Xenya esperó hasta verlos a todos.
Entonces se giró.
Las últimas chispas recorrieron sus dagas.
Y corrió.
Con ellos.
El motor volvió a rugir entre los árboles.
Más cerca.
Daniel corría detrás de Vega.
Las ramas golpeaban sus brazos. Las hojas húmedas cedían bajo las botas.
A su izquierda, Iskander avanzaba con el escudo pegado al cuerpo.
Alyra iba unos pasos detrás.
Xenya aparecía y desaparecía entre los troncos.
No estaba corriendo al máximo.
Daniel lo sabía porque todavía conseguía verla.
Eso no significaba que pudiera seguirla.
—¡Xenya!
La voz de Vega atravesó el bosque.
Xenya redujo.
Muy poco.
—¡Estoy aquí!
—Eso no es lo mismo que estar con nosotros.
Xenya miró por encima del hombro.
No contestó.
El motor volvió a sonar.
Después:
un golpe.
Metal contra algo duro.
Y silencio.
Todos frenaron.
Vega levantó una mano.
Daniel intentó controlar la respiración.
Nada.
Ni motor.
Ni voces.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó.
Vega escuchó unos segundos.
—El vehículo.
Alyra miró hacia delante.
—Ha parado.
Xenya dio un paso.
Vega extendió el brazo delante de ella.
—No.
—Puede haber alguien herido.
—Precisamente.
—Entonces tenemos que llegar.
—Tenemos que llegar vivos.
Xenya apretó las empuñaduras.
Durante un instante se quedaron mirándose.
Finalmente retrocedió medio paso.
—Vale.
Vega señaló hacia delante.
—Formación abierta. Nadie a más de diez metros.
Miró a Iskander.
—Centro.
Él levantó el escudo.
—Entendido.
—Alyra, con él.
Alyra asintió.
—Daniel, derecha.
Daniel desenvainó las dos hojas cortas.
—Sí.
Vega miró por último a Xenya.
Ella suspiró.
—Ya sé.
—No. Ese es el problema.
Xenya arqueó una ceja.
—Te quedas donde podamos verte.
—Eso va a ser aburridísimo.
—Intenta sobrevivir al aburrimiento.
Una sonrisa breve apareció en Xenya.
—Haré el esfuerzo.
Avanzaron despacio.
El bosque parecía distinto.
Daniel no habría sabido explicar por qué.
Tal vez porque los pájaros habían desaparecido.
Tal vez porque cada sonido llegaba solo.
Una rama.
Silencio.
Una hoja rozando otra.
Silencio.
Sus propios pasos.
Silencio.
Vega caminaba delante.
De vez en cuando levantaba ligeramente una mano.
Aeris respondía.
No con una ráfaga.
Solo con una corriente fina que recorría los árboles y hacía vibrar algunas hojas antes de desaparecer.
Xenya la observó dos veces antes de preguntar.
—¿Qué haces?
—Escuchar.
—Eso no parece escuchar.
—Con los oídos no siempre basta.
Otra corriente se deslizó entre las ramas.
Vega se detuvo.
Esperó.
Continuó.
Xenya miró a Daniel.
—Me ha respondido sin responderme.
Iskander murmuró:
—Es una habilidad de instructora.
Vega siguió caminando.
—Llevo catorce horas despierta. No esperéis poesía.
Alyra soltó una risa.
Pequeña.
Daniel la miró.
Ella lo descubrió.
—¿Qué?
—Nada.
—Pues deja de mirarme así.
Daniel levantó las manos.
Las dos hojas subieron con ellas.
—Lo intentaré.
Alyra negó.
Entonces se detuvo.
—Esperad.
Un surco profundo atravesaba el barro.
Iskander se acercó.
—Neumáticos.
Alyra se agachó.
Dos marcas negras.
Una de ellas se hundía más al final.
—Frenaron aquí.
Siguió la huella con la mirada.
El vehículo había girado bruscamente hacia la izquierda.
Daniel observó la dirección.
—La pista sigue por allí.
—Se salieron.
Vega se agachó junto a ella.
Había tierra removida.
Pequeñas marcas alrededor.
Alyra tocó una.
—También hay huellas.
—¿Cánidos? —preguntó Xenya.
