La oscuridad alcanzó a Daniel.
No hubo una ráfaga.
No hubo una luz.
No ocurrió nada imposible.
El impacto lo levantó del suelo.
Durante un instante no sintió nada.
Después llegó el pavimento.
El hombro primero.
La espalda después.
Rodó.
La carpeta salió despedida de sus manos.
Varias hojas se deslizaron por el suelo.
Una quedó boca arriba.
RESERVA: 0
Daniel no la vio.
Durante unos segundos tampoco escuchó nada.
Después regresaron los sonidos.
Gritos.
Pasos.
Su propia respiración.
—¡DANIEL!
Lina avanzó.
Un agente de seguridad que vigilaba el perímetro le cortó el paso.
—¡Atrás!
—¡Es mi hermano!
Intentó rodearlo.
El agente volvió a ponerse delante.
—No puede entrar.
—¡Lo está atacando!
El hombre llevó una mano al comunicador.
Esperó.
Nada.
Lina lo miró sin comprender.
—¿Qué estás haciendo?
El agente tampoco parecía saberlo.
Daniel abrió los ojos.
Todo estaba demasiado desenfocado.
Intentó respirar profundamente.
Mala idea.
El costado respondió con un dolor agudo.
Se quedó quieto unos segundos.
Darian seguía delante.
No había avanzado.
Solo lo observaba.
Como si esperara algo.
Daniel apoyó una mano en el suelo.
Después una rodilla.
Armando lo vio.
—No...
Daniel no respondió.
Apoyó el otro pie.
Su cuerpo protestó.
Se incorporó.
Despacio.
La gente dejó de murmurar.
Daniel necesitó unos segundos para encontrar el equilibrio.
Después volvió a colocarse delante de Armando.
La primera vez.
Darian frunció ligeramente el ceño.
—Te di una oportunidad.
Daniel respiró.
—No era para mí.
Darian miró a la joven Inerte.
Después a Armando.
Volvió a Daniel.
—Sigues sin entenderlo.
Daniel no contestó.
Se limpió la sangre del labio.
—Discúlpate.
Algo cambió en la expresión de Darian.
Muy poco.
Pero cambió.
En una sala interior de la A.E.E., varias pantallas mostraban diferentes ángulos del exterior.
Una seguía a Daniel y Darian.
Otra mostraba a Armando.
Una tercera, la multitud.
Un responsable de seguridad tenía el comunicador preparado.
—Equipo dos listo para intervenir.
Miró al hombre que permanecía junto a los monitores.
Cabello canoso.
Traje oscuro.
Una acreditación de alto nivel colgaba de su cuello.
—¿Señor?
El hombre no apartó los ojos de la pantalla.
—Esperen.
El responsable giró la cabeza.
—Ya hay heridos.
—Lo sé.
—Podemos separarlos en menos de treinta segundos.
Silencio.
—Todavía no.
Un investigador dejó de escribir.
—¿Quiere seguir observando?
El hombre miró las gráficas.
Variaciones de Éter.
Picos de actividad.
Respuesta ambiental.
—Esto iba a ocurrir tarde o temprano.
—Eso no significa que tengamos que permitirlo.
Por primera vez apartó la vista de los monitores.
—Aquí tenemos médicos.
Señaló otra pantalla.
—Seguridad.
Después los sensores.
—Y capacidad para intervenir.
El responsable endureció el gesto.
—También tenemos civiles.
—Precisamente.
Volvió a mirar a Daniel.
—Serán unos segundos.
Nadie respondió.
—Llevamos semanas diciéndole a la gente que el mundo ha cambiado.
Una pausa.
—Hasta ahora eran palabras.
El responsable entendió.
No pareció gustarle.
—¿Y quiere que lo aprendan así?
El hombre no respondió inmediatamente.
—Quiero saber qué ocurre cuando deja de ser una noticia...
Miró nuevamente la pelea.
—...y se convierte en realidad.
El responsable mantuvo la mano sobre el comunicador.
No la bajó.
Darian avanzó.
Daniel levantó los brazos por puro instinto.
El golpe llegó desde un lado.
Demasiado rápido.
Consiguió cubrirse parcialmente.
No sirvió de mucho.
El impacto le hizo perder el equilibrio.
Darian volvió a golpear antes de que pudiera recuperarlo.
Daniel cayó.
Esta vez quedó cerca.
Demasiado cerca.
Darian caminó hacia él.
—Quédate ahí.
Daniel respiró.
No se movió durante unos segundos.
Darian esperó.
Entonces Daniel apoyó una mano.
Después una rodilla.
—No.
Daniel siguió.
—He dicho que te quedes abajo.
Una pierna.
Después la otra.
Daniel volvió a incorporarse.
Más despacio.
Mucho más.
La segunda vez.
Darian lo miró fijamente.
