La habitación estaba en silencio.
Daniel permanecía tumbado, con la espalda ligeramente incorporada. Cada vez que respiraba demasiado profundo, alguna parte de su cuerpo se encargaba de recordarle lo ocurrido.
Lina llevaba un buen rato allí.
Al principio había preguntado por todo.
Si le dolía.
Si podía moverse.
Qué habían dicho los médicos.
Cuándo podría marcharse.
Después había dejado de preguntar.
Ahora simplemente permanecía sentada a su lado.
Daniel giró la cabeza hacia ella.
—Estoy bien.
Lina lo miró.
—No.
—Lina...
—No estás bien.
Daniel apartó la mirada.
Durante unos segundos ninguno habló.
—No tenías que seguir levantándote —dijo ella.
Daniel tragó saliva.
—No podía quedarme ahí.
—¿Por qué?
La respuesta le salió sin pensar.
—Porque estaban ellos.
Lina entendió.
El chico.
Aquella chica.
Los demás.
—¿Y tú?
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Quién te protege a ti?
Daniel no respondió.
Lina bajó la mirada.
La rabia con la que había llegado se había ido deshaciendo poco a poco hasta dejar únicamente lo que había debajo.
Miedo.
Se inclinó hacia él y lo abrazó con cuidado.
Daniel permaneció inmóvil un instante.
Después cerró los ojos y correspondió al abrazo.
—Me asustaste mucho, idiota.
Daniel dejó escapar una pequeña sonrisa.
—Perdón.
Lina se separó.
—Voy a avisar a mamá y a papá. Están de camino.
Daniel levantó la mirada.
—Lina.
Ella se detuvo junto a la puerta.
—¿Qué?
—No les asustes.
Lina lo observó unos segundos.
—Eso lo has hecho tú solito.
La puerta se cerró.
Daniel sonrió.
Solo durante un instante.
Después desapareció.
El silencio era diferente ahora.
Ya no había nadie delante de quien fingir.
Daniel bajó la mirada hacia sus manos.
Y volvió a verlo.
El suelo.
Una zapatilla retrocediendo entre la gente.
Darian frente a él.
El golpe.
La voz de Lina.
Intentó incorporarse.
Cayó.
Otra vez.
Recordó una mano apoyándose contra el suelo.
Su propia mano.
Temblando.
Y alrededor...
las miradas.
Su hermana.
Sus amigos.
Personas cuyos nombres ni siquiera conocía.
Todos allí.
Todos mirando.
Daniel apretó lentamente la sábana.
Había querido protegerlos.
Al chico.
A aquella chica.
A cualquiera que pudiera terminar en medio.
Pero cuando llegó el momento...
ni siquiera había podido protegerse a sí mismo.
Cerró los ojos.
Durante la pelea solo había existido una idea.
Levantarse.
Ahora ya no tenía que hacerlo.
Y eso era peor.
Porque ahora podía pensar.
Podía recordar el instante exacto en que ordenó a su cuerpo que se levantara...
y no ocurrió nada.
Daniel abrió los ojos.
Vergüenza.
Rabia.
Impotencia.
Y, enterrado debajo de todo aquello, miedo.
Bajó la cabeza.
—Qué patético...
—No fue eso lo que vi yo.
Daniel giró inmediatamente la cabeza.
Había alguien junto a la puerta.
Lo reconoció.
El chico del agua.
Permaneció allí unos segundos, incómodo, como si todavía estuviera decidiendo si entrar había sido una buena idea.
—Daniel, ¿verdad?
Daniel se incorporó un poco.
—Tú eres...
Lo reconoció del todo.
—El chico de antes.
El joven asintió.
Se acercó y extendió la mano.
—Armando.
Daniel miró su mano.
Después a él.
La estrechó.
—Daniel.
Armando sonrió ligeramente.
—Eso ya lo sabía.

A Daniel se le escapó una pequeña sonrisa.
Armando miró las heridas visibles.
La sonrisa desapareció.
—Quería darte las gracias.
Daniel negó con la cabeza.