—Sí.
Alyra recorrió las marcas con los ojos.
Entraban desde un lateral.
Desaparecían hacia el otro.
—Parece que cruzaron por aquí.
Vega la observó.
—¿Parece?
Alyra levantó la mirada.
—No estaba presente. Así que parece.
Vega asintió.
—Bien.
Xenya sonrió.
—Ahora sí era una prueba.
—No.
—Eso también diría alguien haciendo una prueba.
Encontraron la furgoneta pocos minutos después.
Estaba atravesada entre dos árboles.
El frontal derecho hundido.
Una puerta lateral abierta.
—¡A.E.E.! —gritó Vega—. ¡Responded!
Nada.
Daniel miró alrededor.
No veía sangre.
No sabía si aquello era tranquilizador.
—¡A.E.E.!
Una voz respondió desde detrás del vehículo.
—¡Aquí!
Dos personas aparecieron.
Uniformes operativos.
Una mujer mantenía el brazo izquierdo pegado al cuerpo.
El hombre llevaba un A.R.E. largo preparado.
—¿Cuántos sois? —preguntó Vega.
—Tres.
Daniel miró detrás de ellos.
—¿El tercero?
—Conductor.
Alyra e Iskander llegaron hasta la cabina.
El conductor estaba consciente.
Una línea de sangre descendía desde la frente.
—Estoy bien —dijo.
Alyra lo miró.
—Eso no lo decides tú.
Iskander soltó aire por la nariz.
Daniel pensó inmediatamente en Melisa.
Vega se acercó al operador.
—¿Qué ha pasado?
—Algo salió de los árboles.
—¿Lo visteis?
—No bien.
—¿Cánido?
El hombre tardó.
—Creo que sí.
Xenya examinó el frontal.
—¿Os salisteis al esquivarlo?
—No.
El operador señaló el lateral.
Tres marcas atravesaban la chapa.
Profundas.
Daniel se acercó.
Estaban altas.
Demasiado.
Iskander también las miró.
—Eso no parece de uno pequeño.
Xenya dejó de sonreír.
—La Alfa.
Vega observó las marcas.
—Puede ser.
—Era ella.
—Puede ser.
Xenya la miró.
Vega no cambió la expresión.
Alyra se había alejado.
Seguía el surco de los neumáticos hacia atrás.
Diez metros.
Quince.
Se agachó.
Daniel se acercó.
—¿Qué ves?
—Huellas.
Había varias.
Superpuestas.
Algunas profundas.
Otras apenas marcadas.
—Llegan desde allí.
Señaló hacia la derecha.
Después miró al lado contrario.
—Y continúan hacia allí.
Xenya apareció a su espalda.
—Perfecto. Nosotros vamos por el otro lado.
Alyra no respondió.
Vega se acercó.
—¿Qué piensas?
Alyra observó el terreno.
—Si realmente se movieron hacia el oeste, podemos desviarnos un poco al este y recuperar la pista más adelante.
El operador lesionado miró hacia esa dirección.
—Nos alejamos de E-47.
—Unos cientos de metros.
Alyra se incorporó.
—Pero evitamos volver por donde ha aparecido esto.
Vega estudió la zona.
Después asintió.
—Lo hacemos.
Alyra volvió a mirar las huellas.
No parecía completamente satisfecha.
Melisa respondió casi inmediatamente.
—E-47.
Daniel se llevó el comunicador al oído.
—Nosotros.
Ruido metálico.
Después:
—¿Estáis bien?
—Sí. Hemos encontrado al equipo de apoyo.
Daniel miró a los tres.
—Tienen heridos.
—¿Cuántos?
—Dos, creo. Una lesión en el hombro y el conductor se ha golpeado la cabeza.
—¿Está orientado?
Daniel miró al hombre.
—Sí.
—¿Ha perdido el conocimiento?
El conductor negó.
—No.
—¿Náuseas? ¿Visión doble?
Daniel transmitió las preguntas.
El hombre volvió a negar.
—Nada.
—Que no haga el héroe.
Daniel sonrió.
—Dice que no hagas el héroe.
—No estaba pensando hacerlo.
—Perfecto —respondió Melisa—. Empieza bien.
Daniel miró hacia la dirección de E-47.
