniel señaló el papel.
—¿Eso es todo?
Ella se lo enseñó.
Daniel recorrió los valores.
—Tienes números.
—Gran análisis.
—Cobro barato.
Lina no retiró la hoja.
—Dani...
Daniel supo lo que iba a decir.
—No.
—Ni siquiera he dicho nada.
—Por eso. Vamos mejorando.
Lina bajó la mirada hacia sus resultados.
Daniel le devolvió la carpeta.
—Son tuyos.
Ella levantó los ojos.
—Ya lo sé.
—Entonces deja de mirarme como si tuvieras que pedirme perdón por ellos.
Lina permaneció callada.
Daniel sonrió.
—Además, alguno tiene que salir bien en esta familia.
Esta vez Lina tampoco sonrió.
Daniel apartó la mirada primero.
Una voz salió por el altavoz.
—Daniel Rodríguez.
La sonrisa desapareció.
Lina lo miró.
Daniel dejó su carpeta sobre el mostrador.
—Bueno.
—Dani.
—Estoy bien.
—Todavía no ha pasado nada.
Daniel miró la puerta.
—Precisamente.
Entró.
La cámara era diferente a la del registro.
Más sensores.
Más cables.
Más pantallas.
En el centro había un fragmento de La Caída protegido por varias capas transparentes.
Una investigadora abrió su expediente.
—Daniel Rodríguez.
—Sí.
Leyó.
Después volvió a leer.
—Resultado previo: resonancia cero. Patrón no asignado.
Daniel apoyó las manos donde le indicaron.
—Ese soy yo.
—No intentes provocar ninguna respuesta.
—No se me da demasiado bien.
La investigadora levantó los ojos.
Daniel dejó de bromear.
El sistema se activó.
Un zumbido bajo.
Primera medición.
La barra avanzó.
RESERVA: 0
Daniel observó el número.
Segunda prueba.
FLUJO: 0
Detrás del cristal, Lina permanecía inmóvil.
La investigadora cambió varios parámetros.
—Vamos a intentar una respuesta controlada.
Daniel cerró los ojos.
Respiró.
Intentó sentir algo.
Pensó en aquella calle.
En la criatura.
En aquella fracción de segundo que nunca había conseguido recordar correctamente.
Nada.
Abrió los ojos.
CONTROL: 0
La investigadora no dijo nada.
Última prueba.
El fragmento permaneció inmóvil.
La barra avanzó.
SINCRONÍA: 0
Cuatro ceros.
Daniel esperó.
Miró a la investigadora.
Después a la pantalla.
Después otra vez a la investigadora.
Nadie pidió repetir la prueba.
Aquello fue peor.
—¿Ya está?
La investigadora examinó los datos.
—Tenemos que revisar el procedimiento.
Daniel señaló la pantalla.
—Pero eso es un resultado.
—Es un resultado.
—Entonces soy Inerte.
La mujer negó.
—No.
Daniel frunció el ceño.
—Acabas de decir que...
—Una clasificación Inerte requiere una evaluación válida sin afinidad detectable.
Señaló su expediente.
—En tu caso seguimos sin poder cerrar la evaluación.
Daniel miró los cuatro ceros.
—No entiendo la diferencia.
La investigadora permaneció unos segundos en silencio.
—Nosotros tampoco.
Daniel soltó una pequeña risa.
Sin humor.
—Eso tranquiliza bastante.
La investigadora escribió.
EXPEDIENTE ABIERTO
SIN CLASIFICAR
Daniel recogió su carpeta.
Antes de salir volvió a mirar la pantalla.
Los cuatro ceros seguían allí.
Esta vez no hizo ninguna broma.
Lina lo esperaba fuera.
No preguntó inmediatamente.
Daniel le entregó la hoja.
Ella leyó.
0.
0.
0.
0.
—Dani...
—Estoy bien.
Lina levantó los ojos.
Daniel recuperó el documento.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues esa cara dice bastante.
Lina lo observó.
—Has tardado más en salir.
Daniel dobló la hoja.
Una vez.
Después otra.
—Estaban siendo minuciosos.
Lina miró el papel doblado.