—¿Qué parte no entiendes?
Daniel permaneció callado.
—Has perdido.
Silencio.
Darian señaló alrededor.
—Mírate.
La sangre.
La respiración irregular.
Las piernas temblando.
—No tienes afinidad.
Daniel no respondió.
—No tienes patrón.
Nada.
—No tienes nada.
Daniel levantó los ojos.
—Puede ser.
La respuesta desconcertó a Darian.
Esperó algo más.
No llegó.
Daniel respiró.
—Eso no te da derecho.
La sonrisa desapareció por completo del rostro de Darian.
Armando seguía en el suelo.
Tenía que levantarse.
Lo sabía.
Apoyó una mano.
Su brazo tembló.
Buscó el agua.
Había pequeñas cantidades repartidas por el pavimento.
Intentó atraerlas.
Unas gotas respondieron.
Nada más.
Su brazo cedió.
Volvió a caer.
Apretó los dientes.
Delante de él Daniel seguía en pie.
Armando bajó la vista hacia sus propias manos.
Mojadas.
Después observó las de Daniel.
Vacías.
Él había tenido agua.
Una afinidad.
Algo con lo que defenderse.
Daniel no tenía nada.
Y aun así era Daniel quien estaba de pie delante de él.
Armando volvió a intentar incorporarse.
No pudo.
Esta vez bajó la cabeza.
No quería que aquel desconocido lo protegiera.
No quería necesitarlo.
Y no quería volver a sentir aquella impotencia.
Levantó los ojos hacia Darian.
La rabia llegó después.
Lenta.
Fría.
No sabía cuánto tendría que mejorar.
Ni cuánto tardaría.
Pero aquello no iba a terminar allí.
La próxima vez sería diferente.
Tenía que serlo.
Clara apenas parpadeaba.
Cada vez que Daniel caía pensaba que se había acabado.
Y cada vez volvía a verlo ponerse en pie.
La primera vez pudo llamarlo valor.
La segunda...
Ya no sabía cómo llamarlo.
Solo sabía que aquello lo había visto antes.
Polvo.
Cristales.
Una criatura.
Daniel regresando mientras todos los demás huían.
Durante semanas había pensado que aquel momento podía haber sido consecuencia del caos.
Una decisión impulsiva.
Miedo.
Adrenalina.
Ahora sabía que no.
Daniel ni siquiera conocía a Armando.
Tampoco había conocido su nombre aquella noche.
No había vuelto por ella porque fuera ella.
Era simplemente...
él.
Clara sintió un nudo en el pecho.
—Otra vez...
Nadie la oyó.
Lina intentó avanzar.
El agente extendió un brazo.
—He dicho que no.
—¡Y yo he dicho que es mi hermano!
Una corriente de aire surgió a su alrededor.
Débil.
Involuntaria.
El uniforme del agente se agitó.
Varias personas retrocedieron.
El hombre cambió inmediatamente de postura.
—Nada de manifestaciones.
Lina se quedó inmóvil.
El aire cesó.
Miró sus manos.
Hacía menos de una hora una máquina había medido aquello.
Reserva.
Flujo.
Control.
Sincronía.
Números.
Ella tenía números.
Daniel no.
Y, aun así, él era quien estaba ahí delante.
Ella no sabía utilizar lo que tenía cuando de verdad importaba.
Todavía no.
Daniel recibió otro golpe.
Lina cerró los ojos.
No.
Aquello no podía volver a ocurrir.
Tener afinidad no era suficiente.
Tenía que aprender.
Tenía que mejorar.
Tenía que llegar un día en el que Daniel no tuviera que ponerse siempre delante.
Algún día...
sería ella quien pudiera ponerse delante de él.
Daniel vio venir el siguiente ataque.
Esta vez incluso consiguió apartarse.
No completamente.
La oscuridad rozó su torso y lo hizo girar.
Darian apareció frente a él.
Daniel reaccionó por instinto.
Lanzó un golpe.
Torpe.
Darian lo esquivó sin esfuerzo.
Sujetó su brazo.
Lo empujó.
Daniel golpeó el suelo de rodillas.
Darian permaneció detrás.
—Quédate abajo.
Daniel respiró.
Intentó incorporarse.
Darian lo observó.
—Basta.
Daniel siguió intentando levantarse.
Algo se quebró en la calma de Darian.
—¿Qué intentas demostrar?
Daniel se detuvo.
No levantó todavía la cabeza.
—Nada.
Darian frunció el ceño.
Daniel consiguió ponerse de pie.
—Entonces ¿por qué?
Daniel respiró.
Levantó la vista.
—Porque sigues delante.

Silencio.
Darian no supo qué responder.
Y aquello lo irritó todavía más.
Daniel no estaba intentando impresionarlo.
No pretendía demostrar que fuera más fuerte.
