TEMPORADA 1 — EL DESPERTAR

ARCO I — DESPUÉS DE LA CAÍDA

EPISODIO 05

Brotes

11 min de lectura

—Dani...

El viento seguía girando alrededor de Lina.

Le levantaba el pelo, arrastraba hojas a sus pies y las hacía girar a su alrededor en círculos cada vez más rápidos.

Daniel no se movió.

Durante unos segundos se limitó a mirarla.

Había visto cosas parecidas en vídeos.

Personas rodeadas de fenómenos que nadie sabía explicar.

Había visto fuego.

Agua moviéndose de formas imposibles.

Luces.

Sombras.

Descargas.

Hasta hacía unas horas, todo aquello podía permanecer al otro lado de una pantalla.

Podía ser falso.

Podía estar manipulado.

Podía tener alguna explicación que todavía no conocieran.

Pero ninguna de aquellas personas era Lina.

Una ráfaga golpeó a Daniel.

Esta vez no retrocedió.

Dio un paso hacia ella.

—No te acerques.

Daniel se detuvo.

Lina miró sus propias manos.

Las abrió.

Las cerró.

El viento no cambió.

—No sé cómo pararlo.

—No hagas nada.

Lina lo miró.

—Ese es el problema. No estoy haciendo nada.

Otra ráfaga atravesó el espacio entre los dos.

Daniel entrecerró los ojos.

Una hoja pasó rozándole el hombro.

—Entra en casa —dijo Lina.

—No.

—Dani...

—No voy a dejarte aquí sola.

—¿Y si te hago daño?

Daniel tragó saliva.

Tenía miedo.

Claro que lo tenía.

No sabía qué estaba pasando.

No sabía qué podía hacer aquel viento.

Ni siquiera sabía si Lina podía detenerlo.

Pero delante de él estaba su hermana.

La misma que unas horas antes había ido hasta el pabellón solo para comprobar que seguía vivo.

Daniel dio otro paso.

—Daniel...

—Ven aquí.

—¿Qué?

Daniel acortó la distancia.

Lina retrocedió.

—Dani, no.

—Confía en mí.

—¡No sé qué está pasando!

—Yo tampoco.

Daniel dio el último paso y la abrazó.

Lina permaneció completamente rígida.

Durante un instante, Daniel se preguntó si acababa de cometer una estupidez.

El viento continuaba golpeándole la espalda.

Las hojas pasaban a ambos lados.

Una ráfaga le hizo apretar los ojos.

Pero no la soltó.

—Dani...

—Estoy aquí.

Lina respiró.

Una vez.

Después otra.

Poco a poco dejó de mantener los brazos tensos junto al cuerpo.

Terminó rodeando a Daniel.

Apoyó la frente contra su hombro.

—Tengo miedo.

Daniel cerró los ojos.

—Ya.

No le dijo que no debía tenerlo.

Él también lo tenía.

El viento continuó girando alrededor de los dos.

Un segundo.

Dos.

Tres.

Hasta que comenzó a perder fuerza.

Daniel lo notó primero en la ropa.

Dejó de golpearle la espalda.

Una hoja cayó al suelo.

Después otra.

Luego otra.

El pelo de Lina descendió lentamente sobre sus hombros.

El murmullo del aire desapareció.

Silencio.

Daniel abrió los ojos.

Miró alrededor.

Las hojas descansaban sobre el suelo.

Los árboles permanecían casi inmóviles.

Lina todavía lo abrazaba.

—Lina.

Ella no se movió.

—Creo que ha parado.

Lina levantó lentamente la cabeza.

Miró alrededor.

Después sus manos.

—¿Lo he parado yo?

Daniel siguió su mirada.

—No lo sé.

—Todo lo que sabes decir hoy es «no lo sé».

—Porque no sé nada.

Lina dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

Duró apenas un segundo.

Pero Daniel la agradeció.

Ella volvió a mirar sus manos.

—¿Qué me está pasando?

Daniel no respondió.

Porque por primera vez aquella pregunta empezaba a parecer mucho más grande que Lina.

◆

Cuando volvieron a entrar, su madre los miró desde la cocina.

—¿Todo bien?

Daniel miró a Lina.

Ella respondió antes que él.

—Sí.

Su madre frunció ligeramente el ceño.

—¿Seguro?

—Solo necesitaba aire.

—Pues tienes una cara...

—Mamá.

—Vale, vale.

Lina se sentó otra vez.

Daniel ocupó la silla de al lado.

Su padre continuaba mirando la televisión.

Las mismas imágenes.

Las mismas preguntas.