Daniel se dio cuenta.
Dejó de doblarlo.
Alrededor, otras personas salían con códigos.
Con números.
Con algo que podían explicar.
Una pareja comparaba resultados junto a una máquina expendedora.
Daniel apartó la vista.
—Por lo menos sabemos una cosa.
—¿Cuál?
—Que las dos máquinas están de acuerdo.
Lina lo miró.
Daniel empezó a caminar.
Esta vez ella no respondió a la broma.
Solo caminó a su lado.
Los días siguientes trajeron palabras nuevas.
Éter.
A.E.E.
Inerte.
Y también trajeron algo que ningún organismo oficial había anunciado.
Comparaciones.
Capturas comenzaron a circular por redes.
RESERVA 52.
SINCRONÍA 61.
¿QUÉ PATRÓN TIENES?
¿CUÁNTO TE HA SALIDO?
Vídeos.
Bromas.
Clasificaciones improvisadas.
Gente que apenas entendía aquellos números utilizándolos para decidir quién era fuerte.
Quién era débil.
Quién importaba.
Y una palabra empezó a utilizarse de otra forma.
Inerte.
Ya no siempre como una clasificación.
A veces como un insulto.
La chica intentó recuperar su carpeta.
—Devuélvemela.
El joven levantó el brazo.
Ella no llegaba.
Su amigo soltó una carcajada.
—¿Para qué la quieres?
—He dicho que me la devuelvas.
El muchacho miró el documento.
INERTE.
—Mira.
Se lo enseñó al otro.
—Cero.
La chica intentó quitárselo.
Él volvió a apartarlo.
—No pone cero.
—Es lo mismo.
—Devuélvemelo.
—Eh.
La voz llegó desde detrás.
Los dos jóvenes giraron.
Armando estaba a unos metros.
Había salido de otro edificio del complejo.
No conocía a la chica.
Tampoco a ellos.
Se acercó.
—Devuélveselo.
El joven bajó ligeramente la carpeta.
—¿Y tú quién eres?
—Alguien que te está diciendo que se la devuelvas.
—No te metas.
Armando miró a la chica.
Después al documento.
—Devuélveselo.
No levantó la voz.
No hizo ningún gesto amenazante.
Simplemente esperó.
La sonrisa del joven desapareció.
La chica aprovechó el momento.
Le arrancó la carpeta.
—Gracias.
Armando asintió.
—Vete.
Ella dudó.
—Tranquila.
Armando sonrió.
—Vete.
La chica se alejó.
—Qué héroe.
Armando giró.
Darian estaba apoyado contra una de las barandillas.
No parecía enfadado.
Ni siquiera especialmente interesado.
Había estado observando.
Uno de los jóvenes señaló a Armando.
—Solo estábamos bromeando.
Darian miró hacia donde se había marchado la chica.
—Pues ya está.
Armando relajó ligeramente los hombros.
—Exacto.
Se dio la vuelta.
—Aunque no entiendo una cosa.
Armando se detuvo.
—¿Qué?
Darian señaló vagamente en dirección a la chica.
—Por qué te molesta tanto.
Armando volvió a mirarlo.
—Estaban humillándola.
—Y tú has decidido que era asunto tuyo.
—Sí.
Darian sonrió.
—¿Por qué?
Armando frunció el ceño.
—¿Necesito una razón?
—No puede hacer nada.
Silencio.
Armando entendió.
—¿Y?
—Nada.
Darian se encogió de hombros.
—Me parece curioso que algunos sigáis fingiendo que todo continúa igual.
Armando avanzó un paso.
—Hace un mes todos éramos iguales.
Darian sostuvo su mirada.
—Hace un mes.
—Sigue siendo una persona.
—No he dicho lo contrario.
—No hacía falta.
La sonrisa de Darian se redujo.
A cierta distancia, otra puerta se abrió.
Clara salió con una carpeta bajo el brazo.
Se detuvo al escuchar voces.
Había gente reuniéndose cerca de una de las zonas exteriores.
No sabía qué ocurría.
Se acercó.
Desde allí podía ver a dos jóvenes frente a frente.
