El mensaje llegó a las 06:12.
Daniel llevaba despierto cuatro minutos.
Seguía tumbado cuando la pantalla del teléfono iluminó la habitación.
A.E.E. — UNIDAD DE APOYO OPERATIVO
PROCESO DE SELECCIÓN
PRESENTACIÓN: 07:30
Debajo aparecía una dirección.
Y una última indicación.
ROPA DEPORTIVA.
Daniel volvió a leerla.
—Genial.
Desde el pasillo llegó una voz.
—¿Qué?
Daniel no respondió.
Intentó incorporarse demasiado deprisa.
Una punzada le atravesó el costado.
Se detuvo.
Apretó los dientes.
Esperó.
Luego continuó como si nada.
Cuando levantó la cabeza, Lina estaba apoyada en el marco de la puerta.
Ya iba vestida para salir.
No dijo nada.
Daniel cogió una camiseta.
Al levantar el brazo derecho, volvió a hacer una pequeña mueca.
Lina la vio.
—Te sigue doliendo.
—Menos.
—No he preguntado eso.
Daniel se puso la camiseta.
—Entonces sí.
Lina entró.
Sobre una silla descansaba la documentación que Daniel había recibido de la A.E.E.
ASPIRANTE — U.A.O.
Ella la miró.
—¿Hoy empiezas?
—Hoy empiezan a decidir si empiezo.
—Eso suena peor.
Daniel sonrió.
—Gracias por los ánimos.
Lina levantó la mochila que llevaba colgada de un hombro.
En el lateral se veía el escudo de Aeris.
—Yo también tengo entrenamiento.
Daniel observó el símbolo.
—¿Ya os dan merchandising?
—Es uniforme.
—Todavía parece merchandising.
Lina le dirigió una mirada seca.
Daniel cogió su propia mochila.
Esta no llevaba ningún símbolo de Casa.
Solo una identificación provisional de la A.E.E.
—Dani.
Daniel se detuvo.
Lina dejó de bromear.
—No tienes que demostrarle nada a nadie.
Él no respondió.
—Ni a ellos.
Pausa.
—Ni a Darian.
Daniel bajó la mirada hacia la mochila.
Durante un momento volvió a sentir el suelo.
El sabor metálico.
La imposibilidad de levantar el cuerpo una vez más.
—Lo sé.
Lina no pareció convencida.
—¿Seguro?
Daniel tardó unos segundos.
—No.
Ella levantó ligeramente las cejas.
Daniel pasó junto a ella.
—Pero estoy trabajando en ello.
Lina sonrió apenas.
—Eso me sirve.
El área U.A.O. no se parecía en nada a la que Daniel había visitado durante la orientación.
Las sillas habían desaparecido.
También las presentaciones.
Ahora había líneas pintadas en el suelo.
Camillas.
Cuerdas.
Pesos.
Botiquines.
Radios.
Equipos de respiración.
Chalecos.
Material de protección.
Y un grupo de instructores observándolo todo.
Daniel encontró a Melisa junto a una mesa.
Había abierto la mochila.
Dentro tenía varias bolsas transparentes.
Daniel se detuvo.
Miró.
Vendas.
Guantes.
Una botella.
Comida.
Todo separado.
Todo etiquetado.
Melisa levantó la vista.
—¿Qué?
Daniel señaló la mochila.
—¿Has etiquetado las vendas?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si algún día alguien está sangrando no quiero perder treinta segundos revolviendo una mochila.
Daniel guardó silencio.
—Vale.
Melisa cerró una bolsa.
—Gracias.
—Sigue dando un poco de miedo.
—También gracias.
Daniel dejó su mochila a su lado.
—Has vuelto.
—Tú también.
—Yo dije que volvería.
—Yo también.
—Pero yo lo dije antes.
Daniel la miró.
—¿Estás nerviosa?
—No.
Daniel esperó.
Melisa respiró.
—Muchísimo.
Daniel asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Así no soy el único.
Melisa lo miró de arriba abajo.
—Tú tienes pinta de estar deseando empezar.
—Un poco.
—Eso tampoco es normal.
Una voz resonó en la sala.
—¡ASPIRANTES!
Las conversaciones desaparecieron.
Todos giraron.
—Cuatro filas.
La gente empezó a colocarse.
Daniel avanzó.
Melisa fue detrás.
Un asistente repartía prendas.
Cuando llegó su turno, Daniel recibió una camiseta técnica oscura y un chaleco ligero.
En el pecho:
A.E.E.
En el hombro:
U.A.O. — ASPIRANTE
Daniel pasó el pulgar por las letras.