Distintas personas asegurando cosas diferentes.

Daniel observó a Lina.

Ella mantenía las manos debajo de la mesa.

Como si no quisiera verlas.

Su madre dejó una infusión delante de ella.

—Tómate esto.

—Gracias.

Lina rodeó la taza con ambas manos.

Daniel vio que le temblaban ligeramente los dedos.

Su padre miró hacia ellos.

—¿Qué pasa?

—Nada —respondió Lina demasiado rápido.

Daniel no dijo nada.

Su padre los observó durante un segundo.

Después volvió a mirar la televisión.

—Pues vaya día.

Cogió una cuchara de la mesa.

Chas.

La soltó inmediatamente.

La cuchara golpeó la madera.

Todos miraron.

—¿Eh?

El padre de Daniel observó sus dedos.

Después la cuchara.

—Otra vez.

Daniel levantó ligeramente la cabeza.

—¿Otra vez?

Su padre lo miró.

—Lo de antes.

Volvió a acercar los dedos a la cuchara.

Nada.

La tocó.

Nada.

—Estática...

Su madre negó con la cabeza.

—Tú también estás para que te miren.

—Estoy perfectamente.

—Sí. Se nota.

Su padre sonrió y continuó comiendo.

La conversación terminó ahí.

Para él.

Daniel miró la cuchara.

Después a su padre.

Recordó el vídeo.

Una calle de noche.

Farolas parpadeando.

Una pequeña descarga saltando entre los dedos de un chico.

Chas.

Daniel bajó la mirada.

No.

Podía ser estática.

Esta vez sí.

Tenía que poder serlo.

Miró a Lina.

Ella también estaba observando a su padre.

Sus miradas se cruzaron.

Ninguno dijo nada.

◆

Más tarde, Daniel estaba solo en su habitación.

Por primera vez desde La Caída no había sirenas cerca.

No había médicos.

No había cientos de personas hablando a la vez.

No había nadie preguntando nombres.

Solo su habitación.

Las mismas cosas de siempre.

La misma ropa.

Los mismos objetos.

Todo exactamente donde lo había dejado.

Daniel se sentó en el borde de la cama.

Debería haber resultado tranquilizador.

No lo fue.

Sacó el móvil.

Las redes seguían llenas de vídeos.

No abrió ninguno.

Ya no necesitaba hacerlo.

Dejó el teléfono a su lado.

Miró sus manos.

Durante unos segundos permaneció así.

Quieto.

Después levantó una.

Nada.

Abrió los dedos.

Los cerró.

Nada.

Se sintió ridículo.

Bajó la mano.

No sabía siquiera qué esperaba que ocurriera.

Su mente regresó a Lina.

Al viento.

A las hojas.

A la forma en que todo parecía reaccionar cuando ella se asustaba.

Y después pensó en otra cosa.

El edificio.

La criatura.

Aquel instante antes del golpe.

Algo que nunca había conseguido ordenar del todo en su cabeza.

Cerró los ojos.

Intentó reconstruirlo.

La criatura saltando.

Él protegiendo a Clara.

La garra.

Y durante una fracción de segundo...

Daniel abrió los ojos.

No.

Había recibido un golpe en la cabeza.

Eso era todo.

Un golpe fuerte.

Los médicos se lo habían repetido.

No tenía sentido buscar misterios dentro de recuerdos incompletos.

El móvil vibró.

Daniel lo cogió.

Un mensaje.

Flora.

Dani, ¿puedes venir un momento? Necesito hablar contigo.

Daniel leyó el mensaje.

Después otra vez.

Había algo en aquellas palabras que no le gustaba.

Flora rara vez escribía así.

Normalmente habría añadido alguna tontería.

Una broma.

Un insulto cariñoso.

Cualquier cosa menos aquello.

Daniel escribió:

¿Ha pasado algo?

Los tres puntos aparecieron.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Finalmente llegó la respuesta.

Prefiero contártelo en persona.

Daniel se quedó mirando la pantalla.

Después de aquel día, esas palabras no podían significar nada bueno.

Respondió:

¿Dónde estás?

La respuesta llegó inmediatamente.

En el parque.

Daniel se levantó.

◆

Flora lo esperaba en el parque de siempre.

Daniel la vio antes de que ella lo viera a él.

Estaba sentada en un banco, inclinada hacia delante, con las manos juntas.

No miraba el móvil.

No hacía nada.

Eso ya era raro.

Daniel se acercó.

—Llegas tarde.

Flora no levantó la cabeza.

Daniel miró la hora en el móvil.

—He llegado a la hora.

—Entonces mi reloj va adelantado.

