Oscuridad.
Un pitido agudo, constante.
Durante unos segundos no existe nada más.
Ni voces.
Ni imágenes.
Solo aquel sonido metiéndose dentro del cráneo.
Después aparecen luces blancas.
Borrosas.
Se mueven de un lado a otro.
Daniel abre los ojos a medias.
Todo es luz y ruido.
Voces que no entiende.
Pasos rápidos.
Metal chocando.
Alguien grita un nombre a lo lejos.
Una camilla pasa junto a él.
Daniel intenta incorporarse.
Un dolor seco le atraviesa la cabeza.
—Ah...
Vuelve a caer sobre la almohada.
Se lleva una mano a la sien.
Vendaje.
Nota también algo tirando de su brazo.
Un apósito.
Moretones.
Rasguños.
Una mano aparece y lo obliga a quedarse quieto.
—Quieto —dice una voz femenina, cansada, pero firme—. Has recibido un golpe fuerte en la cabeza. No te muevas.
Daniel parpadea varias veces.
El mundo tarda en enfocar.
—¿Dónde...?
—Estás a salvo.
Daniel mira alrededor.
Aquello no parece un hospital.
No hay habitaciones.
No hay puertas.
Solo un espacio enorme convertido a toda prisa en una zona de urgencias.
Camillas colocadas en filas.
Personas sentadas en el suelo.
Mantones y mantas.
Cajas de material médico abiertas.
Policías.
Militares.
Sanitarios corriendo de un lado a otro.
Una mujer llora mientras habla por teléfono.
Un hombre camina entre las camillas preguntando por alguien.
—¿Alguien ha visto a Marta?
Nadie responde.
—Por favor... ¿Marta Sánchez?
Daniel cierra los ojos.
Y los recuerdos vuelven.
El cielo rompiéndose.
El estruendo.
Cristales estallando.
Gente corriendo.
Polvo.
Clara atrapada.
La criatura.
El disparo.
El soldado.
Y después...
Nada.
Daniel abre los ojos de golpe.
—¡Mi hermana!
Intenta incorporarse otra vez.
La enfermera vuelve a detenerlo.
—Te he dicho que no te muevas.
—Mi móvil.
—¿Qué?
—Necesito mi móvil.
Daniel mira alrededor hasta encontrar sus cosas dentro de una pequeña bolsa transparente junto a la camilla.
La enfermera se la acerca.
—Despacio.
Daniel saca el teléfono.
La pantalla está agrietada en una esquina.
Pulsa el botón.
Nada.
Vuelve a pulsarlo.
Finalmente se ilumina.
Poca batería.
Sin cobertura.
Intenta llamar.
Nada.
Ni siquiera tono.
—Vamos...
Lo intenta otra vez.
Nada.
Daniel aprieta la mandíbula.
De pronto entran varias notificaciones atrasadas.
Una detrás de otra.
Mensajes.
Llamadas perdidas.
Mamá.
Papá.
Lina.
Daniel abre el chat de su hermana.
El último mensaje ocupa la pantalla.
Dani, ¿dónde estás? Mamá y papá te están buscando. No sabemos nada de ti. Por favor contéstame. Está pasando algo muy raro.
Daniel se queda inmóvil.
Lee el mensaje una vez.
Después otra.
Mira la hora a la que fue enviado.
Han pasado horas.
Escribe rápidamente, aunque le duele el brazo.
Lina, estoy bien. Diles a mamá y papá que...
Se detiene.
No sabe ni siquiera qué escribir después.
Que está bien.
Que casi lo mata algo que no debería existir.
Que volvió corriendo hacia un edificio que se estaba cayendo.
Que no sabe dónde está.
Pulsa enviar.
Nada.
Mensaje no enviado.
—Vamos...
Vuelve a pulsar.
Nada.
Aprieta el móvil con fuerza.
Los nudillos se le ponen blancos.
Ellos han escrito.