Melisa recibió uno igual.
Ella miró el suyo.
—Ahora sí parece serio.
Daniel señaló su pecho.
—Merchandising.
Melisa soltó una risa corta.
El instructor del ejercicio anterior se colocó frente a ellos.
—Lo que hicisteis durante la orientación no contó.
Daniel murmuró:
—Perfecto.
Melisa habló sin mirarlo.
—Tus dos muertes tampoco.
—Especialmente eso.
El instructor continuó.
—Hoy comienza la primera fase de selección.
Caminó frente a las filas.
—Condición física.
—Primeros auxilios.
—Comunicación.
—Evacuación.
—Trabajo en equipo.
—Toma de decisiones.
Se detuvo.
—No buscamos al más fuerte.
Algunas miradas cambiaron.
—Tampoco al más rápido.
Daniel levantó ligeramente la cabeza.
—Buscamos gente que siga siendo útil cuando las cosas dejan de salir como esperaba.
Miró el cronómetro.
—Empezamos.
Correr fue fácil.
Al menos para Daniel.
Primera vuelta.
Segunda.
Tercera.
Su respiración seguía estable.
A la quinta comenzó a adelantar gente.
A la sexta ya estaba entre los primeros.
Un aspirante intentó mantener su ritmo.
Duró menos de un minuto.
Daniel escuchó pasos detrás.
Giró ligeramente la cabeza.
Melisa estaba bastante más lejos.
—¿Bien?
Ella levantó la cabeza.
—¡Corre!
Daniel redujo un poco.
—Solo preguntaba.
—¡Pues pregunta más lejos!
Daniel sonrió.
Volvió a acelerar.
Terminó entre los primeros.
Manos sobre las caderas.
Respiración rápida.
Controlada.
Uno de los instructores anotó algo.
Daniel lo vio.
No pudo evitar una pequeña satisfacción.
Minutos después apareció Melisa.
Llegó a la línea.
Se inclinó hacia delante.
—Odio correr.
Daniel le acercó una botella.
—No ha estado tan mal.
Melisa levantó lentamente la cabeza.
—Eres de esos.
—¿De cuáles?
—De los que terminan una prueba antes que los demás y luego dicen que “no ha estado tan mal”.
Daniel bebió.
—Tampoco fui primero.
—No ayuda.
Llegaron las cargas.
Arrastre de peso.
Escaleras.
Transporte de material.
Daniel siguió destacando.
Melisa, no.
Pero cada vez que un instructor daba una indicación, ella la recordaba.
Cuando otros dejaban equipo en cualquier sitio, Melisa lo recolocaba.
Cuando cambiaban un protocolo, ella era de las pocas que no preguntaba dos veces.
Daniel empezó a notarlo.
La siguiente prueba parecía sencilla.
Una habitación.
Humo artificial.
Una víctima.
Dos entradas.
Un panel.
Daniel y Melisa esperaban juntos.
El instructor habló.
—Accidente industrial simulado. Una víctima dentro. Tres minutos.
Daniel miró la puerta.
—Entramos. La sacamos. Salimos.
—No.
Daniel giró.
—¿No?
—Primero leemos.
—Hay una persona dentro.
—Precisamente.
La puerta se abrió.
—Tiempo.
Daniel dio un paso.
Melisa lo agarró de la manga.
—Espera.
Señaló.
RIESGO ELÉCTRICO
Daniel miró el interior.
Un cable descansaba junto al maniquí.
Daniel volvió a Melisa.
—Bien.
Ella buscó el corte.
Daniel vio otra puerta.
—Entrada lateral.
—Comunica.
Daniel cogió la radio.
—Equipo dos. Acceso alternativo localizado.
—Recibido.
Entraron.
Daniel alcanzó primero a la víctima.
Comprobó respiración.
Consciencia.
—Estable.
Empezó a colocar las manos.
—Daniel.
Se detuvo.
Melisa señaló el cuello del maniquí.
Daniel entendió.
—Posible lesión cervical.
—Sí.
El cronómetro avanzaba.
Dos minutos treinta.
Coordinaron el movimiento.
Daniel miró el reloj.
—No llegamos.
—Hazlo bien.
—Melisa...
—Hazlo bien.
Daniel dejó de mirar el cronómetro.
—Uno.
Ambos levantaron.
—Dos.
Avanzaron.
Dos minutos cincuenta.
Dos cincuenta y cinco.
Dos cincuenta y siete.
Cruzaron.
La alarma sonó.
03:00
Daniel soltó aire.
El instructor se acercó.
—Fuera de tiempo.
