Daniel supo que algo era diferente cuando le devolvieron las dos hojas.
No eran otras.
Las mismas A.R.E. con las que había entrenado durante los últimos días descansaban sobre una mesa metálica.
Una junto a la otra.
Pero esta vez nadie había dibujado líneas en el suelo.
No había maniquíes.
No había cronómetros.
Ni una voz esperando detrás de un cristal para decirle todo lo que había hecho mal.
El técnico deslizó la primera hacia él.
—Rodríguez.
Daniel la cogió.
Después la segunda.
—¿Siguen limitadas?
—Sí.
Daniel comprobó ambas empuñaduras.
—Entonces no cambia mucho.
El técnico levantó la mirada.
—Hoy sales del complejo con ellas.
Daniel dejó de mover las manos.
—Ah.
El técnico señaló las hojas.
—Siguen siendo material de formación. Fuera del complejo solo las utilizas si el responsable de la salida lo autoriza o existe riesgo inmediato.
—Entendido.
—Y vuelven conmigo en el mismo estado.
Daniel miró los filos.
—Eso ya no depende solo de mí, ¿no?
El técnico sostuvo su mirada.
Daniel colocó ambas hojas en sus soportes.
—Era una pregunta.
—No parecía.
Daniel salió.
Melisa esperaba junto al vehículo.
Uniforme U.A.O.
Botiquín.
Radio.
Herramientas.
El módulo A.R.E. cubría su antebrazo izquierdo.
Daniel se acercó.
—¿Cuánto?
Melisa lo miró.
—Doce minutos.
Daniel comprobó la hora.
—He llegado antes que tú.
—Diecisiete.
Daniel volvió a mirar el reloj.
—No se lo digas a nadie.
—Ya está registrado.
—Claro.
Una voz apareció detrás.
—¿Qué está registrado?
Xenya.
Uniforme de Voltris.
Dos dagas A.R.E. en la cintura.
Iskander apareció detrás.
Escudo compacto.
Espada.
Alyra cerraba el grupo con su A.R.E. alargada asegurada a la espalda.
Daniel señaló a Xenya.
—Nada que necesites saber.
—Entonces quiero saberlo.
—Daniel ha llegado diecisiete minutos antes —dijo Melisa.
Daniel la miró.
—Traidora.
Xenya sonrió.
—¿Nervioso?
—Responsable.
Iskander pasó entre ambos.
—Nervioso.
Daniel miró su escudo.
—Tú ya llevas eso puesto.
Iskander bajó la vista.
—Preparado.
Alyra abrió la puerta del vehículo.
—Podéis llamarlo como queráis. Seguimos siendo cinco personas intentando disimular lo mismo.
Xenya la miró.
—¿Tú estás nerviosa?
—Sí.
Alyra subió.
Xenya se quedó un instante mirándola.
Después entró detrás.
Había dos personas más dentro.
La primera era una mujer de unos treinta y tantos.
Uniforme operativo.
No de formación.
En el pecho:
AE-01 — AERIS
La segunda era un hombre algo mayor.
Más ancho de hombros.
Uniforme de Ignis.
IG-04 — IGNIS
Ninguno llevaba la palabra ASPIRANTE.
La mujer esperó a que todos ocuparan sus asientos.
—Vega.
Se señaló.
Después indicó al hombre.
—Serrano.
Serrano levantó dos dedos.
—Nosotros somos responsables de la salida.
Xenya miró sus identificaciones.
—¿Instructores?
—Hoy —respondió Vega.
Serrano activó una pantalla.
Un mapa apareció.
Bosque.
Una carretera secundaria.
Una instalación.
—Estación de monitorización E-47.
Vega amplió el punto.
—La A.E.E. mantiene sensores en diferentes zonas para registrar variaciones ambientales de Éter y actividad anómala.
Otra ventana.
—E-47 empezó a transmitir de forma intermitente esta madrugada.
Melisa se inclinó ligeramente.
—¿Último registro completo?
—05:42.
—¿Variación de Éter?
—Nada fuera de los márgenes del sector.
Iskander:
—¿Alterados?