—¿Serrano?
Hubo una pausa breve.
—Consciente.
—¿La pierna?
—Igual.
Daniel apretó el comunicador.
Melisa continuó:
—El técnico intenta mantener el enlace. Aquí no hemos vuelto a ver movimiento.
Alyra levantó la cabeza.
—¿Nada?
—Nada.
—¿Desde cuándo?
—Desde que salisteis.
Alyra miró otra vez las huellas.
—Vale.
—¿Qué ocurre?
—No lo sé todavía.
Se movieron siete.
El conductor podía andar.
La mujer lesionada avanzaba cerca del centro.
El tercer operador cubría la retaguardia.
Vega tomó la parte delantera.
Daniel notó inmediatamente el cambio.
Más personas.
Más ruido.
Más espacio que vigilar.
Alyra los llevó hacia el este.
Pasaron varios minutos sin encontrar nada.
Después apareció una depresión larga en el terreno.
Agua acumulada por la lluvia.
No era profunda.
Pero sí amplia.
Alyra se detuvo.
Extendió una mano.
La superficie vibró.
Una parte del agua se elevó.
No demasiada.
Solo suficiente.
Xenya observó cómo una cinta líquida recorría los extremos.
—Esa cara me gusta más.
—¿Qué cara?
—La de que se te ha ocurrido algo.
Alyra señaló el centro.
—Pasamos por aquí.
Iskander miró el barro.
—Nos ralentizará.
Alyra movió los dedos.
El agua se apartó parcialmente del paso central.
—Menos.
Iskander levantó una mano.
—Puedo congelarlo.
—Solo los lados.
Él la miró.
—¿Por qué?
—Si congelas todo les haces una carretera.
Iskander sonrió.
—Entendido.
Apoyó una mano en el borde.
El Éter respondió.
Escarcha.
Después hielo.
Solo en dos zonas estrechas.
—Heridos primero —ordenó Vega.
Xenya miró hacia los árboles.
—Esto parece demasiado fácil.
Alyra la fulminó con la mirada.
—Nunca digas eso.
Iskander levantó una mano.
—Estoy con ella.
El primer cánido apareció antes de que terminaran de cruzar.
No corrió.
Se limitó a mostrarse entre los troncos.
A unos cuarenta metros.
Daniel levantó ambas hojas.
Electricidad recorrió los brazos de Xenya.
Vega extendió una mano.
—Quietos.
Un segundo animal apareció al otro lado.
Iskander levantó el escudo.
Alyra observó el agua.
—Que entren.
Xenya giró hacia ella.
—Eso ha sonado bastante peor de lo que crees.
Alyra no apartó la vista de los animales.
—Si pisan los laterales perderán apoyo.
Iskander añadió:
—Y puedo inmovilizarles una pata.
Vega estudió los árboles.
—Solo reaccionamos si se acercan.
El primer cánido avanzó.
Cinco metros.
Diez.
Alyra esperó.
El animal aceleró.
—Ahora.
El agua cubrió el suelo delante de él.
Iskander cerró el puño.
Hielo.
El cánido frenó antes de pisarlo.
Cambió de dirección.
Daniel frunció el ceño.
El segundo hizo lo mismo.
—Lo han visto —dijo Daniel.
—Sí.
El primero volvió a probar.
Por el centro.
Daniel reaccionó.
Una hoja interceptó la mandíbula.
El golpe le sacudió los hombros.
La segunda encontró el costado.
El animal retrocedió.
Vega apenas movió el A.R.E.
Una ráfaga corta golpeó al cánido de lado.
No espectacular.
Exacta.
El animal rodó y desapareció entre los árboles.
Xenya dio un paso para seguirlo.
—No —dijo Vega.
Xenya frenó.
Volvió.
Alyra seguía observando el suelo.
—No van a volver a pisar ahí.
Iskander respiró.
—Eso era la idea.
Alyra negó.
—La idea era obligarlos a pisar donde quería.
Miró hacia el bosque.
—Ahora saben dónde no hacerlo.
No llegaron mucho más lejos.
Un gruñido apareció detrás.
Después otro delante.
Vega levantó el A.R.E.
—Círculo.
El grupo se cerró alrededor de los heridos.