No conocía a ninguno.
—Déjalo —dijo uno de los muchachos.
Armando no apartó la mirada de Darian.
—Yo ya había terminado.
—Entonces vete —respondió Darian.
Armando miró hacia donde se había marchado la chica.
Después volvió a mirarlo.
—No.
Darian ladeó ligeramente la cabeza.
—¿No?
—Quiero saber una cosa.
—Pregunta.
—¿De verdad piensas así?
Darian tardó un segundo.
—Creo que el mundo ha cambiado.
—Eso no responde.
—Responde perfectamente.
Armando negó lentamente.
—No.
Darian avanzó un paso.
Armando siguió inmóvil.
Una botella de agua descansaba sobre un banco cercano.
Clara vio algo.
La botella tembló.
Muy poco.
Después otra.
El agua del interior ascendió por el cuello.
Sin que Armando las mirara.
Clara abrió ligeramente los ojos.
El líquido salió.
Una corriente.
Después otra.
El agua avanzó por el aire hasta Armando.
No nacía de sus manos.
No nacía de su cuerpo.
Respondía a él.
Las dos corrientes giraron alrededor de sus antebrazos.
Compactas.
Estables.
Armando respiraba despacio.
Sin movimientos innecesarios.
Clara miró las botellas vacías.
Después a él.
Había visto fenómenos desde La Caída.
Pero aquello era diferente.
No parecía un accidente.
Armando sabía lo que estaba haciendo.
O estaba empezando a saberlo.

Darian miró el agua.
Su expresión cambió apenas.
—Así que tú sí tienes algo.
Armando no respondió.
Darian avanzó.
El primer movimiento fue rápido.
Armando reaccionó antes de que Clara entendiera qué había ocurrido.
Una de las corrientes se desplegó frente a él.
El impacto golpeó el agua.
La superficie se deformó violentamente.
Pero aguantó.
Armando giró la muñeca.
La segunda corriente salió disparada.
Darian tuvo que apartarse.
Armando no lo persiguió.
Mantuvo la distancia.
Esperó.
Darian volvió.
Otra vez.
Armando utilizó menos agua.
Más rápido.
Desvió.
Retrocedió medio paso.
Giró.
Contraatacó.
Darian bloqueó.
Clara observaba.
Armando no parecía más fuerte.
Parecía más tranquilo.
Cada movimiento tenía una intención.
Defender.
Desviar.
Esperar.
Responder.
No desperdiciaba agua.
No desperdiciaba movimientos.
Darian atacó de nuevo.
Armando lo esperaba.
El agua se comprimió.
Golpeó.
Darian retrocedió.
Un paso.
Solo uno.
Silencio.
Armando tampoco habló.
Darian miró su propio pie.
Después levantó la vista.
Por primera vez había desaparecido completamente la sonrisa.
Darian avanzó.
Esta vez Armando no llegó a verlo.
El golpe atravesó su defensa.
El agua perdió forma.
Armando salió despedido contra una barandilla.
Clara dio un paso instintivamente.
Varias personas gritaron.
—¡Eh!
—¡Parad!
Armando cayó.
Una rodilla contra el suelo.
Respiró.
El agua tembló a su alrededor.
Darian caminó hacia él.
Armando levantó una mano.
La corriente respondió.
Más lenta.
Aun así respondió.
Darian atacó.
Armando consiguió desviarlo parcialmente.
Se levantó.
Darian volvió a golpear.
Esta vez Armando cayó sobre ambas manos.
Sangre en el labio.
Clara miró alrededor.
—¿No hay seguridad?
Alguien ya estaba hablando por teléfono.
—Están avisados.
Clara volvió a mirar.
Armando estaba levantándose.
Otra vez.
Daniel y Lina salieron del edificio.
Daniel llevaba la carpeta bajo el brazo.
—Necesito comer algo.
—Acabas de descubrir que tienes cuatro ceros y estás pensando en comida.
—Precisamente.
Lina iba a responder.
Un golpe seco.
Después gritos.
Daniel giró.
Había gente reuniéndose.
—¿Qué pasa?
Lina miró.
—No sé.