Vega cambió de pantalla.
—Ningún incidente confirmado durante las últimas setenta y dos horas.
Xenya apoyó la espalda.
—Entonces vamos a arreglar una antena.
Serrano:
—No.
Xenya esperó.
—Vais a acompañar a alguien que sabe arreglarla.
El técnico sentado delante levantó una mano sin girarse.
Serrano continuó.
—Vuestra función es aprender el procedimiento de una salida real. Perímetro. Comunicaciones. Protección de personal técnico. Evaluación del entorno. Retirada.
Miró uno por uno.
—No es una misión de combate.
Sus ojos se detuvieron un instante en Xenya.
—Si todo sale como debería, volvéis sin utilizar una sola A.R.E.
Xenya miró sus dagas.
—Entonces ¿para qué las llevamos?
Serrano señaló el botiquín de Melisa.
—Por la misma razón que ella lleva eso.
Xenya miró el botiquín.
—Esperamos no necesitarlo.
La expresión de Xenya cambió ligeramente.
Vega cerró el mapa.
—Nosotros nos ocupamos de cualquier amenaza que exceda vuestra formación. Si damos una orden, se cumple.
—Sí —respondió Iskander.
Alyra asintió.
Melisa también.
Daniel:
—Entendido.
Xenya fue la última.
—Entendido.
La ciudad desapareció poco a poco.
Edificios.
Polígonos.
Carreteras.
Después árboles.
La lluvia del día anterior permanecía entre las hojas.
Daniel miró por la ventana.
Xenya llevaba varios minutos moviendo una pierna.
Iskander la observó.
—Para.
—¿Qué?
—La pierna.
Xenya dejó de moverla.
Pasaron unos segundos.
Volvió a empezar.
Iskander decidió ignorarla.
Daniel miró a Alyra.
Ella observaba el paisaje.
—¿Primera salida?
—Fuera del complejo, sí.
—No lo parece.
Alyra giró hacia él.
—Estoy nerviosa.
Daniel esperó.
—¿Ya está?
—Sí.
Volvió hacia la ventana.
—Estar nerviosa no cambia lo que tengo que hacer.
Daniel no respondió.
Serrano los observó desde delante.
—Disfrutad.
Daniel levantó la vista.
—¿De qué?
—Del aburrimiento.
Serrano miró por la ventana.
—Las mejores salidas son las que no recordáis.
El vehículo se detuvo junto a un camino de tierra.
La estación quedaba aproximadamente a un kilómetro.
Vega bajó primero.
Serrano esperó a que descendieran los demás.
—Distribución.
Señaló.
—Vega delante. Yo cierro. Técnico en el centro. Vosotros mantenéis visual entre vosotros.
Iskander desplegó parcialmente el escudo.
Serrano lo miró.
—Todavía no.
Iskander volvió a cerrarlo.
—Entendido.
Entraron en el sendero.
Daniel respiró profundamente.
Tierra húmeda.
Madera.
Vegetación.
Xenya hizo lo mismo.
—Huele bien.
Iskander:
—Es un bosque.
Xenya giró.
—Gracias.
Alyra continuó caminando.
—Dos minutos.
Xenya la miró.
—¿Qué?
—Habéis tardado dos minutos en empezar.
Daniel sonrió.
Vega levantó un puño.
Todos se detuvieron.
El cambio fue inmediato.
Daniel escuchó.
Agua en algún punto lejano.
Viento.
Pájaros.
Vega observó ambos lados del sendero.
Después bajó la mano.
—Seguimos.
Xenya esperó unos metros.
—¿Qué has oído?
Vega respondió sin girarse.
—Nada que no debiera estar ahí.
Xenya miró alrededor.
Esta vez no hizo otra pregunta.
La estación E-47 era pequeña.
Una estructura metálica.
Dos cajas selladas.
Una antena.
Paneles.
Una valla baja.
El técnico dejó la mochila junto al panel principal.
Vega distribuyó posiciones.
Alyra e Iskander revisaron el perímetro.
Xenya permaneció en el lateral norte.
Daniel ayudó al técnico.