Daniel derecha.
Xenya izquierda.
Iskander frente.
Vega retaguardia.
Alyra en el interior.
Los cánidos aparecieron progresivamente entre los árboles.
Daniel contó.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
El mismo número que habían visto alrededor de E-47.
Entonces algo se movió detrás de un tronco.
Daniel volvió a contar.
Cinco.
Frunció el ceño.
Contó otra vez.
—Hay otro.
Vega ya lo había visto.
Xenya dejó de mirar al animal que tenía delante.
—¿Cinco?
—No apartes la vista —ordenó Vega.
Xenya obedeció.
Alyra observó rápidamente las posiciones.
—Entonces no sabíamos cuántos eran.
Nadie respondió.
El primer impacto llegó sobre Iskander.
El escudo recibió el cuerpo del animal.
Las botas se hundieron varios centímetros.
—¡Estoy bien!
—Nadie te ha preguntado —dijo Xenya.
El cánido volvió.
Iskander congeló una pequeña franja bajo sus propios pies.
El segundo impacto fue peor.
Esta vez no retrocedió.
Pero el brazo le tembló.
Alyra lanzó agua hacia otro animal.
El cánido cambió inmediatamente.
La esquivó antes de que tocara el suelo.
Alyra se quedó quieta.
Otro avanzó hacia Daniel.
Bloqueó.
Mandíbula contra A.R.E.
Su hombro ardió.
Xenya apareció.
Una descarga corta.
El animal retrocedió.
Ella volvió inmediatamente a posición.
—Luego me felicitas.
Daniel apenas pudo responder.
—Luego.
Otro cánido amagó hacia Alyra.
Ella levantó la mano.
El animal cambió.
Alyra bajó lentamente los dedos.
Volvió a levantarlos.
El cánido volvió a corregir.
Entonces lo entendió.
—No están evitando el agua.
Daniel la miró.
—¿Qué?
Alyra siguió al animal con los ojos.
—Me están mirando a mí.
Xenya giró apenas la cabeza.
—Entonces deja de avisarles.
Alyra se quedó inmóvil.
Una respiración.
Dos.
Después bajó completamente la mano.
El agua cayó.
Daniel frunció el ceño.
—¿Qué haces?
—Nada.
—No parece el mejor—
—Daniel.
Se calló.
El primer cánido atacó a Iskander.
Él bloqueó.
El segundo amagó hacia Xenya.
Ella esperó.
Alyra no hizo nada.
Un tercero avanzó por el lateral derecho.
Daniel levantó ambas hojas.
El animal aceleró.
Cinco metros.
Cuatro.
Tres.
Alyra movió dos dedos.
El agua no apareció delante.
Surgió desde detrás.
Una cantidad pequeña golpeó una de las patas traseras.
No lo derribó.
Solo cambió su apoyo.
El cánido corrigió.
Hacia la izquierda.
—¡Iskander!
Él reaccionó.
El agua bajo aquella pata se congeló.
El animal resbaló.
Daniel entró.
Una hoja desvió la cabeza.
La otra golpeó el costado.
Xenya cruzó por detrás.
Electricidad.
Un impacto.
Y salió.
El cánido quedó tendido unos segundos.
Los demás frenaron.
Alyra no miró al que había caído.
Miraba al siguiente.
Daniel respiraba con fuerza.
—Eso sí estaba planeado.
Alyra negó.
—Solo el sitio.
Otro animal avanzó.
Ella esperó.
—No necesito saber exactamente qué va a hacer.
El cánido amagó.
Alyra movió el agua desde otro ángulo.
—Solo dónde quiero que termine.
Iskander sonrió detrás del escudo.
—Ahora sí.
A partir de entonces, Alyra dejó de intentar golpearlos.
Pequeñas cantidades.
En una piedra.
Una raíz.
Bajo una pata.
Nunca dos veces igual.
Vega lo entendió.
Aeris comenzó a acompañarla.
Una corriente desviaba apenas un salto.
El animal corregía.
Y Alyra aprovechaba esa corrección.
—Ahora.
Iskander congelaba.
—Izquierda.
Daniel cubría.
—Espera.
Xenya esperaba.
De verdad.
Y cuando Alyra señalaba:
—¡Ya!
