La Alfa dio un paso hacia la puerta.
Melisa no apartó la mirada de la cámara.
—Date prisa.
La comunicación se cortó.
—¡Melisa!
Daniel siguió corriendo.
Nada.
Solo estática.
—¡Melisa!
Vega levantó una mano.
—Guarda aire.
Daniel bajó el comunicador.
Xenya iba delante.
Veintinueve segundos.
Había dicho veintinueve.
Daniel no sabía cuánto llevaban.
Solo sabía que Xenya todavía no se había separado.
La electricidad recorría sus dagas en pequeñas descargas.
Alyra corría detrás de ella.
Iskander, a su lado.
Daniel lo miró.
Su brazo derecho ya no acompañaba correctamente el movimiento del cuerpo.
—¿Cómo vas?
—Corriendo.
—No te he preguntado eso.
Iskander lo miró.
—Se te está pegando Alyra.
—Eso es grave.
—Muchísimo.
Daniel sonrió.
Iskander también.
Duró un segundo.
Un gruñido apareció a su izquierda.
—¡Contacto! —gritó Vega.
Un cánido salió entre los árboles.
Xenya giró.
Alyra levantó una mano.
—¡No pares!
Agua.
No delante del animal.
Detrás de su pata.
El apoyo cambió.
Xenya entendió.
Entró.
Una daga golpeó el costado.
La segunda descargó.
El animal cayó de lado.
Xenya siguió corriendo.
No comprobó si se levantaba.
Vega la miró.
—Bien.
Xenya tardó un segundo en darse cuenta.
—¿Eso era un cumplido?
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Otro gruñido.
Más lejos.
Vega miró hacia los miembros del equipo de apoyo.
—¡Seguid!
Daniel volvió la vista hacia delante.
Entre los árboles empezaba a distinguirse la estructura de E-47.
—La veo.
Xenya aceleró.
—¡Xenya!
Ella frenó el impulso.
No la carrera.
—¡Sigo aquí!
El golpe contra la puerta hizo vibrar la pared.
Melisa retrocedió.
El técnico miró la pantalla.
—La valla norte ha cedido.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—Pues averígualo.
Serrano estaba sentado contra la pared.
El A.R.E. entre las manos.
Ignis aparecía y desaparecía alrededor del arma.
—Melisa.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—Respira.
Melisa abrió la boca.
Se dio cuenta de que llevaba varios segundos conteniendo el aire.
Lo soltó.
—Estoy respirando.
—Fatal, pero sí.
Otro impacto.
Esta vez no fue contra la puerta.
Metal.
Más lejos.
Melisa miró las cámaras.
Un cánido cruzó el perímetro.
Después desapareció del ángulo.
—¿Dónde está la cámara cuatro?
—Caída.
—¿Cinco?
—Interferencia.
—¿Seis?
El técnico cambió.
Imagen.
Vacía.
—Funciona.
Melisa se acercó.
—Déjala.
—Pero no hay nada.
—Precisamente.
El técnico la miró.
—No entiendo.
—Yo tampoco.
Melisa señaló la pantalla.
—Por eso la quiero.
Otro golpe.
Serrano intentó levantarse.
Melisa giró inmediatamente.
—Ni se te ocurra.
—Si entran...
—Si vuelves a caerte, voy a tener dos problemas.
—Ya tienes dos problemas.
—Entonces no me des un tercero.
Serrano la miró.
Por primera vez, sonrió.
Muy poco.
—Entendido.
Melisa volvió a las pantallas.
Cámara seis.
Nada.
Cinco.
Nada.
Tres.
Un cánido.
Dos.
La Alfa.
Melisa se quedó quieta.
No estaba atacando.
Caminaba junto al perímetro.
Despacio.
Desapareció.
Melisa cambió de cámara.
Nada.
Otra.
Nada.
—¿Dónde está?
El técnico buscó.
—No la veo.
Melisa tampoco.
Y eso le gustó todavía menos.
—¡Abajo!
Vega lanzó el brazo.
Aeris atravesó el bosque.
Una rama gruesa cambió de trayectoria antes de caer sobre la mujer lesionada.
Daniel la sujetó por el brazo sano.
—Sigue.
—Puedo sola.
—Perfecto.
La soltó.
—Entonces sigue.
La mujer lo miró.
Después corrió.
Iskander soltó una risa entre respiraciones.
—Muy delicado.
—Está funcionando.
—Eso es lo peor.
La estación estaba cerca.
Mucho.
Xenya señaló.
—¡Valla!
Daniel la vio.
Una sección estaba doblada hacia dentro.
—Han entrado.
Vega levantó el A.R.E.
—No sabemos cuántos.
Alyra miró el terreno.
—Ni dónde.
Xenya apretó las dagas.
—Pues los encontramos.
—No —dijo Vega.
Xenya giró.
—Ellos nos encontrarán a nosotros.
Silencio.
Iskander ajustó el escudo.
Su mano falló al cerrar la correa.
Una vez.
Dos.
Alyra lo vio.
Se acercó.
—Dame eso.
—Puedo.
La hebilla volvió a escapar de sus dedos.
Iskander se quedó mirándolos.
Alyra no dijo nada.
Extendió la mano.
Esta vez él le entregó la correa.
Alyra la ajustó.
Fuerte.
—¿Demasiado?
Iskander movió el brazo.
—No.
—¿Lo notas?
Él tardó.
—Sí.
Alyra levantó los ojos.
Iskander añadió:
—Lo suficiente.
Ella no pareció satisfecha.
—Cuando esto termine...
—Cuando termine puedes gritarme.
—No iba a gritarte.
—Eso da más miedo.
Xenya miró hacia atrás.
—¿Venís?
Alyra se levantó.
—Sí.
Iskander alzó el escudo.
