El sonido llegó antes que la imagen.
Sirenas. Gritos. El traqueteo de un helicóptero sobrevolando demasiado bajo. Alguien pedía ayuda una y otra vez, aunque nadie parecía capaz de encontrarlo.
Barcelona continuaba allí, oculta bajo el polvo.
Los edificios seguían en pie, al menos la mayoría. Las calles conservaban sus nombres, sus semáforos y sus terrazas, pero algo había arrancado de golpe la normalidad que las mantenía unidas.
Había cristales sobre el asfalto. Coches atravesados en mitad de la calzada. Una motocicleta ardía junto a la acera mientras dos bomberos intentaban contener las llamas.
Las personas caminaban sin saber adónde ir.
Algunas gritaban nombres.
Otras permanecían inmóviles, cubiertas de polvo, mirando el cielo como si todavía esperaran una explicación.
Una ambulancia avanzó entre los vehículos detenidos. Apenas pudo recorrer unos metros antes de encontrarse con una montaña de escombros. Los sanitarios bajaron y continuaron a pie.
La nube gris se abrió por un instante.
Entre dos coches accidentados, un chico yacía sobre una joven.
La protegía con su propio cuerpo.
Tenía la ropa cubierta de polvo y varios cortes en los brazos. Un hilo de sangre descendía desde el lado derecho de su cabeza, atravesaba la ceja y continuaba por su mejilla.
Respiró con dificultad.
Debajo de él, la chica mantenía los ojos muy abiertos.
Estaban tan cerca que podía notar el temblor de su respiración.
—¿Estás bien? —preguntó él.
La voz apenas le salió.
Ella tardó un segundo en responder.
—Sí… Sí, estoy bien.
El chico intentó apartarse, pero los brazos no le respondieron. Todo su peso volvió a caer sobre los codos.
El sonido de las sirenas comenzó a alejarse.
No porque se hubieran marchado.
Era él quien se estaba apagando.
Parpadeó.
El rostro de la desconocida se volvió borroso. Solo conseguía distinguir sus ojos y el movimiento de sus labios.
Supuso que estaba diciendo algo.
No logró entenderla.
Así que esto era todo.
Moriría en una calle cualquiera, cubierto de polvo, sin saber qué había caído del cielo ni si su hermana estaba bien.
No parecía un final especialmente digno.
Miró de nuevo a la chica.
Seguía respirando.
Al menos aquello había servido para algo.
—Bueno… —murmuró—. Podía haber sido peor.
La joven frunció el ceño.
—Oye…
El chico intentó mantenerse despierto.
—Oye, espera.
La oscuridad avanzó desde los bordes de su visión.
—¿Estás bien?
Negro.
TRES HORAS ANTES
La terraza estaba llena.
Un camarero cruzó entre las mesas sosteniendo tres cafés y una botella de agua en una sola mano. Cerca de él, una pareja discutía sobre dónde había aparcado el coche. Dos niños perseguían unas palomas mientras su padre fingía no darse cuenta de que estaban molestando a todo el mundo.
Barcelona sonaba como siempre.
Motores. Conversaciones. Frenazos. El murmullo constante de una ciudad que no se detenía por nadie.
Daniel caminaba entre la gente con el teléfono pegado al oído.
Llevaba gafas de sol, una gorra negra colocada hacia atrás y una mochila sobre un hombro. Había recorrido varias tiendas y empezaba a arrepentirse de haber aceptado aquel encargo.
—Sí, por eso he venido hasta aquí —dijo—. Pero nada. No lo tienen.
Al otro lado de la llamada, Lina guardó silencio durante un instante.
—¿Has preguntado?
—No, Lina. He entrado en cuatro tiendas únicamente para contemplar las paredes.
—Te lo digo porque tú eres capaz de mirar dos minutos, no encontrarlo y marcharte.
—He preguntado.
—¿En las cuatro?
Daniel esquivó a un hombre que se detuvo repentinamente para consultar el móvil.
—En tres.
Lina soltó una risa.
—Lo sabía.