Melisa observaba las lecturas.
Pasaron doce minutos.
Después dieciocho.
Después veintitrés.
Nada ocurrió.
Daniel sostenía una carcasa metálica por encima de la cabeza.
—¿Así?
—Más arriba.
Daniel levantó los brazos.
—¿Así?
—Un poco más.
Daniel lo miró.
—Mido uno setenta y seis.
El técnico siguió trabajando.
—La estación no diseñó tu genética.
Daniel negó con la cabeza.
Melisa observaba una secuencia de datos.
—La alimentación secundaria cae aquí.
El técnico se acercó.
—Sí.
—Y vuelve.
—Sí.
—Pero el sistema principal permanece activo.
El técnico amplió el registro.
Melisa señaló otro intervalo.
—Aquí otra vez.
El hombre frunció el ceño.
—Eso es raro.
Daniel bajó ligeramente la carcasa.
—¿Raro malo?
Melisa:
—Raro todavía no sabemos.
El técnico siguió la línea.
—Probablemente humedad en el secundario.
Melisa no apartó la vista.
—¿Puede causar intervalos tan regulares?
El técnico la miró.
Después volvió a la pantalla.
—Lo comprobaremos.
Daniel levantó otra vez la carcasa.
Treinta y siete minutos después, una luz cambió a verde.
TRANSMISIÓN ESTABLE
El técnico cerró la caja.
—Listo.
Xenya se acercó.
—¿Ya?
—Ya.
Vega consultó la hora.
—Recogemos.
Daniel dejó la carcasa.
Movió los hombros.
—Primera misión completada.
Serrano lo miró.
Daniel levantó una mano.
—Todavía no estamos en el vehículo.
Serrano asintió.
—Aprendes.
El técnico guardó las herramientas.
Melisa aseguró el material.
Iskander comprobó su escudo.
Alyra recorrió visualmente el perímetro antes de moverse.
Xenya estiró los brazos.
—Ha sido demasiado fácil.
Serrano:
—No digas eso nunca.
Xenya lo miró.
—¿Supersticioso?
—Experimentado.
Vega inició el regreso.
Alyra fue la primera en detenerse.
Daniel casi chocó con ella.
Ella levantó una mano.
No miraba los árboles.
Miraba el suelo.
Plumas.
Muchas.
Restos dispersos junto al sendero.
Sangre sobre algunas hojas.
Serrano pasó delante.
Se agachó.
No tocó nada.
Alyra observó la vegetación.
—No están muy dispersas.
Serrano levantó la mirada hacia ella.
—No.
Alyra señaló dos puntos.
—Si algo hubiera peleado aquí habría más movimiento en el suelo.
Vega se acercó.
—¿Arrastrado?
Serrano observó unas marcas.
—Probablemente.
Xenya miró hacia el bosque.
—¿Un Alterado?
—Puede ser un animal normal —respondió Vega.
Alyra continuó observando.
—Pero no lo sabemos.
Vega asintió.
—Exacto.
Activó la radio.
—Central, E-47 operativa. Indicios de depredación reciente en ruta de retorno. Sin contacto visual. Regresamos.
Estática.
—Recibido.
Serrano se levantó.
—Formación cerrada.
Daniel miró las plumas.
—¿No investigamos?
—No.
—¿Por qué?
—Porque nuestra misión era E-47.
Xenya:
—Pero si puede haber un Alterado...
Vega terminó la frase.
—Informamos y vuelve una unidad preparada para eso.
Miró al grupo.
—Una misión no cambia porque tengáis curiosidad.
Nadie volvió a preguntar.
Daniel tardó unos minutos en darse cuenta.
No sabía exactamente cuándo había ocurrido.
Solo sabía que algo faltaba.
Miró arriba.
Ramas.
Hojas.
Cielo gris.
Después a los lados.
Alyra.
Iskander.
Melisa.
Xenya.
El técnico.
Vega.
Serrano.
Todo parecía igual.
Daniel giró la cabeza.
—¿Qué pasa? —preguntó Melisa.
Él escuchó.
Nada.
—Los pájaros.