Lo están buscando.
Y él no puede decirles que está vivo.
El pitido continúa de fondo.
Constante.
Daniel respira lentamente.
Entonces recuerda.
Mira hacia las demás camillas.
—¿La chica?
La enfermera se gira.
—¿Qué chica?
—La que llegó conmigo.
—¿La morena?
—Sí.
La enfermera señala hacia otra fila.
—Está allí.
Daniel sigue la dirección de su mano.
Clara.
Duerme en una camilla a varios metros.
Tiene algunos arañazos en el rostro y un vendaje en el brazo.
Pero está allí.
Respirando.
Daniel no dice nada.
—Está estable —continúa la enfermera—. Tuvo suerte.
Daniel sigue mirándola.
—¿Estuvo despierta?
—Un rato.
La enfermera acomoda una bolsa junto a la camilla.
—Preguntó varias veces por ti.
Daniel aparta la mirada de Clara y mira a la enfermera.
—¿Por mí?
—Se quedó tranquila cuando le dijimos que estabas fuera de peligro.
La enfermera se marcha hacia otra camilla.
Daniel vuelve a mirar a Clara.
Durante unos segundos simplemente la observa dormir.
Después de todo el ruido, verla así resulta extraño.
Casi parece que nada hubiera ocurrido.
Daniel recuerda el edificio.
El polvo.
La criatura avanzando hacia ella.
Y aquel instante absurdo en el que pudo haber seguido corriendo.
Pudo haberse marchado.
No la conocía.
Ni siquiera sabía su nombre.
Pero volvió.
Clara respira profundamente y mueve ligeramente la cabeza sobre la almohada.
Daniel deja escapar el aire.
Había valido la pena.
Mira entonces los uniformes que se mueven por el pabellón.
Recuerda otra cosa.
Cuando la enfermera vuelve a pasar cerca, Daniel la llama.
—Perdona.
—¿Sí?
—El soldado que nos trajo.
Ella frunce el ceño.
—¿Qué soldado?
—Estaba con nosotros. Nos ayudó a salir.
La enfermera mira alrededor.
—No sabría decirte.
—¿No llegó con nosotros?
—Aquí han entrado cientos de personas desde esta mañana.
Daniel observa a los militares que cruzan el pabellón.
Uniformes.
Chalecos.
Cascos.
Rostros desconocidos.
Ninguno es él.
—Si averiguo algo, te lo digo —añade ella.
Daniel asiente.
—Gracias.
La enfermera se marcha.
Daniel vuelve a coger el móvil.
Una raya de cobertura aparece.
Inmediatamente intenta enviar el mensaje.
Desaparece.
Mensaje no enviado.
—Genial...
A unos metros, una mujer consigue finalmente comunicarse con alguien.
—Sí. Sí, estoy bien.
Empieza a llorar.
—Estoy bien. Díselo a papá.
Daniel la observa unos segundos.
Después mira nuevamente su teléfono.
Nada.
Las horas pasan sin forma.
La luz que entra desde el exterior cambia lentamente.
Algunas caras desaparecen.
Llegan otras.
Una camilla vacía ocupa durante unos minutos el espacio frente a Daniel.
Después llega otro herido.
En una televisión colocada sobre una mesa aparecen imágenes sin sonido.
Humo sobre Barcelona.
Calles bloqueadas.
Edificios dañados.
Ambulancias.
Un mapa de España.
Imágenes del cielo grabadas desde distintos teléfonos.
Daniel intenta leer los subtítulos desde lejos.
LAS AUTORIDADES PIDEN EVITAR LAS ZONAS AFECTADAS
La imagen cambia.
Otra ciudad.
Después otra.
Daniel frunce el ceño.
Un hombre sentado cerca de él habla con otro herido.
—Mi cuñado dice que ha caído algo también cerca de Zaragoza.
—No ha caído una sola cosa.
—¿Y tú qué sabes?