Ni siquiera creía que pudiera vencerlo.
Simplemente se negaba a aceptar que haber perdido significara que Darian tenía razón.
Para Darian, la derrota era una respuesta.
El mundo medía.
Comparaba.
Ordenaba.
Algunos estaban arriba.
Otros abajo.
Daniel tenía cuatro ceros.
Precisamente él debería comprender mejor que nadie cuál era su posición.
Y aun así...
seguía negándose.
Darian avanzó.
Ya no sonreía.
En la sala de control, el responsable de seguridad miró al hombre del traje.
—Se acabó.
No era una pregunta.
El hombre permaneció mirando.
Daniel apenas podía mantenerse en pie.
Darian volvía hacia él.
—Cinco segundos.
—No.
El responsable levantó el comunicador.
El hombre no intentó detenerlo.
—Equipo dos.
La respuesta llegó inmediatamente.
—Preparados.
—A mi orden.
Darian se detuvo frente a Daniel.
—Una última vez.
Daniel apenas conseguía enfocarlo.
—Quédate abajo.
Daniel tragó saliva.
Miró por encima del hombro.
Armando.
La joven Inerte.
Después volvió a Darian.
—No.
La mandíbula de Darian se tensó.
—¿Por qué no lo entiendes?
Daniel no respondió.
—Has perdido.
Darian avanzó medio paso.
—Acepta tu posición.
Daniel levantó ligeramente la cabeza.
Darian atacó.
El golpe lo derribó.
Daniel quedó tendido de lado.
No se movió.
Un segundo.
Dos.
Tres.
Lina gritó su nombre.
Darian esperó.
Entonces Daniel movió una mano.
Darian abrió ligeramente los ojos.
—No...
Daniel apoyó la palma en el suelo.
Intentó levantarse.
El brazo cedió.
Cayó.
Volvió a colocar la mano.
Lo intentó otra vez.
Una rodilla.
Nada más.
La tercera.

Armando levantó la cabeza.
Clara dejó de respirar.
Daniel intentó empujar su propio cuerpo.
No respondió.
Volvió a intentarlo.
Nada.
El brazo temblaba.
Las fuerzas estaban desapareciendo.
Darian permaneció delante de él.
Por primera vez no había desprecio en su expresión.
Había frustración.
Daniel volvió a intentarlo.
El cuerpo cedió.
Darian apretó los dientes.
—Basta.
Daniel abrió los ojos.
La silueta de Darian empezaba a convertirse en una mancha.
Intentó incorporarse una última vez.
No pudo.
La oscuridad comenzó a cerrar su campo de visión.
Darian se acercó.
Daniel movió los labios.
Darian frunció el ceño.
—¿Qué?
Daniel consiguió mirarlo.
Solo un instante.
—Discúlpate.
Sus dedos comenzaron a ceder.
Primero uno.
Después otro.
El brazo perdió fuerza.
La cabeza descendió lentamente.
Y finalmente...
el cuerpo dejó de responder.
Daniel perdió el conocimiento.
—Ahora.
La orden llegó por el comunicador.
Los agentes entraron desde ambos lados.
—¡SEGURIDAD!
—¡NADIE SE MUEVA!
Tres se interpusieron frente a Darian.
Otros corrieron hacia Daniel.
—¡Sanitarios!
Lina intentó entrar.
—¡Es mi hermano!
—Espere.
—¡DANIEL!
Dos sanitarios se arrodillaron junto a él.
—Respira.
—Pulso.
—Lo tengo.
—Preparad camilla.
Armando intentó incorporarse.
—Quieto.
Otro sanitario llegó hasta él.
—Estoy bien.
—No lo está.
—El otro...
—Ya lo están atendiendo.
Armando buscó a Darian.
Lo encontró rodeado por seguridad.
Darian no ofrecía resistencia.
Pero tampoco miraba a los agentes.
Seguía mirando a Daniel.
—Todo el mundo fuera del perímetro.
La orden se repitió por megafonía.
—El complejo exterior queda temporalmente desalojado.
—No permanezcan en la zona.
Los agentes comenzaron a mover a los curiosos.
Los teléfonos fueron bajando.
Las conversaciones regresaron.
Más bajas.
Más serias.
La joven Inerte permanecía a varios metros.
Seguía abrazando su carpeta.
Antes de marcharse miró hacia Daniel.
Después hacia Armando.
No dijo nada.
Se fue.
Clara intentó avanzar.
Un agente la detuvo.
—Por ahí, señorita.
—Necesito ir allí.
—No puede.
Clara señaló hacia los sanitarios.
—Lo conozco.
El agente miró a Daniel.
Después a ella.
—¿Es familiar?
Clara abrió la boca.
Se detuvo.
No.
No lo era.
Ni siquiera había hablado realmente con él.
Hasta aquella tarde no sabía cómo se llamaba.