Serrano se detuvo.
Daniel señaló arriba.
—Antes se oían.
Nadie habló.
Xenya miró las copas.
Alyra cerró los ojos durante un instante.
Vega levantó lentamente el puño.
Silencio.
Esta vez no había agua.
No había pájaros.
Solo viento.
Serrano soltó el seguro de su A.R.E.
Daniel lo vio.
—Seguimos —ordenó Vega.
La voz ya no sonaba igual.
No llegaron cien metros.
Una huella cruzaba parte del sendero.
Después otra.
Serrano se agachó.
Daniel permaneció detrás.
Era grande.
Xenya se inclinó ligeramente.
—Eso no es normal.
Serrano:
—Atrás.
Xenya retrocedió inmediatamente.
Vega activó la radio.
—Central. Posibles indicios de Alterado. Posición...
Un ruido.
Derecha.
Todos giraron.
Nada.
Serrano desenvainó.
Una hoja A.R.E. más larga que las de Daniel.
—Técnico al centro.
Iskander abrió el escudo.
Alyra tomó su A.R.E.
Xenya puso las manos sobre sus dagas.
Daniel hizo lo mismo.
Melisa comprobó la radio.
Vega extendió una mano.
El aire alrededor de sus dedos movió las hojas del suelo.
—No desenvainéis hasta orden.
Daniel tragó saliva.
Las dos hojas seguían pesando exactamente lo mismo.
Pero ya no se sentían igual.
Lo vieron entre los árboles.
Un cánido.
Daniel no supo identificar qué había sido antes.
El cuerpo conservaba una silueta reconocible.
Cuatro patas.
Pelaje.
Mandíbula.
Pero era demasiado grande.
El torso demasiado robusto.
Parte del pelaje parecía endurecido alrededor del lomo.
El animal permanecía quieto.
Mirándolos.
Xenya respiró.
—Joder...
Serrano:
—Quietos.
El cánido no atacó.
Caminó lateralmente.
Despacio.
Daniel siguió el movimiento.
Vega no apartó los ojos.
—Central, contacto visual. Alterado cánido. Uno confirmado.
Melisa comprobó el módulo.
—Comunicación estable.
El animal enseñó los dientes.
Serrano dio un paso.
Fuego recorrió brevemente el borde de su A.R.E.
Daniel sintió el calor desde atrás.
El cánido retrocedió.
Serrano avanzó otro paso.
—Fuera.
El animal permaneció inmóvil unos segundos.
Después desapareció entre los árboles.
Xenya soltó aire.
—Vale.
Serrano no guardó el arma.
—No.
Xenya lo miró.
—¿No qué?
Serrano observaba el punto por el que había desaparecido.
—No estaba huyendo.
El impacto llegó desde detrás.
Iskander giró.
—¡Atrás!
Abrió el escudo.
El cánido chocó contra él.
El golpe lo desplazó casi un metro.
Iskander gruñó.
Alyra ya estaba moviéndose.
Agua salió de uno de sus depósitos.
Su A.R.E. trazó una curva corta.
El flujo golpeó las patas delanteras del animal en el momento en que recuperaba apoyo.
No intentó derribarlo.
Le quitó estabilidad.
—¡Ahora!
Iskander empujó con el escudo.
El cánido cayó lateralmente.
Xenya desenvainó.
Electricidad recorrió ambas dagas.
—¡Posición! —ordenó Vega.
Xenya se detuvo.
El animal se levantó.
Serrano apareció delante.
Un movimiento.
Fuego.
El cánido saltó hacia un lado.
Serrano corrigió sin detenerse.
Segundo movimiento.
La hoja alcanzó el hombro.
El animal rodó.
Se levantó.
Huyó.
Daniel miró a Serrano.
Dos ataques.
Respiración estable.
Control absoluto.
Iskander respiraba mucho más deprisa.
Serrano lo miró.
—¿Herido?
—No.
—Entonces mantén posición.
Un gruñido llegó desde la izquierda.
Otro desde delante.
Vega:
—Dos más.
Daniel sintió el corazón contra el pecho.
Uno.
El primero.