—Lo están diciendo en todas partes.
—En internet dicen muchas cosas.
Daniel vuelve a mirar la televisión.
Nadie parece saber qué está pasando.
Un sanitario cruza el pabellón.
Detrás de él, una bandeja metálica vibra durante un instante sobre una mesa.
Daniel gira la cabeza.
La bandeja se detiene.

Un voluntario pasa junto a ella sin darse cuenta.
Daniel la observa un segundo más.
Después vuelve a mirar el móvil.
Probablemente alguien había golpeado la mesa.
Un ruido hace que levante nuevamente la cabeza.
Clara se está moviendo.
Daniel la mira.
Ella abre lentamente los ojos.
Parpadea.
Observa el techo.
Después gira la cabeza.
Lo ve.
Durante un segundo parece necesitar recordar quién es.
Entonces lo recuerda.
—Hola —dice, con la voz débil.
Daniel sonríe ligeramente.
—Hola.
Clara intenta incorporarse.
Una mueca de dolor aparece inmediatamente en su rostro.
—No lo hagas.
Ella vuelve a apoyarse.
—Buen consejo.
—Lo aprendí hace un rato.
Clara deja escapar una pequeña risa.
Se lleva una mano al costado.
—No me hagas reír.
—No estaba intentando ser gracioso.
Clara lo mira.
—Eso es peor.
Daniel sonríe.
Por primera vez desde que despertó, durante unos segundos el ruido del pabellón parece quedar lejos.
Clara mira el vendaje de su cabeza.
—Pensé que no ibas a despertarte.
Daniel baja un poco la mirada.
—Yo también.
Silencio.
Clara observa alrededor.
—¿Sabes qué ha pasado?
Daniel mira la televisión.
—No.
—Genial.
—Parece que nadie lo sabe.
Clara se queda callada.
Después lo mira otra vez.
—Volviste.
Daniel tarda un instante en responder.
—Sí.
—Podías haberte ido.
Daniel sabe exactamente de qué está hablando.
Mira hacia otro lado.
—Tú tampoco podías quedarte allí.
Clara lo observa unos segundos.
—Gracias.
Daniel vuelve a mirarla.
No sabe muy bien qué contestar.
—De nada.
Un sanitario pasa entre las dos camillas y rompe el momento.
—Necesito que despejemos este pasillo.
Clara vuelve a apoyar la cabeza.
Daniel mira su móvil.
Después a ella.
Por alguna razón piensa en preguntarle algo.
Su nombre.
Dónde vive.
Cualquier cosa.
Pero una voz llama a la enfermera desde el otro extremo.
Otra camilla entra rápidamente.
El momento desaparece.
Más tarde, un grito atraviesa el pabellón.
—¡Ayuda!
Varios sanitarios corren.
Una cortina se cierra de golpe alrededor de una camilla.
Daniel no puede ver qué ocurre.
Solo escucha.
—Sujétalo.
—Estoy intentando...
—¡Cuidado!
Algo cae al suelo.
Un golpe seco.
Después silencio.
Las personas cercanas miran hacia allí.
Una mujer susurra:
—¿Qué ha pasado?
Nadie responde.
Daniel mira a Clara.
Ella también está observando.
—Cada vez pasan cosas más raras —murmura.
Daniel vuelve la vista hacia la cortina.
—Sí.
Al cabo de unos minutos, dos sanitarios salen.
No dicen nada.
Uno de ellos parece confundido.
Daniel lo sigue con la mirada.
Entonces nota una vibración leve en el móvil.
Mira rápidamente.
Cobertura.
Una raya.
Dos.
Abre el chat de Lina.
Pulsa enviar.
El mensaje intenta salir.
Daniel contiene la respiración.
La cobertura desaparece.
Mensaje no enviado.
Golpea suavemente la cabeza contra la almohada.
—Vamos...
—¿Tu familia? —pregunta Clara desde su camilla.