—En la cuarta había una cola enorme.
—Claro.
—Y tengo una vida.
—También tienes una hermana que te pidió un favor.
—Una hermana que podía haberlo pedido por internet.
—No llegaba a tiempo.
—Ese detalle habría sido útil ayer.
Daniel escuchó cómo ella contenía otra risa.
Habían tenido aquella misma clase de conversación cientos de veces. Lina pedía algo. Daniel protestaba. Después terminaba recorriendo media ciudad para encontrarlo.
—Da igual —dijo ella—. Déjalo. Ya buscaré otra cosa.
—Voy a mirar en un sitio más.
—No hace falta.
—Ya que estoy aquí…
—Daniel.
—¿Qué?
—He dicho que no hace falta.
—Y yo he dicho que voy a mirar en otro sitio.
—Eres insoportable.
—De nada.
Esta vez Lina se rio abiertamente.
Daniel sonrió mientras esperaba frente a un paso de peatones.
A su alrededor, varias personas aprovecharon el semáforo en rojo para cruzar. Un repartidor pasó entre ellas en bicicleta y recibió una colección de insultos que pareció no escuchar.
—Bueno —dijo Daniel—, nos vemos esta noche, ¿vale?
—Sí. Nos vemos esta noche.
Hubo una pausa muy breve.
—Te quiero —añadió Lina.
Daniel bajó la mirada, todavía sonriendo.
—También te quiero.
Colgó.
El semáforo cambió a verde.
Daniel guardó el teléfono y cruzó con el resto de la gente.
Durante algunos minutos no ocurrió nada.
Y eso sería lo que más recordaría después.
La absoluta normalidad.
Una mujer saliendo de una tienda con demasiadas bolsas. Un anciano observando un escaparate. Una adolescente haciéndose una fotografía con su amiga. Un autobús deteniéndose. Alguien impaciente tocando el claxon.
Miles de pequeñas vidas avanzando al mismo tiempo.
Nadie sabía que estaban a punto de dividir sus recuerdos en dos partes.
Antes de aquel día.
Y después.
—Oye…
La voz surgió en algún punto detrás de Daniel.
No le prestó atención.
Continuó caminando.
—¿Qué es eso?
La segunda voz sonó más cerca.
Daniel se giró.
Un joven señalaba el cielo mientras su amigo intentaba localizar aquello que estaba mirando. Varias personas redujeron el paso. Una mujer levantó la cabeza y se protegió los ojos con una mano.
Daniel siguió la dirección de sus miradas.
Al principio no vio nada.
El cielo estaba despejado. Apenas algunas nubes finas sobre los edificios.
Entonces distinguió el punto.
Era demasiado brillante para ser una estrella.
Permanecía suspendido muy por encima de la ciudad, aunque parecía desplazarse lentamente. Una estela casi imperceptible se extendía detrás de él.
—Será un avión —dijo alguien.
—¿Un avión?
—Está reflejando el sol.
Una chica levantó el teléfono y comenzó a grabar.
Otras personas hicieron lo mismo.
Daniel entrecerró los ojos.
El punto había aumentado de tamaño.
No mucho.
Lo suficiente.
Un murmullo recorrió la calle. La gente que todavía no se había detenido empezó a hacerlo al ver los móviles apuntando al cielo.
El tráfico continuó unos segundos más.
Después, un coche frenó en mitad de la calzada.
El conductor bajó la ventanilla.
—¿Qué pasa?
Nadie le respondió.

Daniel se quitó las gafas de sol.
El objeto volvió a crecer.
Ya no parecía un punto. Tenía una forma irregular, rodeada por una luz blanca tan intensa que resultaba difícil mantener la mirada.
Un hombre comenzó a retroceder.
—Eso no es un avión.
La estela se hizo más gruesa.
El cielo pareció vibrar.
Daniel sintió una presión extraña en los oídos, similar a la que se producía durante el descenso de un avión, pero mucho más rápida.
Algunos móviles perdieron la señal al mismo tiempo.
Las pantallas se congelaron.