Dos.
El que había golpeado a Iskander.
Tres.
Cuatro.
—Retrocedemos hacia E-47 —ordenó Vega.
Xenya la miró.
—El vehículo está más cerca.
—La estación tiene perímetro, material y enlace fijo.
Serrano señaló al técnico.
—Centro.
Empezaron a moverse.
No corrieron.
Daniel quería hacerlo.
Cada parte de su cuerpo se lo pedía.
Pero Vega caminaba.
Serrano caminaba.
Así que ellos también.
Un cánido salió entre dos árboles.
Serrano se desplazó.
El animal saltó.
Fuego.
El golpe lo desvió antes de alcanzar el grupo.
Otro entró desde la derecha.
Vega giró la muñeca.
El aire impactó contra el animal en pleno salto.
Su trayectoria cambió.
Chocó contra un tronco.
Vega:
—Seguid.
Daniel entendió entonces la diferencia.
En el complejo los instructores parecían personas que sabían más que ellos.
Allí fuera era otra cosa.
Sabían qué hacer cuando algo intentaba matarlos.
Llegaron a una zona algo más abierta.
Serrano levantó una mano.
—Alto.
Vega lo miró.
—¿Qué ves?
Serrano recorrió los árboles.
—Nada.
Silencio.
—Ese es el problema.
Melisa activó la radio.
—Central, solicitamos apoyo preventivo. Cuatro Alterados cánidos confirmados.
Estática.
—Recibido. Unidad disponible en aproximadamente diecisiete minutos.
Serrano:
—Demasiado.
Vega observó el bosque.
—Podemos contenerlos hasta entonces.
Serrano asintió.
—Sí.
Daniel escuchó aquello.
Podemos contenerlos.
Por primera vez desde que había aparecido el primer animal, consiguió respirar.
El siguiente ataque llegó desde dos lados.
Serrano tomó uno.
Vega el otro.
Daniel pudo ver claramente la diferencia entre ellos y los cinco aspirantes.
Serrano no perseguía.
No atacaba dos veces cuando una bastaba.
El fuego aparecía cuando lo necesitaba.
Desaparecía cuando no.
Vega utilizaba el aire para romper trayectorias antes de que los animales llegaran al grupo.
Los cánidos atacaban.
Los instructores respondían.
Y ellos retrocedían hacia la estación.
Uno consiguió superar el ángulo de Vega.
—¡Derecha!
Daniel desenvainó.
Las dos hojas salieron.
El cánido venía hacia Melisa.
Daniel se colocó delante.
La primera hoja chocó contra una garra.
El impacto le recorrió el brazo entero.
Dolor.
Daniel perdió medio paso.
Nada se parecía al entrenamiento.
La segunda hoja entró desde abajo.
Alcanzó el costado.
No profundamente.
Suficiente.
El animal retrocedió.
Daniel también.
Xenya apareció desde el lateral.
Una daga alcanzó al cánido.
Descarga.
El animal se estremeció.
Xenya avanzó.
—¡No persigas! —gritó Daniel.
Un paso.
Xenya frenó.
El cánido desapareció entre los árboles.
Ella respiraba con fuerza.
Miró hacia donde había huido.
Después a Daniel.
—Lo tenía.
Daniel mantenía ambas hojas delante.
—Puede.
Xenya frunció el ceño.
—Pero no estás sola.
Ella lo miró.
La frase le resultó familiar.
Xenya retrocedió hasta su posición.
—Luego discutimos.
Daniel asintió.
—Luego.
Alyra miró el suelo.
—Iskander.
Él giró.
—Agua.
Parte del flujo que Alyra había utilizado permanecía extendido sobre el terreno húmedo.
—¿Qué?
Alyra señaló.
—No pises ahí.
Iskander miró el barro.
Después a ella.
—¿Por qué?
—Porque quiero que pasen ellos.
Otro cánido salió.
Iskander retrocedió.
El animal avanzó sobre la zona mojada.
Alyra cerró la mano alrededor de su A.R.E.
—Ahora.
Iskander extendió la suya.
El agua se endureció.