Xenya entraba.
Un destello.
Dos dagas.
Electricidad.
Fuera otra vez.
Uno de los cánidos cargó contra Iskander.
El escudo tembló.
Él aguantó.
Otro golpe.
Esta vez soltó aire entre los dientes.
Alyra lo miró.
—Cambia de brazo.
—Puedo seguir.
—No he preguntado eso.
—Con este controlo mejor el hielo.
—Y dentro de cinco minutos quizá no controles los dedos.
Iskander abrió la mano detrás del escudo.
Le costó.
La cerró.
Volvió a abrirla.
Daniel lo vio.
Xenya también.
—Cambia —dijo ella.
Iskander la miró.
—¿También tú?
—Si te quedas sin brazo, tendré que cargar contigo.
—Qué preocupación tan conmovedora.
—Pesas demasiado.
Iskander soltó una pequeña risa.
Cambió el escudo de mano.
El movimiento fue torpe.
Alyra no dijo nada.
Solo se colocó un poco más cerca de él.
Los cánidos dejaron de entrar.
Uno retrocedió.
Después otro.
Nadie los siguió.
Vega mantuvo el A.R.E. preparado.
—No bajéis la guardia.
Xenya respiraba con la boca abierta.
La electricidad todavía recorría débilmente sus dagas.
Daniel observó cómo otro animal desaparecía entre los árboles.
—¿Por qué paran?
Alyra miró el lugar donde había estado.
—Porque no les está funcionando.
Iskander apoyó el escudo un instante en el suelo.
—Bien.
Alyra negó.
—No he dicho que sea bueno.
La radio crepitó.
—Daniel.
Melisa.
—Aquí.
—El técnico ha recuperado parte de las cámaras exteriores.
Daniel miró hacia Vega.
—¿Algo?
—No alrededor de la estación.
Alyra se acercó.
—¿Podéis ver la carretera?
—Un tramo.
—¿Movimiento?
Pausa.
—Espera.
Se escucharon teclas.
Después la voz del técnico, lejana.
—Dos señales.
Melisa volvió.
—Tenemos dos lecturas térmicas cerca de la pista sur.
Vega se acercó al comunicador.
—¿Dirección?
—No puedo asegurarlo. Se mueven entre los árboles.
Alyra miró hacia el bosque.
—¿Se acercan a vosotros?
—No puedo saberlo.
Alyra apretó los labios.
Vega dio la orden.
—Volvemos hacia E-47.
Xenya dio un paso.
Esta vez se detuvo sola.
Esperó.
Alyra volvió a mirar las huellas alrededor.
Había demasiadas.
Una marca cruzaba sobre otra.
Algunas parecían volver sobre el mismo terreno.
Se agachó.
—Espera.
Vega se giró.
Alyra recorrió una de las marcas con los dedos.
—Antes pensé que simplemente atravesaban esta zona.
Daniel se acercó.
—¿Y ahora?
—No lo sé.
Xenya frunció el ceño.
—Eso no ayuda mucho.
—Ya.
Alyra se levantó.
—Hay huellas en ambas direcciones. Algunas se pisan entre sí.
Iskander miró el suelo.
—¿Una ruta?
Alyra tardó.
—Puede ser.
Vega observó los árboles.
—¿O?
Alyra respiró.
—O llevan horas moviéndose por aquí y estoy intentando encontrar un patrón donde no lo hay.
No parecía cómoda admitiéndolo.
Vega asintió.
—Eso también es información.
Alyra miró una última vez las huellas.
—Sí.
Volvieron a moverse.
Los tres miembros de apoyo en el centro.
Vega delante.
Iskander cubriendo el lado más abierto.
Daniel y Xenya los laterales.
Alyra cambiaba de posición.
Observaba.
Durante casi un minuto no ocurrió nada.
Después apareció un cánido a la derecha.
No atacó.
Caminó paralelo a ellos.
Xenya lo siguió con la mirada.
—Está otra vez.
—¿El mismo? —preguntó Daniel.
—No sé.
El animal desapareció.
Otro apareció más adelante.
Después también se fue.
—Nos siguen —dijo Iskander.
Alyra negó ligeramente.
—O nosotros seguimos atravesando su zona.
Xenya la miró.