Una bandada de pájaros surgió por encima de los edificios. Volaban desordenadamente, chocando unos contra otros en su intento por alejarse.
La luz cambió.
Durante una fracción de segundo, el objeto pareció detenerse.
Después se partió.
No hubo una explosión inmediata. Primero aparecieron varias líneas luminosas atravesando su superficie. Luego una parte se separó del cuerpo principal.
Después otra.
Y otra.
Docenas de fragmentos comenzaron a extenderse por el cielo.
El silencio duró apenas un segundo.
—Corred —dijo alguien.
Nadie se movió.
—¡Corred!
El primer estruendo hizo temblar los cristales de los escaparates.
La multitud reaccionó.
Daniel fue arrastrado hacia atrás por las personas que intentaban alejarse. Alguien chocó contra él. Una mujer perdió el bolso. El tráfico quedó bloqueado cuando varios conductores abandonaron sus vehículos.
El fragmento más cercano atravesó las nubes.
Una masa incandescente cayó en algún punto más allá de los edificios.
Daniel no llegó a ver el impacto.
Vio la luz.
Blanca.
Absoluta.
Después llegó la onda expansiva.
El aire golpeó la calle.
Los cristales estallaron al mismo tiempo.
Daniel sintió que sus pies abandonaban el suelo. Se cubrió la cabeza por instinto antes de caer contra el lateral de un coche.
Durante varios segundos no supo dónde estaba.
El mundo se había convertido en un zumbido.
Intentó incorporarse. Una puerta de cristal se desprendió de sus soportes y cayó a pocos metros. Las alarmas de los vehículos comenzaron a sonar unas tras otras.
Alguien tropezó junto a él.
Daniel extendió el brazo y evitó que la persona cayera, pero la perdió de vista cuando una nueva masa de gente pasó corriendo entre ambos.
La calle se llenó de polvo.
—¡Apartaos!
—¡Mi hijo! ¡No encuentro a mi hijo!
—¡Salid de los edificios!
Daniel buscó su teléfono.
Lo encontró varios metros más atrás, con la pantalla agrietada. Lo recogió y trató de llamar a Lina.
La llamada no entró.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Escribió un mensaje.
¿Estás bien? Llámame.
El teléfono permaneció intentando enviarlo.
Daniel levantó la mirada.
Otro fragmento cruzó el cielo.
Esta vez vio el impacto entre los edificios, lo bastante lejos como para no distinguir el punto exacto y lo bastante cerca como para sentir el suelo elevarse debajo de él.
Una columna de polvo surgió al fondo de la avenida.
La gente comenzó a correr en dirección contraria.
Daniel volvió a llamar.
—Vamos… Vamos, Lina.
La pantalla perdió la cobertura.
Una segunda onda golpeó la ciudad.
No fue tan intensa como la primera, pero bastó para derribar varias cornisas y terminar de romper los cristales que todavía resistían.
Daniel se protegió detrás de un coche.
Cuando volvió a levantarse, tenía un corte en la mano.
No recordaba cómo se lo había hecho.
Miró a su alrededor.
Todo sucedía demasiado rápido. No había una dirección segura. Cada calle parecía llena de personas huyendo de un peligro diferente.
Un policía intentaba alejar a la gente de una fachada agrietada. Dos hombres levantaban una señal caída para liberar a una mujer. Un autobús había atravesado la acera y permanecía inclinado contra una farola.
Daniel respiró hondo.
Tenía que salir de allí.
Tenía que encontrar cobertura y conseguir comunicarse con Lina.
Avanzó con la multitud.
Durante un tiempo que no supo medir, se dejó arrastrar por calles cada vez más cubiertas de polvo. Ayudó a levantar a un hombre que había caído, rodeó dos vehículos incendiados y volvió a comprobar el teléfono tantas veces que dejó de contar.
Al consultar la hora, descubrió que habían transcurrido más de dos horas desde su conversación con Lina.
El mensaje continuaba sin enviarse.