Hielo irregular cubrió parte del terreno.
El cánido perdió apoyo.
Iskander entró con el escudo.
Golpe.
El animal salió despedido.
Xenya levantó una daga.
Alyra:
—No.
Xenya la miró.
—Está en el suelo.
—Y nosotros nos estamos retirando.
Xenya mantuvo la mirada unos segundos.
Después volvió a cubrir su posición.
El cánido consiguió levantarse.
No atacó.
Se internó lentamente entre los árboles.
Alyra siguió observándolo.
—No volverá a pisar ahí.
Daniel la miró.
—¿Cómo lo sabes?
Alyra tardó un instante en responder.
—No lo sé.
Miró hacia donde había desaparecido.
—Pero quiero saber si tengo razón.
Pasaron quizá treinta segundos.
Parecieron cinco minutos.
Uno de los cánidos apareció entre los árboles.
Caminaba mal.
Una de las patas apenas tocaba el suelo.
El mismo al que Serrano había alcanzado antes.
Xenya lo vio.
—Ese está tocado.
Serrano no respondió.
El animal retrocedió.
Unos metros.
Se detuvo.
Serrano permaneció en formación.
El cánido volvió a retroceder.
Vega:
—Déjalo.
—Lo estoy dejando.
Otro animal apareció a la derecha.
Vega giró hacia él.
El primero retrocedió otra vez.
Daniel observó.
Había algo extraño.
El animal herido no apartaba la vista de Serrano.
Serrano dio un paso lateral para mantener al técnico detrás.
El cánido se movió también.
Misma distancia.
Mismo ángulo.
Alyra frunció el ceño.
—Serrano.
Él la oyó.
—Lo sé.
Melisa miró el módulo.
Después alrededor.
—Había cuatro.
Daniel giró.
—¿Qué?
—Tengo tres visuales.
Daniel contó.
El herido.
Uno frente a Vega.
Otro más lejos.
Tres.
Iskander giró lentamente.
—¿Dónde está el cuarto?
Nadie respondió.
El cánido herido dio otro paso hacia atrás.
Serrano no lo siguió.
Entonces el animal frente a Vega avanzó.
Ella levantó el brazo.
El de la izquierda hizo lo mismo.
Vega cambió el ángulo.
Serrano se desplazó para cubrir el espacio que acababa de abrirse.
Alyra miró a uno.
Después al otro.
Sus ojos bajaron hacia el terreno.
—No...
Daniel la oyó.
—¿Qué?
—No quieren entrar.
Serrano giró ligeramente hacia ella.
Alyra levantó la cabeza.
—Quieren que...
Movimiento.
Abajo.
—¡SERRANO!
El cuarto cánido apareció desde una depresión del terreno cubierta de vegetación.
Había permanecido bajo su línea de visión.
Serrano giró.
Rápido.
Su hoja descendió.
El animal cambió la trayectoria en el último instante.
No fue hacia el torso.
No fue hacia el arma.
Fue hacia la pierna de apoyo.
Mandíbula.
Impacto.
Serrano cayó.
El sonido hizo que Daniel sintiera el estómago vacío.
El cánido soltó inmediatamente.
No intentó terminar el ataque.
Retrocedió.
Vega extendió ambas manos.
El aire golpeó al animal.
Su cuerpo salió despedido varios metros.
—¡SERRANO!
Sangre.
Mucha.
Serrano apoyó una mano en el suelo.
Intentó incorporarse.
Puso el pie.
La pierna desapareció debajo de él.
Cayó de nuevo.
El cánido que cojeaba dejó de hacerlo.
Daniel lo vio.
Apoyó las cuatro patas.
Perfectamente.
Alyra también.
Sus ojos se abrieron.
—No estaba herido.
El animal permaneció unos segundos observándolos.
Después desapareció.
Daniel miró hacia el lugar desde el que había surgido el cuarto.
Después al que había fingido cojear.
Después a los otros.
No había sido casualidad.
—Lo han preparado.
Nadie respondió.
No hacía falta.
Melisa ya estaba junto a Serrano.
—¡Iskander, cúbreme!