—Por tres segundos.
—Fuera de tiempo.
Melisa respiró hondo.
Daniel señaló el maniquí.
—¿Y él?
—Vivo.
Daniel esperó.
El instructor miró a ambos.
—Habéis tardado demasiado.
Pausa.
—Pero no habéis creado una segunda víctima.
Anotó.
—Siguiente.
Daniel salió.
Melisa lo siguió.
—Te lo dije.
—No empieces.
—Solo una vez.
Daniel siguió andando.
—Melisa.
—Te lo dije.
—Ya.
A pocos pabellones de allí, las Casas entrenaban de manera distinta.
No llevaban ropa civil.
Por primera vez, la identidad institucional empezaba a hacerse visible.
Misma estructura de uniforme.
Chaqueta técnica.
Pantalón operativo.
Protecciones ligeras.
Pero cada Casa llevaba sus propios distintivos.
Escudo oficial sobre el pecho.
Código en el hombro.
Detalles propios de cada afinidad.
AE-01 — AERIS
Lina ajustó los guantes.
Nair estaba a su lado.
Arisha unos puestos más adelante.
Frente a ellos había diferentes modelos de entrenamiento A.R.E., limitados para prácticas de compatibilidad y conducción.
No todos eran iguales.
Bastones.
Hojas.
Dispositivos de conducción.
Ninguno estaba configurado para uso operativo.
La instructora tomó un bastón ligero.
—Una A.R.E. no sustituye vuestra afinidad.
Lo activó.
—Y vuestra afinidad no sustituye el entrenamiento.
Una corriente de viento recorrió el arma.
No nació de ella.
La atravesó.
—Para quienes resulten compatibles, estas herramientas pueden convertirse en una extensión de aquello que ya controláis.
Lina observó con atención.
—Si perdéis el arma, seguís siendo Aeris.
La instructora bajó el bastón.
—Si creéis que por llevarla sois mejores Aeris, durará poco esa idea.
Nair sonrió.
Lina lo vio.
—No digas nada.
—No he dicho nada.
—Ya.
NE-05 — NEREA
Alyra llevaba la versión Nerea del uniforme.
El emblema de la Casa destacaba sobre el pecho.
Frente a ella, varios recipientes proporcionaban agua para los ejercicios.
A unos metros, otro alumno extendió la mano.
La superficie comenzó a congelarse.
El hielo siguió creciendo.
Más.
Más.
—Basta.
Iskander continuó apenas medio segundo.
—He dicho basta.
El hielo se detuvo.
Iskander bajó la mano.
Alyra lo miró.
—Te ha dicho basta.
—Lo he oído.
—No parecía.
—Estaba terminando.
Alyra observó la gruesa capa de hielo.
—Claro.
Iskander la miró.
—¿Qué?
—Nada.
No parecía nada.
VO-07 — VOLTRIS
Una descarga azul recorrió el conductor de un modelo A.R.E. de entrenamiento con salida limitada.
El dispositivo soltó un chispazo.
Xenya apartó la mano.
El instructor miró el extremo chamuscado.
—Otra vez.
Xenya examinó el arma.
—Ese tampoco quería colaborar.
—Xenya.
Ella volvió a adoptar la postura.
—Otra vez. Sí.
La electricidad recorrió el filo.
Esta vez se mantuvo.
Xenya sonrió.
Daniel no vio nada de aquello.
Estaba sentado en una sala pequeña.
Frente a él:
un plano.
Una radio.
Auriculares.
El instructor señaló el mapa.
—Edificio residencial.
—Tres equipos.
—Dos salidas.
—Una bloqueada.
Daniel asintió.
—Coordina.
Se colocó los auriculares.
Todo empezó al mismo tiempo.
—Equipo uno solicita entrada.
—Equipo tres tiene un herido.
—Humo en segunda planta.
—Necesitamos sanitario.
Daniel respondió.
—Equipo uno, adelante.
Otra voz lo interrumpió.
—Ruta norte bloqueada.
—Sanitario a equipo tres.
—No podemos avanzar.
—Equipo dos, salida...
Daniel señaló el plano.
Se quedó quieto.
Ellos no podían verlo.
—Oeste. Salida oeste.
Más voces.
Daniel empezó a responder más rápido.
Demasiado rápido.
Una instrucción contradijo otra.
Dos comunicaciones se solaparon.
Un equipo tomó un acceso incorrecto.
El instructor levantó la mano.
Silencio.
Daniel se quitó los auriculares.
—¿Qué hice?
—Intentaste contestar a todo.
—Era mi trabajo.
—No.
El instructor señaló la radio.