—O eres insoportable.

—También.

Ahora sí lo miró.

Intentó sonreír.

Daniel se sentó a su lado.

—Qué recibimiento.

—Podría haber sido peor.

—¿Ah, sí?

—Podría haberte dicho que me alegro de verte.

—Eso sí habría sido preocupante.

Flora soltó una pequeña risa.

Daniel también.

Durante unos segundos aquello se pareció bastante a cualquier otra conversación entre los dos.

Y Daniel agradeció esa sensación.

Flora conversa con Daniel desde la perspectiva de Daniel.

—¿Cómo estás? —preguntó Flora.

—Bien.

Ella lo miró.

Después señaló el vendaje.

—Claro.

Daniel se tocó la cabeza.

—Esto ahora está de moda.

—Te queda fatal.

—Gracias.

—Para eso están los amigos.

Daniel sonrió.

Flora apartó la mirada.

La sonrisa desapareció de su rostro casi inmediatamente.

Daniel lo notó.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Cómo estás?

—Bien.

Daniel esperó.

Flora miró hacia él.

—No me mires así.

—¿Así cómo?

—Como si supieras que estoy mintiendo.

—Te conozco.

—Qué desgracia.

—Para los dos.

Flora volvió a mirar al frente.

Había niños jugando más lejos.

Una pareja caminaba por uno de los senderos.

Algunas personas hablaban sentadas en el césped.

El parque parecía extrañamente normal.

Daniel esperó.

Con Flora había aprendido hacía tiempo que, cuando realmente quería contar algo, presionarla era la mejor forma de conseguir que no lo hiciera.

Pasaron varios segundos.

Finalmente ella habló.

—¿Has visto los vídeos?

Daniel apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Sí.

—¿Los de la gente?

—Sí.

Flora tragó saliva.

—¿Crees que son reales?

Daniel pensó en Lina.

Podría haberle dicho que sí.

Podría haberle contado lo ocurrido hacía apenas unas horas.

Pero Lina le había pedido que no dijera nada.

—Creo que algunos sí.

Flora asintió lentamente.

No pareció sorprendida.

Eso preocupó a Daniel más que la pregunta.

—¿Por qué?

—Por nada.

—Flora.

—¿Qué?

—Me has hecho venir hasta aquí para preguntarme si unos vídeos son reales.

—También quería comprobar si el golpe te había hecho más feo.

—Entonces ya puedes irte tranquila.

Flora sonrió.

Otra vez solo durante un instante.

Después miró sus manos.

—Hay algo que no he contado en casa.

Daniel dejó de bromear.

No dijo nada.

Flora continuó.

—Empezó después de...

Se detuvo.

—Después de La Caída.

Daniel la observó.

—¿Qué empezó?

Flora se frotó las palmas contra los pantalones.

—No sé cómo explicarlo.

—Inténtalo.

—Eso estoy haciendo.

—Pues vas genial.

Flora lo miró.

—¿Quieres que te lo cuente o no?

Daniel levantó las manos.

—Me callo.

—Milagro.

Silencio.

Flora respiró profundamente.

—Ayer pensé que era casualidad.

Daniel sintió que el cuerpo se le tensaba.

—¿Qué cosa?

—Una planta de casa.

—¿Qué le pasó?

—Nada malo.

Flora dudó.

—Ese es el problema.

Daniel frunció el ceño.

—No te entiendo.

—Estaba casi muerta.

—Vale.

—Y dejó de estarlo.

Daniel permaneció callado.

Flora lo miró.

—Ya sé cómo suena.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

Aquella palabra.

Daniel acababa de escucharla demasiadas veces.

No estoy haciendo nada.

Miró a Flora con más atención.

—¿Nada?

—La toqué.

—¿Y?

—Y ya está.

Flora se levantó del banco.

—Ven.

—¿A dónde?

—Aquí mismo.

Caminó unos metros hasta unas plantas junto al sendero.

Daniel la siguió.

Flora se detuvo.

Miró alrededor.

No había nadie suficientemente cerca como para prestarles atención.

—Prométeme que no vas a reírte.

—No puedo prometer eso.

—Daniel.

La expresión de Flora hizo que él dejara de sonreír.

—No me voy a reír.

Ella respiró hondo.

Extendió lentamente una mano hacia las plantas.

Daniel miró sus dedos.

Después las plantas.

No ocurrió nada.

Pasaron varios segundos.

Flora no se movió.

Daniel tampoco.

—¿Ves? —dijo ella.

Había decepción en su voz.

Y alivio.

Como si una parte de ella quisiera demostrar que todo había sido imaginación.