—Eso no es mejor.
—No pretendía serlo.
El comunicador crepitó.
—...aquí.
Daniel lo acercó.
—Melisa.
—El enlace está cayendo otra vez.
—¿Seguís sin movimiento?
Pausa.
—Un segundo.
Otro crujido.
—Ahora tengo una lectura.
Alyra frunció el ceño.
—¿Dónde?
—Norte.
—Eso está al otro lado de la estación.
—Sí.
—¿Y las del sur?
—Ya no las veo.
Xenya empezó a impacientarse.
—¿Entonces están yendo hacia E-47 o no?
—No puedo saberlo —respondió Melisa.
Alyra cerró los ojos un instante.
Huellas.
Animales.
Carretera.
Estación.
Cada vez que parecía aparecer una respuesta, algo cambiaba.
Abrió los ojos.
—No intentemos adivinarlo.
Xenya giró.
—¿Qué?
—Antes me equivoqué porque convertí una posibilidad en una certeza.
Miró a Vega.
—No sé si van a E-47.
Después señaló hacia la estación.
—Pero nosotros sí.
Vega asintió.
—Exacto.
Recuperaron parte de la pista.
Un cánido salió desde un desnivel.
Daniel apenas tuvo tiempo de levantar una hoja.
Aeris llegó antes.
Una corriente corta desplazó el salto.
El animal pasó junto a él.
Xenya giró.
No persiguió.
—Estoy aprendiendo.
Vega ni siquiera sonrió.
—Milagro.
Otro apareció detrás.
Iskander recibió el impacto.
El escudo bajó.
Su rodilla tocó el suelo.
—¡Iskander!
Él se levantó.
Demasiado rápido.
Daniel vio su cara.
Dolor.
Alyra también.
—Dame el brazo.
—Ahora no.
—No te lo estoy pidiendo.
—Después.
Alyra lo sostuvo con la mirada.
Otro gruñido.
—Después —repitió Iskander.
Ella aceptó.
El cánido volvió.
Iskander levantó el escudo con la otra mano.
Alyra extendió agua bajo una raíz.
El animal cambió.
Vega corrigió con aire.
Xenya entró.
Descarga.
Retrocedió.
El animal desapareció entre los árboles.
Vega miró alrededor.
—No están intentando quedarse.
Alyra siguió el punto por el que había huido.
—No.
—Entonces ¿qué hacen?
Alyra tardó.
—Prueban.
Xenya arqueó una ceja.
—Eso ya lo sabíamos.
—No me refiero a nosotros.
Alyra miró hacia el bosque.
—Prueban caminos. Distancias. Respuestas.
Vega la observó.
Alyra añadió:
—Creo.
Vega asintió.
—Me sirve.
Daniel miró el lugar por el que el animal había desaparecido.
Cada vez que algo dejaba de funcionar, cambiaban.
El bosque volvió a quedar en silencio.
Iskander respiró hondo.
—No me gusta cuando desaparecen.
—A mí tampoco —dijo Daniel.
Xenya miró sus dagas.
—Pues a mí sí.
Todos la miraron.
—¿Qué?
Levantó una de las hojas.
—Cuando desaparecen no me están mordiendo.
Alyra soltó una risa involuntaria.
Xenya sonrió.
—Gracias.
—No era tan gracioso.
—Pero te has reído.
—Estoy cansada.
—También me sirve.
Durante unos segundos, la tensión cedió.
Entonces la radio explotó en estática.
—Daniel.
Melisa.
Daniel se llevó el comunicador al oído.
—Te escucho.
Su voz sonaba distinta.
Más rápida.
—Tenemos movimiento.
Vega se acercó.
—¿Cuánto?
—Dos.
Pausa.
—Tres.
Daniel apretó las empuñaduras.
—¿Dónde?
Un golpe metálico se escuchó al otro lado.
Melisa no respondió.
—Melisa.
Otro golpe.
Serrano gritó algo al fondo.
Después ella:
—En la valla.
Xenya se giró hacia la estación.
—Vamos.
Vega levantó una mano.
Xenya frenó.
No contenta.
Pero frenó.
—¿Estáis dentro? —preguntó Vega.
—Sí.
—¿Puerta asegurada?