—No tienes que agradecerme nada.
—Sí.
—Tú también intentaste ayudarla.
Armando guardó silencio.
Daniel se encogió ligeramente de hombros y se arrepintió en cuanto el cuerpo protestó.
—Así que estamos igual.
—No.
Daniel levantó la mirada.
Armando tardó un momento en continuar.
—Tú acabaste así por meterte.
Daniel soltó una pequeña risa sin humor.
—Sí. Salió de maravilla.
Armando no rio.
Daniel bajó la mirada hacia sus manos.
—Supongo que ya sabemos qué pasa cuando un cero intenta hacerse el héroe.
—Yo no vi eso.
Daniel volvió a mirarlo.
—¿Qué?
—No vi a un héroe.
Daniel arqueó una ceja.
—Gracias.
Armando casi sonrió.
Casi.
—Pero tampoco vi a un cero.
Daniel dejó de sonreír.
Armando sostuvo su mirada.
—Vi a alguien que seguía levantándose aunque todos esperaban que se quedara en el suelo.
Daniel no respondió.
Armando bajó la mirada.
—Yo estaba allí.
Cerró ligeramente la mano.
—Y no pude hacer nada.
—No fue culpa tuya.
—Tampoco era responsabilidad tuya.
Daniel se quedó callado.
Armando volvió a mirarlo.
—Y aun así te metiste.
—No podía quedarme mirando.
Armando asintió lentamente.
—Ya.
Silencio.
Daniel lo observó.
Había algo en la forma en que Armando había dicho aquello.
No admiración.
No lástima.
Algo más sencillo.
Respeto.
Armando dio un paso atrás.
—Bueno... no quería molestarte.
—No molestas.
Armando asintió.
Durante unos segundos ninguno supo muy bien qué decir.
Prácticamente no se conocían.
Hasta hacía unos minutos ni siquiera sabían sus nombres.
Armando extendió la mano.
Daniel la estrechó.
—Nos veremos —dijo Armando.
—Eso espero.
Armando llegó hasta la puerta.
Se detuvo.
—Daniel.
—¿Sí?
—Gracias.
Daniel lo miró.
Esta vez no hizo ninguna broma.
Simplemente asintió.
Armando salió.
Caminó por el pasillo.
Un paso.
Otro.
Daniel cayendo.
Otra vez de pie.
Otro golpe.
Otra caída.
Y él allí.
Mirando.
Armando se detuvo.
Apretó los dientes.
¡PUM!
Su puño golpeó la pared.
El dolor le recorrió los nudillos.
No apartó la mano.
Cerró los ojos.
Había querido ayudar.
No había podido.
Había querido detener aquello.
Tampoco había podido.
Y al final otro había recibido los golpes.
Armando respiró hondo.
Cerró el puño.
Nunca más.

Apartó lentamente la mano de la pared.
Y siguió caminando.
Daniel continuaba mirando la puerta cerrada.
Armando había estado en el mismo lugar.
Había visto exactamente lo mismo.
Y, sin embargo, parecía recordar algo completamente diferente.
Daniel recordaba cada caída.
Armando recordaba que se había levantado.
Daniel bajó la mirada.
Debería haberle hecho sentir mejor.
No lo hizo.
Su teléfono vibró.
Lo tomó.
Había mensajes.
Flora.
Nair.
Otros conocidos.
Personas preguntando cómo estaba.
Daniel deslizó el dedo por la pantalla sin abrir ninguno.
Dejó el teléfono boca abajo.
Dos jóvenes pasaron hablando por el pasillo.
—...dicen que van a volver a citarnos.
—¿Otra vez?
—Algo de los resultados.
Las voces se alejaron.
Daniel levantó lentamente la mirada.
Resultados.
Recordó la evaluación.
La pantalla.
Los valores.
RESERVA: 0
FLUJO: 0
CONTROL: 0
SINCRONÍA: 0
Y finalmente aquella palabra.
INERTE
Daniel miró sus manos.
Lina tenía el viento.