Bajó lentamente la mano.
—No.
—Entonces tiene que salir de la zona.
Clara miró por encima del hombro del agente.
Los sanitarios colocaban a Daniel en una camilla.
—Solo quiero hablar con él.
—Ahora no puede.
La camilla comenzó a moverse.
Clara dio un pequeño paso.
El agente volvió a bloquearla.
Daniel desapareció detrás de unas puertas.
Otra vez.
Clara se quedó observándolas.
—Daniel...
Esta vez podía decir su nombre.
Pero él no estaba allí para escucharlo.
Lina consiguió acercarse cuando los sanitarios autorizaron su paso.
Caminó junto a la camilla.
Tomó la mano de Daniel.
No respondió.
Por un instante recordó algo insignificante.
Tan pequeño que no sabía por qué había regresado precisamente entonces.
Ella era niña.
Había tropezado.
Una rodilla raspada.
Daniel delante de ella.
Una mano extendida.
Vamos.
Siempre había sido así.
Él delante.
Ella agarrándose.
Lina apretó sus dedos.
Una corriente mínima recorrió el pasillo.
La contuvo.
Esta vez conscientemente.
Miró a su hermano.
Ya no.
No volvería a ser siempre Daniel.
Algún día...
sería ella.
Armando estaba sentado mientras un sanitario le limpiaba la sangre del rostro.
—Necesita que le revisemos el costado.
No respondió.
Miraba hacia el lugar donde Daniel había caído.
Una de las hojas de su expediente seguía sobre el pavimento.
Un agente se agachó para recogerla.
Armando alcanzó a verla.
RESERVA: 0
Sobre el cero había caído una pequeña gota de sangre.
La sangre de Daniel.
Armando se quedó mirándola.
Sus propias manos todavía estaban húmedas.
Agua.
Afinidad.
Algo con lo que defenderse.
Daniel no había tenido nada.
Y aquella sangre estaba sobre su cero.
Armando bajó la mirada.
Se mordió el labio.
Fuerte.
Hasta sentir dolor.
Cerró lentamente los puños.
Después levantó la cabeza.
Al otro lado, los agentes se llevaban a Darian.
Sus miradas se encontraron.
Armando no apartó la suya.

No sabía cuánto tendría que mejorar.
No sabía cuánto tiempo necesitaría.
Pero sabía que aquello no terminaba allí.
En la sala de control, el responsable de seguridad dejó el comunicador sobre la mesa.
—Podríamos haber intervenido antes.
—Sí.
La respuesta fue inmediata.
Eso hizo que finalmente mirara al hombre del traje.
—¿Y?
El hombre apagó una de las pantallas.
—Entonces no me está preguntando qué ocurrió.
Silencio.
—Me está preguntando por qué esperé.
El responsable permaneció callado.
—Sí.
El hombre recogió su carpeta.
—Aún no sé si hice lo correcto.
Aquello no era la respuesta que esperaba.
El hombre caminó hacia la puerta.
Se detuvo antes de salir.
—Pero quiero entender qué acabamos de ver.
La puerta se cerró tras él.
Darian salió por uno de los accesos laterales.
Un agente había tomado sus datos.
Otro le había dejado claro que recibiría una citación.
No le importaba.
Uno de los jóvenes de antes lo alcanzó.
—Darian.
No respondió.
El chico caminó junto a él.
—Lo has destrozado.
Silencio.
—No tenía nada.
—Ya lo sé.
—Entonces ¿qué problema hay?
Darian continuó andando.
El muchacho volvió a hablar.
—Al final se quedó en el suelo.
Darian se detuvo.
Silencio.
Recordó la primera vez.
Daniel levantándose.
La segunda.
Otra vez.
Y la tercera.
La mano contra el suelo.
El brazo cediendo.
Su cuerpo negándose a responder.
Y aun así...
intentándolo.
No para ganar.
No para demostrar que era fuerte.
Simplemente porque se negaba a aceptar el lugar que Darian le había asignado.
Darian apretó la mandíbula.
Se mordió el labio.
El joven lo observó.
—¿Darian?
No respondió.
Había ganado.
Daniel había acabado inconsciente.
Todos los que habían estado allí lo sabían.
Él también.
Entonces...
¿por qué le molestaba tanto?
Darian reanudó la marcha.
Después de unos metros habló.
Muy bajo.
—No lo entiende.
—¿Qué?
Darian siguió caminando.
—Su posición.
Silencio.
Otros pasos.
Volvió a morderse el labio.
Aquella última palabra regresó a su cabeza.
Discúlpate.
Darian se detuvo.
—Entonces...
El muchacho lo miró.
Darian no se giró.
—¿Por qué sigo pensando en él?
Continuó caminando.
Esta vez no volvió a mirar atrás.
CORTE A NEGRO.