Las primeras sirenas habían comenzado a multiplicarse. A lo lejos se escuchaban órdenes dadas por megáfonos, pero el eco entre los edificios las volvía incomprensibles.
Entonces oyó un golpe.
Se detuvo.
El sonido se repitió.
Tres golpes cortos procedentes del interior de un local parcialmente derrumbado.
Daniel miró hacia la calle. Todos continuaban alejándose.
Otro golpe.
Más débil.
Debajo del zumbido que todavía ocupaba sus oídos distinguió una voz.
—Ayuda…
Daniel permaneció inmóvil un instante.
Miró el cielo.
Luego observó la nube de polvo que avanzaba por la avenida.
Todo en su cuerpo le decía que siguiera adelante.
—¿Hay alguien ahí? —gritó.
No recibió respuesta.
Se acercó al local.
Parte de la entrada había quedado bloqueada por placas del falso techo, trozos de cristal y una estructura metálica. Daniel apartó un tablón y se inclinó para mirar a través del hueco.
—¿Me oyes?
Una tos.
—Aquí…
Daniel dejó la mochila en el suelo.
—Apártate de la entrada.
—No puedo.
Entró agachado.
El interior estaba oscuro. La luz de emergencia parpadeaba en el techo y teñía de rojo el polvo suspendido.
Una estantería había caído sobre varias mesas. Más al fondo, una joven permanecía atrapada entre una viga ligera y parte de la estructura del techo.
Tenía sangre en una rodilla y uno de los brazos cubierto de pequeños cortes. Intentaba liberar la pierna, pero cada movimiento hacía descender un poco más los restos que tenía encima.
Al verlo, dejó escapar el aire.
—No te muevas —dijo Daniel.
—No pensaba hacerlo.
La respuesta le sorprendió.
No sonaba tranquila. Sonaba aterrada y enfadada consigo misma por estarlo.
Daniel se acercó y examinó la estructura.

—¿Te duele la pierna?
—Sí.
—¿Puedes mover el pie?
La chica lo intentó.
—Creo que sí.
Daniel sujetó uno de los extremos de la viga.
—Voy a levantar esto. Cuando puedas sacar la pierna, me avisas.
—Es demasiado pesado.
—Probablemente.
—Eso no me tranquiliza.
—A mí tampoco.
Daniel buscó una posición más estable. Apoyó un hombro debajo de la estructura y empujó.
Al principio no ocurrió nada.
Apretó los dientes.
La viga se elevó unos centímetros.
—Ahora.
La chica trató de retirar la pierna, pero una pieza metálica continuaba bloqueándola.
—No puedo.
—Inténtalo otra vez.
—Estoy intentando.
La estructura crujió sobre ellos.
Daniel perdió parte del apoyo.
—Espera.
Dejó descender el peso lentamente y respiró. Le dolía el hombro. Notaba los brazos temblando.
La chica miró hacia la salida.
—Tienes que irte.
—Sí, claro.
—Lo digo en serio.
—Yo también. En cuanto te saque.
Daniel encontró una barra de metal entre los restos. La introdujo debajo de la viga y utilizó un bloque de hormigón como punto de apoyo.
—Cuando levante, tira hacia mí.
—¿Y si cae todo?
—No dejes que caiga.
Ella lo miró sin comprender.
—Era una broma —aclaró Daniel.
—No tiene gracia.
—Eso me dicen bastante.
Daniel empujó la barra.
La estructura se elevó.
La joven consiguió doblar la rodilla. Soltó un gemido al liberar la pierna y se arrastró hacia él.
Daniel dejó caer la viga.
El impacto levantó una nueva nube de polvo.
La sujetó antes de que perdiera el equilibrio.
—¿Puedes caminar?
—Creo que sí.
Lo intentó.
La pierna cedió inmediatamente.
Daniel la sostuvo por la cintura.
—Eso parecía un no.
—Puedo caminar.
—Perfecto. Hazlo apoyándote en mí.
Pasó uno de sus brazos por encima de sus hombros.
Avanzaron lentamente hacia la salida.