Iskander se colocó delante.
Escudo abierto.
—Alyra, lateral.
Alyra ocupó la derecha.
Xenya seguía mirando hacia los árboles.
Daniel la agarró del hombro.
—Xenya.
Ella giró.
Daniel nunca le había visto aquella expresión.
No era pánico.
Todavía.
Pero ya no había emoción.
Ni desafío.
—Posición.
Xenya tragó saliva.
Miró sus dagas.
Las manos le temblaban ligeramente.
Cerró los dedos.
Electricidad.
—Sí.
Daniel ocupó el otro lateral.
Las dos hojas delante.
Vega permaneció unos metros más allá.
Sola.
El viento empezaba a girar alrededor de ella.
Melisa cortó parte del pantalón de Serrano.
La herida quedó expuesta.
Daniel la vio.
Apartó la mirada.
Volvió a mirar.
—¿Arteria? —preguntó Vega.
Melisa presionó.
Serrano cerró los dientes.
—Necesito comprobarlo.
—¿Cuánto?
—Diez segundos.
Serrano respiró con dificultad.
—Tienes cinco.
Melisa lo miró.
—Si sigues hablando te dejo sin ninguno.
Serrano abrió los ojos.
Por un instante pareció sorprendido.
Después cerró la boca.
Melisa siguió trabajando.
Sangre en los guantes.
En el uniforme.
En el suelo.
Daniel la había visto colocar vendas en el complejo.
Aquello era el mismo procedimiento.
Las mismas manos.
Los mismos movimientos.
Pero ahora había una persona respirando debajo.
—No es arterial —dijo Melisa.
Vega soltó aire.
—¿Puede caminar?
Melisa miró la herida.
—No.
Serrano volvió a apoyar una mano para incorporarse.
Melisa lo detuvo.
—Ya lo has probado.
—Necesitamos movernos.
—Y si vuelves a abrir esto tendremos que arrastrarte.
Serrano respiró.
Miró hacia el bosque.
—Entonces hacedlo rápido.
Un gruñido.
Lejos.
Otro.
Más cerca.
Daniel contó.
No veía ninguno.
Ese era el problema.
Iskander estaba delante de Melisa y Serrano.
El escudo cubría gran parte de su cuerpo.
Daniel vio su mano.
Apretaba la empuñadura demasiado fuerte.
—Iskander.
—Estoy bien.
Daniel no había preguntado.
Alyra respiraba lentamente.
Una vez.
Otra.
Daniel recordó lo que había dicho en el vehículo.
Estar nerviosa no cambia lo que tengo que hacer.
Ahora estaba asustada.
Daniel lo veía.
Pero su A.R.E. permanecía firme.
Xenya respiraba demasiado rápido.
—Xenya.
—Estoy bien.
Daniel tampoco le había preguntado.
Melisa levantó la mirada.
Tenía sangre hasta las muñecas.
—Necesito moverlo.
Daniel miró a Serrano.
—Iskander y yo.
—No —dijo Serrano.
Daniel lo miró.
—¿Por qué?
—Porque en cuanto dos dejéis vuestra posición van a probar ese lado.
Silencio.
Daniel volvió hacia el bosque.
Serrano continuó:
—Primero sabemos dónde están.
Xenya:
—¿Y si no quieren que lo sepamos?
Serrano no respondió.
Eso fue peor.
El primero apareció delante.
No atacó.
El segundo, a la izquierda.
Tampoco.
Alyra ajustó la posición.
—Dos.
Vega:
—Los veo.
Un tercero apareció más lejos.
Iskander:
—Tres.
Daniel buscó el cuarto.
Nada.
Melisa comprobó la radio.
—Apoyo en catorce minutos.
Xenya soltó aire.
—Catorce.
No sonó como mucho.
Ni como poco.
Solo como algo que tenían que sobrevivir.
Vega dio un paso hacia delante.
El aire giró alrededor de su brazo.
—No rompáis formación.
Un cánido avanzó.
Vega preparó el golpe.
El animal se detuvo.
Otro avanzó desde el lateral.
Vega cambió ligeramente de posición.