—Tu trabajo era decidir qué necesitaba respuesta primero.
Daniel permaneció callado.
El hombre se inclinó hacia delante.
—Llegar primero no sirve de nada si llegas mal.
Daniel bajó la mirada.
Aquella frase dolió más de lo que esperaba.
Porque no hablaba solo del ejercicio.
Melisa salió de su prueba veinte minutos después.
Daniel estaba sentado en el pasillo.
—¿Qué tal?
Ella se dejó caer a su lado.
—He evacuado a doce personas.
—Bien.
—He dejado a dos bomberos ficticios atrapados.
Daniel hizo una pausa.
—Menos bien.
Melisa no sonrió.
Daniel la observó.
—Eran ficticios.
—Ya.
—Melisa.
—Ya lo sé.
Se quedó mirando el suelo.
—Pero tomé la decisión equivocada.
Daniel apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Entonces mañana tomas otra.
Melisa lo miró.
—¿Ese es tu gran consejo?
Daniel pensó.
—A mí me está funcionando bastante mal.
Melisa esperó.
Daniel añadió:
—Pero sigo probándolo.
Ella soltó una pequeña risa.
—Inspirador.
—Gracias.
—Era sarcasmo.
—También gracias.
Melisa se quedó un momento en silencio.
—¿Tú?
Daniel señaló la radio que llevaba en la mano.
—Maté las comunicaciones.
—¿Cómo?
—Es complicado.
—Daniel.
Él respiró.
—Intento hacerlo todo demasiado rápido.
Melisa lo miró.
—Sí.
Daniel giró lentamente la cabeza.
—Podías fingir que no lo sabías.
—No.
—Bien.
—Ves algo y te lanzas.
Daniel volvió a mirar al frente.
—Sí.
—Entonces aprende a mirar dos veces.
Daniel asintió.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Aprende a no castigarte tres horas por un bombero de plástico.
Melisa abrió la boca.
No respondió.
Daniel sonrió.
—Te lo dije.
—Empiezas a caerme mal.
—Llevamos más de diez minutos hablando.
—Ya has tenido tiempo.
Por la tarde llegó la prueba con camilla.
Ochenta kilos.
Escaleras.
Daniel compartió ejercicio con otro aspirante.
—Preparados.
Levantaron.
Primer tramo.
Segundo.
El agarre de su compañero resbaló.
Daniel intentó compensar.
Todo el peso cayó hacia su lado.
—¡Espera!
Daniel tiró.
La camilla se inclinó.
El instructor la sujetó antes de que el maniquí cayera.
—Muerto.
Daniel soltó.
—Se le ha resbalado.
—No te he preguntado de quién es la culpa.
Daniel miró al otro aspirante.
Estaba avergonzado.
Volvió a mirar la camilla.
—No coordinamos.
—Exacto.
El instructor la recolocó.
—Una persona fuerte intentando hacer el trabajo de dos sigue siendo una persona haciendo mal el trabajo.
Daniel respiró.
—Otra vez.
Esta vez miró a su compañero.
—¿Preparado?
El chico asintió.
—Uno.
Levantaron.
—Dos.
Primer escalón.
—Giro.
Los dos se movieron juntos.
Más lento.
Muchísimo más lento.
Pero llegaron.
El instructor miró el reloj.
Daniel dejó la camilla.
—¿Mal?
—Lento.
Daniel esperó.
—Pero vivo.
El otro aspirante soltó una risa de alivio.
Más tarde, mientras recogían material, se acercó a Daniel.
—Oye.
Daniel giró.
—Antes me has salvado el brazo.
—Casi tiro la camilla.
—Sí.
Pausa.
—Y después escuchaste.
Daniel miró al chico.
No supo qué responder.
El otro cogió su mochila.
—Nos vemos mañana.
Daniel lo vio marcharse.
Después escuchaste.
Por alguna razón, aquella frase se quedó con él.
El día terminó a las 18:43.
Daniel tenía las piernas pesadas.
Un moratón nuevo.
Dolor en lugares que aquella mañana no sabía que podían doler.
Y una lista bastante larga de errores.
Los aspirantes se reunieron delante de una pantalla.
FASE 1 — EVALUACIÓN INICIAL
Tres categorías.
CONTINÚA
REVISIÓN
NO APTO
Los nombres comenzaron a aparecer.
Daniel buscó.
DANIEL RODRÍGUEZ — CONTINÚA
Soltó aire.
Nada más.
Ni felicitación.
Ni puntuación espectacular.
Solo:
CONTINÚA.
Buscó otro nombre.