Flora había hecho brotar vida.
Nair había despertado.
Armando había movido aquella agua.
Uno tras otro, todos parecían avanzar hacia alguna parte.
Daniel cerró lentamente las manos.
Él seguía en cero.
Horas después, Lina regresó acompañada de sus padres.
Su madre fue la primera en acercarse.
Daniel apenas tuvo tiempo de prepararse para el abrazo.
—Mamá...
—¿En qué estabas pensando?
Daniel miró a Lina.
Ella levantó las manos.
—Yo no he dicho nada.
Su padre se quedó junto a la cama.
Intentaba aparentar tranquilidad.
No le salía demasiado bien.
—¿Cómo estás?
Daniel sonrió.
La misma sonrisa que había utilizado con Lina.
—Estoy bien.
Lina lo miró desde detrás de sus padres.
Esta vez no lo contradijo.
Daniel lo agradeció.
Durante un rato hubo preguntas.
Reproches.
Alivio.
Su madre comprobando más de una vez que realmente podía mover los brazos.
Su padre preguntando exactamente qué habían dicho los médicos.
Daniel incluso consiguió hacerles reír.
Durante unos minutos casi funcionó.
Su teléfono vibró.
Daniel miró la pantalla.
Una notificación oficial.
La sonrisa desapareció.
Lina lo notó.
—¿Qué pasa?
Daniel abrió el mensaje.
Leyó.
Una vez.
Después otra.
Una nueva convocatoria.
CONVOCATORIA OBLIGATORIA — REVISIÓN DE RESULTADOS
Una nueva fase del proceso de evaluación.
Daniel buscó instintivamente algo más.
Una corrección.
Un cambio.
Cualquier cosa.
No había nada.
Seguía siendo el mismo resultado.
Los mismos ceros.
La misma clasificación.
Daniel bloqueó el teléfono.
—Nada.
Lina lo observó.
Sabía que mentía.
Pero esta vez decidió no insistir.
Esa noche Daniel no podía dormir.
Cada vez que cerraba los ojos volvía al mismo lugar.
El suelo.
Darian.
Las miradas.
Su cuerpo negándose a responder.
Pero entre todos aquellos recuerdos aparecía ahora una voz diferente.
La de Armando.
“Vi a alguien que seguía levantándose aunque todos esperaban que se quedara en el suelo.”
Daniel abrió los ojos.
Miró el techo.
—¿Y de qué sirvió?
Nadie respondió.
Se incorporó lentamente.
El dolor apareció de inmediato.
Daniel se detuvo.
Respiró.
Y continuó hasta quedar sentado.
Tomó el teléfono.
Abrió otra vez la convocatoria.
Leyó el lugar.
La hora.
La fecha.
Después bajó hasta sus resultados.
0.
0.
0.
0.
Daniel permaneció inmóvil.
Durante días había esperado que alguien le dijera que aquello era un error.
Que la máquina había fallado.
Que repetirían la prueba y aparecería algo.
Cualquier cosa.
Pero nadie había llamado para decirle eso.
La única llamada era para volver.
Daniel dejó el teléfono sobre la cama.
Los demás acudirían buscando respuestas.
Él acudiría con las mismas cuatro cifras.
0.
0.
0.
0.
Seguía siendo un inerte.
Daniel cerró lentamente la mano.
Durante días había esperado que alguien le dijera que aquello era un error.
Nadie lo había hecho.
Nadie iba a hacerlo.
Bajó otra vez la mirada hacia la pantalla.
Iba a volver.
Aunque la máquina volviera a marcar cero.
Aunque todos los demás siguieran avanzando.
Si el mundo decía que era un cero...
tendría que descubrir qué podía hacer un cero.
Daniel apagó la pantalla.
La habitación quedó a oscuras.
Permaneció inmóvil unos segundos.
Después apoyó los pies en el suelo.
El dolor atravesó todo su cuerpo.
Aun así...
se puso de pie.
Esta vez...
nadie tuvo que decirle que se levantara.
FIN DEL EPISODIO 11