También se detuvo.
Daniel miró de uno a otro.
—¿Qué hacen?
Serrano respondió desde el suelo.
—Nos prueban.
Xenya:
—¿Para qué?
—Para saber qué hacemos.
Alyra miró al primero.
Después al segundo.
—No.
Serrano la miró.
Alyra señaló con su A.R.E.
—Ese ya sabe qué hace Vega.
Silencio.
El cánido volvió a avanzar.
Vega levantó el brazo.
Se detuvo antes de entrar en alcance.
Retrocedió.
Alyra siguió su movimiento.
—No están probando si puede atacarlos.
Daniel sintió un nudo en el estómago.
Alyra terminó:
—Están probando desde dónde.
Los animales dejaron de avanzar.
Todos.
Al mismo tiempo.
Daniel levantó ligeramente las hojas.
—¿Por qué han parado?
Nadie respondió.
Uno de los cánidos giró la cabeza.
No hacia ellos.
Hacia el bosque.
El segundo hizo lo mismo.
Después el tercero.
Xenya frunció el ceño.
—¿Qué miran?
Movimiento entre los árboles.
Lejos.
Daniel intentó distinguirlo.
Nada.
Solo ramas.
Vega no apartó la vista.
—Serrano.
El instructor permaneció en silencio.
—Serrano.
Daniel lo miró.
Hasta ese momento el hombre había soportado la herida sin perder el control.
Dolor.
Respiración.
Órdenes.
Ahora su expresión había cambiado.
No mucho.
Lo suficiente.
—Atrás —dijo.
Vega giró ligeramente.
—¿Qué has visto?
—Nada.
Pausa.
—Ese es el problema.
Uno de los cánidos se apartó.
No huyó.
Simplemente dejó libre el espacio que ocupaba.
El segundo hizo lo mismo.
Después el tercero.
Daniel miró el hueco.
Ninguno cruzó por él.
Xenya apretó las dagas.
—¿Por qué hacen eso?
Serrano intentó incorporarse.
Melisa lo sujetó.
—Quieto.
—Tenemos que movernos.
—No puedes.
Serrano la miró.
Daniel escuchó algo.
Una rama.
CRACK.
Todos giraron.
Nada.
Otra.
Más cerca.
CRACK.
El técnico retrocedió.
Iskander levantó completamente el escudo.
Alyra reunió el agua alrededor de su A.R.E.
Xenya activó ambas dagas.
Electricidad.
Daniel sintió el corazón en la garganta.
Los cánidos ya no los miraban.
Miraban hacia los árboles.
Otra rama se movió.
Una silueta pasó detrás.
Demasiado cubierta.
Demasiado lejos.
Daniel no pudo distinguirla.
Xenya habló muy bajo.
—¿Qué es eso?
Nadie respondió.
La electricidad de una de sus dagas titubeó.
Desapareció.
Xenya miró su propia mano.
Volvió a activarla.
Esta vez le costó un instante.
Daniel la vio dar un paso atrás.
No porque nadie se lo hubiera ordenado.
Serrano también lo vio.
—Todos atrás.
Vega no discutió.
Retrocedió.
Iskander hizo lo mismo.
Alyra.
Daniel.
Xenya.
Los cánidos permanecieron quietos.
Esperando.
Daniel miró a Serrano.
El instructor que había controlado a aquellas criaturas con dos movimientos.
El hombre que había seguido dando órdenes con la pierna abierta.
El hombre que les había dicho que podían contenerlos.
Ya no estaba mirando su herida.
Ni a los cánidos.
Miraba únicamente hacia los árboles.
Daniel reconoció aquella expresión.
Porque empezaba a sentir exactamente lo mismo.
Miedo.
Una rama se inclinó lentamente.
Algo avanzó detrás de ella.
Los cánidos bajaron ligeramente la cabeza.
Serrano susurró:
—No os mováis.
Daniel apretó ambas empuñaduras.
Nadie se movió.
Otra rama se inclinó.
Esta vez, más cerca.
CORTE A NEGRO.
FIN DEL EPISODIO 17 — ACECHO