Daniel la mira.
—Mi hermana. Mis padres.
—¿No sabes nada?
—Me escribieron. Están buscándome.
Clara asiente lentamente.
—Entonces saben que estás vivo.
—No. El mensaje llegó antes.
Clara entiende.
Daniel mira otra vez la pantalla.
—No puedo decirles nada.
Ella guarda silencio unos segundos.
—Lo conseguirás.
Daniel la mira.
No hay ninguna razón para que ella pueda saberlo.
Pero agradece escucharlo.
—Sí.
Guarda el móvil.
—Lo conseguiré.
Pasa más tiempo.
Daniel empieza a distinguir ciertos sonidos.
El pitido de los monitores.
Las ruedas de las camillas.
Las radios de los militares.
Las llamadas de los familiares.
De vez en cuando escucha palabras sueltas.
«Impacto».
«Evacuación».
«Zona restringida».
«Otro incidente».
Esa última empieza a repetirse demasiado.
Daniel levanta la cabeza cuando escucha una radio cercana.
—...repito, necesitamos personal en el sector tres.
Estática.
—Recibido.
Otra voz se cuela durante un instante.
—...comportamiento anómalo...
La comunicación se corta.
Daniel frunce el ceño.
Un militar baja el volumen de la radio y continúa andando.
Poco después se acercan dos sanitarios a Daniel.
—Vamos a trasladarte.
Daniel mira al primero.
—¿A dónde?
—Necesitan hacerte más pruebas. Perdiste el conocimiento durante bastante tiempo.
Daniel mira hacia Clara.
—¿Ahora?
—Ahora.
Desbloquean las ruedas de su camilla.
Daniel coge el móvil.
Empiezan a moverlo.
Mientras avanza, gira la cabeza.
Clara tiene los ojos cerrados.
Daniel sigue mirándola.
La camilla avanza.
Entonces Clara abre los ojos.
Lo ve alejándose.
Mira a los sanitarios.
Después a Daniel.
Parece que va a decir algo.
Daniel también.
Pero ninguno llega a hacerlo.
Daniel simplemente sonríe.
Una sonrisa pequeña.
Cansada.
Clara responde con otra.
Durante unos segundos mantienen la mirada.

Después una persona cruza entre ambos.
Cuando Daniel vuelve a verla, ya está más lejos.
Las puertas del pabellón empiezan a cerrarse.
Clara todavía lo está mirando.
Daniel levanta ligeramente una mano.
Ella hace lo mismo.
Las puertas se cierran.
Daniel permanece mirando hacia ellas unos segundos.
Ni siquiera sabe cómo se llama.
Los sanitarios siguen empujando la camilla.
El pasillo está lleno de gente.
Enfermeros.
Militares.
Heridos.
Daniel mira al techo.
El pitido parece haber desaparecido por fin.
Entonces escucha un grito.
—¡No puedo respirar!
Los sanitarios que llevan a Daniel se detienen.
Un paciente se agita sobre una camilla cercana.
—¡No puedo respirar!
Dos enfermeros intentan sujetarlo.
—Tranquilo.
—¡No puedo...!
Los monitores empiezan a pitar de forma irregular.
Daniel gira la cabeza.
Durante un segundo ocurre algo extraño.
El aire alrededor del cuerpo del hombre parece ondular.
Como calor sobre el asfalto.
Daniel parpadea.
Sigue allí.
La sábana sobre el paciente se mueve aunque nadie la está tocando.
Una enfermera retrocede.
Y de pronto todo desaparece.
El aire vuelve a estar quieto.
Los monitores continúan pitando.
Alguien, detrás de Daniel, susurra:
—¿Has visto eso?
Nadie responde.
Un militar levanta su radio.
—Central, tenemos otro.
Silencio.
Daniel mira alrededor.
Nadie entiende.
Él tampoco.
CORTE A NEGRO.