Entonces una hoja se movió.

Daniel bajó la mirada.

No había viento.

La hoja se inclinó lentamente hacia Flora.

Otra hizo lo mismo.

Después otra.

Daniel dejó de respirar durante un instante.

Flora tampoco parecía hacerlo.

Todas hacia ella.

—Flora...

—Espera.

Entre la tierra apareció algo verde.

Muy pequeño.

Daniel se agachó ligeramente.

Un brote.

Después otro.

Flora retiró la mano.

Los dos se quedaron mirando.

Los brotes continuaron creciendo.

Despacio.

Apenas unos centímetros.

Una hoja diminuta se abrió.

Después otra.

Era algo pequeño.

Delicado.

Casi bonito.

Precisamente por eso resultaba tan extraño.

Flora observa sorprendida un nuevo brote creciendo en una planta.

Daniel miró a Flora.

A ella se le había ido el color de la cara.

—¿Esto te pasó en casa?

Flora asintió.

—No así.

—¿Cómo?

—La planta simplemente...

Buscó las palabras.

—Cambió.

—¿Cambió cómo?

—Estaba seca. La toqué y al rato ya no lo estaba.

Daniel volvió a mirar los brotes.

—¿Y no se lo has contado a nadie?

Flora negó.

—¿Por qué?

Ella lo miró como si la respuesta fuera evidente.

—Porque no sé qué es esto.

Daniel guardó silencio.

—¿Y si me pasa algo?

—Flora...

—¿Y si empeora?

—No sabemos que vaya a empeorar.

—Tampoco sabemos que no.

Daniel no pudo discutir eso.

Flora bajó la mirada hacia su mano.

—Tengo miedo —susurró.

Esta vez no había broma.

Ni sonrisa.

Ni intento de quitarle importancia.

Solo Flora.

Daniel la conocía desde hacía demasiado tiempo.

La había visto enfadada.

Reírse hasta no poder respirar.

Quejarse por tonterías.

Fingir que algo no le importaba cuando sí le importaba.

Pero verla así era diferente.

Daniel se sentó nuevamente en el banco.

Flora lo miró.

Él señaló el sitio a su lado.

—Ven.

—¿Ese es tu gran consejo?

—Sí.

—Es malísimo.

—No cobro.

Flora se sentó.

Durante unos segundos ninguno habló.

Daniel no intentó explicarlo.

No podía.

No le dijo que todo iba a estar bien.

Tampoco podía saberlo.

Simplemente se quedó allí.

Con ella.

Flora apoyó los brazos sobre las piernas.

—Solo quería contártelo a ti.

Daniel la miró.

—¿Por qué?

Flora levantó una ceja.

—No hagas que me arrepienta.

—Pregunta legítima.

—Porque eres mi mejor amigo, idiota.

Daniel sonrió ligeramente.

—Ah.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Pues quítala.

Daniel soltó una pequeña risa.

Flora negó con la cabeza.

Durante unos segundos, el miedo pareció alejarse.

Solo un poco.

Daniel miró hacia las plantas.

Las hojas habían dejado de moverse.

Los pequeños brotes permanecían inmóviles.

Parecía haber terminado.

—Quizá puedas controlarlo —dijo Daniel.

Flora siguió su mirada.

—No sé ni cómo lo he hecho.

—Antes tampoco.

—Eso ayuda muchísimo.

—Estoy intentando ser positivo.

—No se te da bien.

Daniel iba a responder.

Entonces vio algo.

Unos metros más allá.

Frunció el ceño.

—Flora.

—¿Qué?

Daniel no respondió.

Un pequeño punto verde acababa de aparecer entre la tierra.

Lejos de ellos.

Demasiado lejos.

Daniel se levantó.

Flora siguió su mirada.

Otro brote apareció.

Más lejos.

Después otro.

Y otro.

La sonrisa desapareció del rostro de Flora.

Miró hacia las plantas que tenía delante.

Después hacia las nuevas.

—No...

Daniel observó el suelo.

Un brote surgió junto a un árbol.

Otro cerca del borde del sendero.

Flora se levantó.

—Daniel...

Miró su mano.

La tenía apoyada sobre la pierna.

No estaba tocando nada.

Ni siquiera estaba orientada hacia las plantas.

Después miró los brotes.

Estaban demasiado lejos.

Daniel miró a Flora.

Ella negó lentamente con la cabeza.

El miedo había vuelto.

Esta vez más fuerte.

—Yo no estoy haciendo nada.

CORTE A NEGRO.

FIN DEL EPISODIO 05 — BROTES

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