MELISA — CONTINÚA
Ella ya estaba mirando.
Daniel sonrió.
—Eh.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de sorprendido.
—No estaba sorprendido.
—Claro.
Daniel observó de nuevo su nombre.
No era operador.
No había superado la selección.
No había conseguido un uniforme definitivo.
Mucho menos autorización para utilizar una A.R.E.
Simplemente podía volver mañana.
Y por ahora...
eso le parecía suficiente.
Una puerta se abrió al fondo.
Dos personas entraron rápidamente.
Una llevaba uniforme U.A.O.
Completo.
No de aspirante.
El emblema de la unidad destacaba en el hombro.
La otra pertenecía a seguridad.
Hablaron con el instructor.
La expresión del hombre cambió.
Sacó el teléfono.
—Esperad aquí.
Salió.
Melisa miró hacia la puerta.
—Eso no es parte de la prueba.
Daniel negó.
Más personal comenzó a cruzar el corredor.
Sanitarios.
Operadores.
Un hombre cargaba un maletín rígido.
Daniel reconoció el tipo.
A.R.E.
Otra persona llevaba varias armas aseguradas en un soporte.
Una mujer con uniforme operativo de Casa pasó junto a ellos.
Daniel alcanzó a ver el escudo.
VO-07 — VOLTRIS.
No era una alumna.
Un arma corta A.R.E. estaba fijada a su muslo.
La mujer comprobó la empuñadura antes de continuar.
Una pequeña descarga recorrió el sistema.
Daniel siguió mirándola.
El instructor regresó.
—No es asunto vuestro.
Daniel apartó la vista.
Una pantalla del pasillo cambió.
Las indicaciones habituales desaparecieron.
A.E.E. — ALERTA OPERATIVA
INCIDENTE DE FAUNA ALTERADA
PERÍMETRO METROPOLITANO
Los aspirantes guardaron silencio.
La información volvió a actualizarse.
UNIDADES DE RESPUESTA SOLICITADAS
Desde otro corredor llegaron varios Despiertos operativos ya habilitados, ahora adscritos a sus respectivas Casas.
No eran alumnos de los pabellones de formación.
Sus uniformes compartían la misma base institucional de la A.E.E., pero cada uno llevaba el escudo y los distintivos de su Casa.
Diferentes emblemas.
Diferentes equipos.
Una Nerea llevaba un arma A.R.E. larga sujeta a la espalda.
Un Ignis ajustó un protector sobre su antebrazo.
Un Aeris aseguró un bastón corto.
No parecían estudiantes.
Daniel notó la diferencia inmediatamente.
Aquellas personas iban a salir.
De verdad.
Un operador U.A.O. abrió la puerta exterior.
—¡Movimiento!
Los equipos salieron.
Daniel permaneció quieto.
Melisa se colocó junto a él.
—Algún día seremos nosotros.
Daniel observó la puerta cerrarse.
—Primero tenemos que sobrevivir a las camillas.
Melisa sonrió.
—Habla por ti.
La pantalla volvió a cambiar.
Daniel dejó de sonreír.
MÚLTIPLES INDIVIDUOS DETECTADOS
La cifra apareció.
Luego cambió.
Otra vez.
Melisa frunció el ceño.
—¿Cuántos?
Daniel no respondió.
Kilómetros más lejos, varias luces azules rompían la oscuridad de una carretera.
Árboles a ambos lados.
Asfalto húmedo.
Silencio.
Una unidad avanzó despacio.
Un agente levantó la linterna.
Algo se movió entre la vegetación.
—Contacto.
Otra silueta cruzó detrás.
—Tengo otro.
Un tercer movimiento.
Más cerca.
El agente giró.
—Central...
La linterna recorrió los árboles.
Dos ojos.
Luego otros.
Después otros.
Más.
Demasiados.
—Central, tenemos varios Alterados.
La radio crujió.
Uno de los animales dio un paso atrás.
El agente levantó el arma.
Otro hizo lo mismo.
Luego otro.
En cuestión de segundos, todos comenzaron a retroceder.
Casi al mismo tiempo.
El agente frunció el ceño.
—¿Se retiran?
Nadie respondió.
Los animales desaparecieron entre los árboles.
Pero ninguno había dado la espalda.
Un segundo agente bajó lentamente el arma.
—No.
Miró la oscuridad.
Algo se movió mucho más lejos.
Demasiado grande para distinguirlo.
Después desapareció.
El primer agente apretó la radio.
No estaban huyendo.
Estaban esperando.
CORTE A NEGRO.
FIN DEL EPISODIO 14 — ASPIRANTES