Daniel empezó a caminar hacia allí.
—Dani.
—Solo voy a mirar.
Lina lo siguió.
Armando volvió a ponerse en pie.
El agua ya no giraba limpiamente.
Caía en gotas.
La respiración tampoco era la misma.
Darian estaba intacto.
—Podrías haberte ido —dijo.
Armando escupió sangre a un lado.
—Tú también.
Darian avanzó.
Armando reunió lo que quedaba de agua.
La corriente salió.
Darian la atravesó.
Armando recibió el impacto en el pecho.
Cayó.
Intentó incorporarse.
Una rodilla.
Después la otra.
No pudo más.
Darian se detuvo delante de él.
—Eso es lo que no entendéis.
Armando levantó la mirada.
—El mundo ya decidió que no somos iguales.
—No.
Armando respiró con dificultad.
—Tú decidiste que eso te hacía mejor.
Algo cambió en la expresión de Darian.
Dio otro paso.
Daniel llegó al círculo de gente.
No conocía al chico que estaba en el suelo.
No conocía al que estaba delante.
Solo vio la sangre.
El agua esparcida por el suelo.
Y, unos metros más atrás, una chica abrazando una carpeta contra el pecho.
INERTE.
Daniel entendió suficiente.
—Eh.
Darian no reaccionó.
Daniel avanzó.
—Ya está.
Lina lo agarró del brazo.
—Dani.
Daniel miró al desconocido de rodillas.
Después a Darian.
—Déjalo.
Armando levantó la cabeza.
No sabía quién era aquel tipo.
Darian tampoco.
—No te metas —dijo Armando.
Daniel lo miró.
—¿Puedes levantarte?
Armando intentó hacerlo.
No pudo.
Daniel volvió a mirar a Darian.
—Eso pensaba.
Se colocó delante.

Desde el otro lado de la multitud, Clara dejó de respirar durante un instante.
Ese perfil.
Aquella voz.
Avanzó un paso.
Una persona se cruzó delante.
Clara se desplazó.
Volvió a mirar.
Y entonces lo vio bien.
Era él.
El chico de La Caída.
El desconocido que había regresado por ella cuando todos los demás corrían en dirección contraria.
Clara apretó la carpeta.
—Espera...
Él no podía oírla.
Darian observó al recién llegado.
No había reconocimiento en sus ojos.
—¿Quién eres?
Daniel señaló a Armando.
—Alguien que te está diciendo que pares.
Armando lo miró.
Aquel desconocido acababa de llegar.
No sabía quién era él.
No sabía cómo había empezado aquello.
Y aun así estaba allí.
—No sabes dónde te estás metiendo —dijo Armando.
Daniel no apartó los ojos de Darian.
—Sí.
Miró la sangre.
—Más o menos.
Darian sonrió.
—Apártate.
Daniel no se movió.
—No.
—No es asunto tuyo.
Daniel miró un instante hacia la chica Inerte.
Después a Armando.
—Ahora sí.
Clara escuchó aquellas palabras desde lejos.
Y algo dentro de ella volvió a aquella calle.
Polvo.
Cristales.
Dolor.
Una mano extendida hacia ella.
Ven.
Él no sabía quién era ella entonces.
Tampoco conocía a aquel chico ahora.
Y aun así...
Otra vez.
Darian dio un paso hacia Daniel.
—¿Qué tienes?
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
—Tu patrón.
Daniel permaneció callado.
—¿Cuál es?
Lina llegó detrás.
—Dani.
Clara la oyó.
Miró a la chica.
Después a él.
Dani.
Daniel.
Por fin tenía un nombre.
Daniel no respondió a su hermana.
Sintió la carpeta bajo su brazo.
La pantalla.
Los cuatro resultados.
RESERVA: 0
FLUJO: 0
CONTROL: 0
SINCRONÍA: 0
Darian esperó.
—Ninguno.
Armando levantó la cabeza.
Clara también lo escuchó.
Darian lo observó con más atención.
—¿Inerte?
Daniel tardó un instante.
—Ni siquiera.
Armando miró a Daniel.
Después bajó la vista.
Las manos de Daniel estaban vacías.