—Sí.
Otro impacto.
—Por ahora.
Alyra miró hacia la dirección de E-47.
—¿Habéis visto desde dónde llegaron?
—No. Aparecieron en cámara cuando ya estaban cerca.
Xenya apretó las dagas.
—Tenemos que volver.
—Sí —dijo Alyra.
Xenya se quedó mirándola.
Alyra señaló hacia el este.
—Si seguimos recto llegaremos antes.
—Bien.
—También es el camino más cerrado.
Xenya cerró los ojos un instante.
—Alyra.
—Rodeamos esa elevación. Entramos por el lateral este.
—¿Cuánto?
—Treinta segundos.
—Veinte.
—Treinta.
Otro golpe metálico llegó por radio.
La electricidad aumentó alrededor de las manos de Xenya.
Daniel la observó.
Todo su cuerpo parecía pedirle que echara a correr.
Pero no lo hizo.
Vega estudió la elevación.
—Ganamos visibilidad.
Alyra asintió.
—Y no entramos a ciegas.
Xenya miró hacia E-47.
Después a Alyra.
—Veintinueve.
Iskander soltó una risa cansada.
—Qué negociadora.
Alyra lo miró.
Su brazo volvía a temblar.
—¿Puedes correr?
Iskander abrió la mano.
No completamente.
La cerró.
—Sí.
Alyra mantuvo la mirada.
—Eso no significa que estés bien.
—Nunca he dicho que lo esté.
Xenya levantó una ceja.
—Progreso.
Vega alzó el A.R.E.
Aeris recorrió la ruta lateral.
Las ramas se apartaron ligeramente.
—Nos movemos.
Daniel ajustó ambas hojas.
Xenya dio dos pasos.
Se detuvo.
Miró atrás.
Daniel.
Alyra.
Iskander.
Vega.
Los tres miembros del equipo de apoyo.
Esperó.
Alyra la observó.
—¿Qué?
Xenya levantó una daga.
—Tú has elegido el camino.
Alyra respiró.
Señaló hacia el este.
—Ahora.
Xenya arrancó.
Esta vez todos con ella.
En E-47, algo chocó contra la valla.
Melisa retrocedió.
El técnico permanecía frente a las pantallas.
—Otra vez.
—Lo veo.
Un segundo cánido apareció en otra cámara.
No corría.
Caminaba junto al perímetro.
Serrano intentó incorporarse.
La pierna falló.
Su mano golpeó el suelo.
—Mierda.
Melisa fue hacia él.
—No.
—Necesito ver la puerta.
—Desde el suelo también existe.
Serrano la ignoró.
Apoyó una mano en la pared.
Consiguió levantarse parcialmente.
Ignis apareció alrededor de su A.R.E.
Débil.
Inestable.
Pero presente.
Melisa miró la pierna.
—Como vuelvas a apoyar peso—
—Melisa.
Su tono la detuvo.
Serrano miraba una de las pantallas.
Un cánido se había detenido frente a la entrada.
No golpeaba.
No enseñaba los dientes.
Olfateaba.
Después levantó la cabeza.
—¿Qué hace? —preguntó el técnico.
Serrano no respondió.
La imagen de otra cámara parpadeó.
Una sombra pasó entre dos árboles.
Grande.
Melisa se quedó inmóvil.
—Serrano.
—Sí.
La cámara perdió la imagen.
Volvió.
Nada.
El cánido frente a la puerta se apartó.
No huyó.
Dejó espacio.
La vegetación se movió.
La Alfa salió de entre los árboles.
Despacio.
Serrano levantó el A.R.E.
Ignis aumentó alrededor de su brazo.
La pierna volvió a ceder.
Melisa lo sujetó antes de que golpeara el suelo.
La Alfa no corrió.
Se acercó al perímetro.
Se detuvo.
Olfateó el aire.
Miró al cánido situado frente a la entrada.
Después a la puerta.
Melisa apretó el comunicador.
—Daniel.
Estática.
La Alfa dio otro paso.
—Daniel.
—¡Melisa!
Ella no apartó la mirada de la cámara.
—Date prisa.
La Alfa dio un paso hacia la puerta.
CORTE A NEGRO.
FIN DEL EPISODIO 19 — CERCO