Fuera, las sirenas llenaban la ciudad.
Daniel miró el teléfono una vez más.
El mensaje para Lina continuaba sin enviarse.
—¿Tienes a alguien aquí? —preguntó la chica.
—Mi hermana. No consigo llamarla.
—¿Está cerca?
—No debería.
Daniel deseó que aquella respuesta significara que estaba a salvo.
Un ruido profundo recorrió la calle.
Ambos se detuvieron.
No procedía del cielo.
Estaba mucho más cerca.
Algo pequeño cruzó entre dos coches.
Daniel solo alcanzó a percibir una cola desnuda desapareciendo bajo un vehículo.
Pensó que se trataba de una rata huyendo del derrumbe.
Entonces el coche se movió.
No mucho. Apenas un balanceo sobre la suspensión.
Pero algo que estaba debajo acababa de empujarlo.
La chica se aferró a Daniel.
—¿Qué ha sido eso?
Daniel no respondió.
Una cabeza apareció junto a una de las ruedas.
Hocico alargado. Orejas redondeadas. Bigotes cubiertos de polvo. Dos incisivos visibles entre los labios.
Era una rata.
O al menos eso era lo que su cabeza insistía en decirle.
Tenía aproximadamente el tamaño de un perro mediano, pero no era solo el tamaño lo que resultaba incorrecto. Sus patas delanteras eran demasiado largas. Las articulaciones parecían doblarse un poco más de lo normal y el cuerpo se mantenía demasiado cerca del suelo.
Bajo la piel gris, la musculatura se movía en direcciones que Daniel no conseguía seguir.
El animal salió de debajo del coche con un movimiento brusco.
Luego se quedó completamente quieto.
Su hocico tembló.
Olfateaba.
Daniel comenzó a retroceder, obligando a la joven a avanzar con él.
La rata giró la cabeza hacia ambos.
Lo hizo tan rápido que el movimiento apenas pareció natural.
—No corras —susurró Daniel.
—No puedo.
—Mejor.
—No tiene gracia.
—No pretendía tenerla.
La rata avanzó un paso.
Sus uñas arañaron el asfalto.
Daniel buscó una salida.
A la izquierda, la calle estaba bloqueada por un autobús. A la derecha, una parte de la fachada amenazaba con desprenderse. Detrás de ellos quedaba el local derrumbado.
La rata se acercó a un coche accidentado y apoyó las patas delanteras sobre el capó.
El metal se hundió bajo su peso.
Daniel dejó de retroceder.
Aquello no debería haber ocurrido.
El animal levantó el hocico y abrió la boca. De su garganta salió un chillido ronco y grave, demasiado profundo para el cuerpo que lo producía.
La chica apretó con más fuerza el hombro de Daniel.
—Tenemos que irnos.
—Cuando te diga, llega hasta aquella furgoneta.
Daniel señaló un vehículo volcado unos metros más atrás.
—¿Y tú?
—Iré detrás.
La rata bajó del capó.
Daniel ayudó a la joven a mantenerse erguida.
—Ahora.
Ella avanzó con dificultad.
Daniel recogió una barra metálica del suelo.
Era ridículo.
No serviría de mucho contra algo capaz de deformar un coche, pero tenerla entre las manos resultaba mejor que no tener nada.
La rata dio otro paso.
Daniel golpeó con la barra una señal caída.
El estruendo resonó entre los edificios.
El animal se volvió hacia él.
—Aquí.
La rata contrajo las patas traseras.
Daniel comprendió lo que iba a hacer un instante antes de que saltara.
Retrocedió.
La rata aterrizó donde había estado y giró con una rapidez imposible para su tamaño.
Daniel lanzó un golpe con la barra.
El metal rozó su lomo.
La criatura reaccionó con un chillido y golpeó la barra con una pata. Daniel sintió la sacudida en ambos brazos. El metal escapó de sus manos y cayó varios metros más allá.
—¡Ven! —gritó la chica desde la furgoneta.
Daniel corrió hacia ella.
La rata volvió a agazaparse.