Las suyas seguían mojadas.
Una gota descendió por sus dedos y cayó al suelo.
Volvió a mirar a Daniel.
Darian soltó una pequeña risa.
—Entonces esto no tiene nada que ver contigo.
Daniel sostuvo su mirada.
—Ya te he dicho que pares.
—Y yo te estoy dando la oportunidad de apartarte.
Lina volvió a agarrar a su hermano.
—Dani.
Daniel la miró.
Tenía miedo.
Él también.
Lina lo supo.
Eso fue lo peor.
Porque Daniel no estaba allí porque no entendiera el peligro.
Lo entendía perfectamente.
Daniel retiró suavemente el brazo de su mano.
—Quédate atrás.
—No.
—Lina.
—No voy a...
—Por favor.
Lina se quedó quieta.
Daniel volvió a mirar a Darian.
Armando apoyó una mano mojada contra el suelo.
Intentó levantarse.
—No...
Daniel giró ligeramente la cabeza.
—Quédate.
Armando apretó los dientes.
—Te va a destrozar.
Daniel miró otra vez a Darian.
—Sí.
Armando se quedó quieto.
Miró sus propias manos.
Después las de Daniel.
Vacías.
No dijo nada más.
Clara empezó a avanzar entre la gente.
—Perdona.
Apartó a una persona.
—Déjame pasar.
Otra.
La zona estaba parcialmente delimitada por vallas y controles.
Buscó una abertura.
Demasiado lejos.
—¡Espera!
Daniel no la oyó.
O no tuvo tiempo.
Darian levantó una mano.
Algo cambió alrededor de sus pies.
No hubo un nombre.
No hubo un código.
No hubo números.
Solo una oscuridad que parecía demasiado densa para pertenecer a una sombra normal.
Armando la vio.
Daniel también.
Clara se detuvo.
Darian miró al desconocido que se negaba a apartarse.
—Última vez. Apártate.
Daniel no se movió.
—No.
Darian entrecerró los ojos.
—¿No?
Daniel señaló primero a Armando, todavía herido en el suelo.
Después miró hacia la chica, que seguía aferrada a su carpeta.
—No hasta que te disculpes con los dos.
Durante un instante nadie dijo nada.
Armando levantó la mirada.
Darian miró a la chica.
Después a Armando.
Finalmente volvió a Daniel.
—¿Quieres que me disculpe?
—Sí.
—¿Con ellos?
—Con los dos.
Darian soltó una pequeña risa.
Daniel no.
—Pides disculpas y se acaba aquí.
Armando observó a Daniel.
Después a la chica.
Después otra vez a Daniel.
Darian dejó de sonreír.
—No estás en posición de exigirme nada.
Daniel sostuvo su mirada.
—Entonces no me aparto.
Desde el otro lado de la multitud, Clara lo observaba.
Otra vez.
El mismo chico.
La misma decisión.
Solo que ahora sabía su nombre.
Daniel.
—Dani... —murmuró Lina.
Daniel no respondió.
La oscuridad alrededor de Darian comenzó a extenderse por el suelo.
Armando apoyó una mano contra el suelo e intentó levantarse.
—No...
Daniel giró ligeramente la cabeza.
—Quédate.
Armando apretó los dientes.
—Te va a destrozar.
Daniel volvió a mirar a Darian.
—Sí.
No sonrió.
Clara continuó abriéndose paso entre la gente.
—¡Espera!
Demasiado lejos.
Darian levantó ligeramente una mano.
—Te lo has buscado.
Daniel cerró los puños.
Pensó en la máquina.
RESERVA: 0
FLUJO: 0
CONTROL: 0
SINCRONÍA: 0
Nada ocurrió.
Daniel miró sus manos.
Solo un instante.
Después las cerró con más fuerza.
Darian avanzó.
Daniel permaneció delante de Armando.
—Todavía puedes apartarte.
Daniel levantó la mirada.
—Discúlpate.
La oscuridad se lanzó hacia él.
Armando intentó incorporarse.
Clara abrió los ojos.
Lina gritó.
—¡DANIEL!
CORTE A NEGRO.