La distancia era demasiado corta.
Daniel lo supo antes de verla saltar.
Llegó hasta la joven, la rodeó con los brazos y giró para interponer su cuerpo.
Vio a la rata acercándose.
Una pata extendida.
Las uñas dirigidas hacia él.
No podría apartarse.
Cerró los ojos y encogió los hombros, esperando el golpe.
No llegó.
Hubo un instante que su cabeza no consiguió ordenar.
Antes de cerrar los ojos, la rata estaba sobre él.
Cuando volvió a abrirlos, creyó verla dos veces: una silueta todavía en el aire y otra cayendo junto a la furgoneta.
Parpadeó.
Solo quedaba una.
La garra pasó tan cerca de su mejilla que Daniel sintió el aire del movimiento. La rata continuó de largo y chocó contra el lateral del vehículo.

Daniel cayó con la chica.
Durante un segundo ninguno de los dos se movió.
La criatura arañó el asfalto mientras intentaba incorporarse.
La joven miró a Daniel.
—¿Has visto…?
Daniel observó el punto desde el que había saltado la rata.
Después miró el arañazo que las uñas habían dejado en la furgoneta.
—No lo sé.
Tal vez el animal había calculado mal.
Quizá Daniel se había movido sin darse cuenta.
Podía haber sido el polvo, el mareo o simplemente una imagen confusa producida por la velocidad.
Tenía que ser alguna de esas cosas.
Una presión sorda apareció detrás de sus ojos. Por un momento, la calle pareció inclinarse.
Daniel apoyó una mano en el suelo hasta recuperar el equilibrio.
Había sido la caída.
O el golpe contra el coche.
La rata volvió a levantarse.
Un sabor metálico le llenó la boca.
Daniel tragó saliva y buscó la barra.
Estaba demasiado lejos.
El animal se giró hacia ellos.
Entonces sonaron tres disparos.
El primero golpeó el asfalto frente a la rata.
El segundo alcanzó el lateral del vehículo.
El tercero hizo que el animal se estremeciera y retrocediera.
—¡Al suelo!
Daniel cubrió la cabeza de la chica.
Un militar español apareció entre el polvo con el fusil encarado.
Llevaba el uniforme cubierto de ceniza y uno de los laterales del casco arañado. No tenía el rostro oculto por gafas ni visores. Daniel pudo ver claramente su expresión: concentrada, firme, sin rastro de la seguridad fingida que mostraban algunas voces de emergencia en la distancia.
Él tampoco parecía entender qué clase de animal tenía delante.
Pero no permitió que la sorpresa detuviera sus movimientos.
Avanzó con el arma apuntada.
La rata enseñó los incisivos.
El militar disparó de nuevo.
Uno de los proyectiles alcanzó al animal en un costado. La criatura lanzó un chillido y corrió entre los vehículos con una velocidad desconcertante.
Desapareció bajo la nube de polvo.
El militar siguió su trayectoria con el fusil.
Esperó varios segundos.
Después retrocedió sin darle la espalda al lugar por el que había huido.
—Tenemos que salir de aquí —dijo—. Ahora.
Su voz era firme, pero no alzó el tono más de lo necesario.
Ayudó a Daniel a incorporarse. Luego se agachó junto a la joven.
—¿Puedes caminar?
—Con ayuda.
El militar le pasó un brazo por la cintura.
Daniel se situó al otro lado.
—Hay un punto de atención al final de la calle —explicó—. No os separéis.
Comenzaron a avanzar.
El militar miró una vez hacia la furgoneta y después hacia Daniel. Si había visto el salto completo, no lo demostró.
—¿Estáis bien?
Daniel comprobó primero a la chica.
—¿Estás bien?
Ella asintió.
—Sí… creo que sí.
Daniel volvió la vista hacia el lugar por el que había desaparecido la rata.
No quedaba nada extraño.
Solo polvo, coches abandonados y el arañazo de unas uñas en la carrocería.
—Él me ha sacado de allí —dijo la chica.
El militar observó los cortes de Daniel.
—Cuando lleguemos, dejarás que te revisen.
—Primero tienen que verla a ella.
—Os revisarán a los dos.
Un helicóptero pasó por encima de los edificios.
La fuerza de las hélices removió el polvo y llenó la calle de papeles, ceniza y pequeños fragmentos de cristal.
El militar levantó un brazo para protegerse el rostro.
Daniel escuchó un crujido.
Alzó la mirada.
Una sección de la fachada se inclinaba sobre ellos.
—¡Cuidado!
El primer bloque cayó detrás del militar.
El impacto lo lanzó contra una furgoneta y levantó una cortina de polvo entre él y los dos jóvenes.
Daniel empujó a la chica hacia el hueco entre dos vehículos.
Una lluvia de fragmentos descendió sobre la calle.
Algo golpeó su hombro.
Perdió el equilibrio.
La joven cayó con él.
Daniel vio una sombra atravesando el polvo. No supo si era otro fragmento de la fachada o si la rata había regresado.
No tuvo tiempo de comprobarlo.
Se colocó encima de la chica y la cubrió con su cuerpo.
Un segundo impacto sacudió el suelo.
El borde de una pieza de metal golpeó a Daniel en la cabeza.
La luz desapareció durante un instante.
Cuando volvió a abrir los ojos, ya no sabía cuánto tiempo había pasado.
Sirenas.
Ambulancias.
Bomberos.
Policía.
Helicópteros.
Personas gritando nombres entre el polvo.
Daniel intentó moverse.
No pudo.
Debajo de él, la chica seguía consciente.
Estaban prácticamente cara a cara.
Un hilo de sangre descendió desde su cabeza y atravesó parte de su rostro.
Respiró con dificultad.
—¿Estás bien? —preguntó.
La joven tardó un segundo en responder.
—Sí… Sí, estoy bien.
Daniel trató de apartarse.
Los brazos le fallaron.
El sonido de las sirenas comenzó a apagarse.
Todo se alejaba.
Las voces.
Los helicópteros.
La presión de las manos de la chica sobre sus hombros.
En algún punto detrás de la cortina de polvo, escuchó la voz amortiguada del militar.
—¡Aguantad! ¡Voy hacia vosotros!
Daniel apenas consiguió distinguir una silueta levantándose entre los escombros.
Después volvió a perderla de vista.
El rostro de la desconocida se volvió borroso.
Daniel pensó en Lina.
En la llamada.
En el mensaje que no había conseguido enviar.
En la posibilidad de que nunca supiera qué le había ocurrido.
Así que iba a morir de aquella manera.
Sin entender nada.
Aplastado entre dos coches junto a una persona cuyo nombre ni siquiera conocía.
Había imaginado finales mejores.
También peores.
Miró a la joven.
Seguía viva.
Eso tendría que bastar.
—Bueno… —murmuró—. Podía haber sido peor.
—Oye…
Daniel parpadeó.
—Oye, espera.
Quiso responder, pero no encontró fuerzas.
—¿Estás bien?
La oscuridad avanzó desde los bordes de su visión.
La chica sujetó su rostro.
—Oye.
Daniel dejó de verla.
—Oye… espera.
Su cuerpo perdió toda la tensión.
Cayó sobre ella.
—¿Estás bien?
No respondió.
—¡Oye!
Negro.
Sobre Barcelona, el polvo permanecía suspendido.
Los fragmentos que habían alcanzado la ciudad continuaban calientes. Algunos se encontraban enterrados bajo el asfalto. Otros habían atravesado edificios y descansaban entre habitaciones abiertas al cielo.
Bomberos, sanitarios, policías, militares y ciudadanos se movían entre los escombros.
En el interior de uno de los fragmentos apareció un resplandor débil.
Duró apenas un instante.
Se apagó antes de que nadie pudiera verlo.
A varias calles de distancia, otro fragmento respondió con el mismo pulso silencioso.
Después, nada.
La Caída había terminado.
Sus consecuencias acababan de empezar.