—Vamos.
La puerta de E-47 volvió a temblar.
Melisa observó las pantallas.
—No.
El técnico giró.
—¿Qué?
Melisa señaló la cámara dos.
El cánido había vuelto.
Se acercaba a la puerta.
—Esa no es la Alfa.
—Ya.
Melisa cambió a la seis.
Vacía.
Otra vez a la dos.
El animal avanzaba.
—Serrano.
—Lo veo.
—No te hablo de ese.
Melisa volvió a la seis.
Nada.
—La Alfa ha desaparecido.
Serrano endureció la expresión.
—¿Hace cuánto?
—Treinta segundos. Quizá más.
—¿La has visto salir del perímetro?
—No.
El técnico revisó las demás cámaras.
—Puedo intentar recuperar la cuatro.
—Hazlo.
Las luces parpadearon.
El técnico miró la consola.
—Otra caída de tensión.
Melisa levantó la vista.
—¿Otra?
—La estación lleva dándolas desde antes de que llegarais.
Otro parpadeo.
—¿Qué pasa si cae la principal?
—Entramos en batería.
—¿Cierres?
—Se mantienen.
—¿Cuánto?
—Depende del consumo.
Melisa miró las luces.
Después las cámaras.
—Entonces empieza a pensar qué podemos apagar.
Vega frenó.
Todos lo hicieron.
E-47 estaba delante.
A menos de cien metros.
Y entre ellos y la estación había tres cánidos.
Uno junto a la valla rota.
Dos separados.
No atacaban.
Xenya bajó el cuerpo.
Electricidad.
Alyra extendió una mano.
Agua de la vegetación húmeda comenzó a reunirse.
Iskander adelantó el escudo.
Daniel desenvainó la segunda hoja.
Vega miró a los tres miembros del equipo de apoyo.
—Cuando abramos espacio, vais directos a la entrada.
El operador negó.
—Podemos ayudar.
—Puedes ayudar obedeciendo.
El hombre apretó el A.R.E.
No discutió.
Daniel observó la estación.
—Melisa está dentro.
—Lo sé —respondió Vega.
Xenya miró a los animales.
—Tres.
Alyra recorrió el perímetro.
—Que veamos.
Xenya la miró.
Alyra no apartó los ojos de los árboles.
—Que veamos tres.
Vega asintió.
—Bien.
Daniel apretó ambas empuñaduras.
—¿Plan?
Vega señaló al cánido de la derecha.
—Abrimos ese lado.
Alyra negó.
—Nos está esperando.
Vega la miró.
Alyra señaló el izquierdo.
—Ese tiene menos espacio para retroceder.
—También nosotros.
—Por eso.
Vega entendió.
—Iskander.
Él adelantó un paso.
—Sí.
—Abres.
Iskander miró el cánido.
Después su escudo.
—Vale.
Daniel notó que había dejado de bromear.
El animal cargó.
Iskander no se movió.
Diez metros.
Ocho.
Seis.
Alyra preparó agua.
Xenya esperó.
Daniel esperó.
Cuatro.
Iskander bajó el centro de gravedad.
Tres.
Impacto.
El sonido del escudo atravesó el bosque.
Iskander retrocedió un paso.
Solo uno.
El cánido cayó hacia un lado.
—¡Ahora!
Alyra desplazó agua bajo el cuerpo.
Hielo.
Una pata quedó atrapada.
Xenya entró.
Electricidad.
El animal se revolvió.
Daniel pasó junto a ella.
Una hoja.
Después la otra.
No buscó matar.
Buscó espacio.
—¡Pasad!
Los tres miembros del equipo de apoyo corrieron.
Segundo cánido.
Vega.
Aeris golpeó desde un lateral.
El salto cambió.
El operador herido pasó debajo.
Tercero.
Directo hacia Alyra.
Daniel giró.
Demasiado lejos.
Xenya también.
Iskander estaba más cerca.
Él lo vio.
Giró el cuerpo.
Levantó el escudo.
El brazo que ya estaba fallando.
—¡Iskander!
Impacto.
El escudo golpeó contra su propio pecho.
Iskander cayó de espalda.
El cánido aterrizó.
Se giró hacia él.
Iskander intentó levantar el escudo.
Su brazo no respondió.
Alyra extendió ambas manos.
Agua.
El animal cambió el apoyo.
Vega reaccionó.
Aeris explotó entre ambos.
El cánido salió despedido.
—¡Arriba!
Daniel llegó hasta Iskander.
Extendió una mano.
Iskander la agarró.
Daniel tiró.
Iskander se puso de pie.
—¿Brazo?
—Sigue ahí.
—Eso no responde a...
—Luego.
Daniel iba a insistir.
Iskander recogió el escudo con la otra mano.
—Luego.
Llegaron a la puerta.
—¡Melisa!
Daniel golpeó.
—¡Melisa!
El cierre se abrió.
La puerta apenas había empezado a moverse cuando una mano apareció.
Melisa.
—¡Dentro!
Entraron.
Uno.
Dos.
Tres.
Alyra.
Xenya.
Iskander.
Daniel.
Vega fue la última.
La puerta se cerró.
Un golpe llegó desde fuera casi inmediatamente.
Todos retrocedieron.
Xenya levantó las dagas.
—Eso ha sido cerca.
Melisa miró al grupo.
Sus ojos pasaron por cada uno.
Daniel.
Xenya.
Alyra.
Iskander.
Se detuvieron.
—¿Qué te ha pasado?
Iskander miró el brazo.
—Nada.
Alyra respondió por él.
—No siente bien la mano.
Melisa caminó directamente hacia él.
—Siéntate.
—Estoy bien.
—Me da igual.
—Melisa...
—Siéntate.
Iskander miró a Daniel.
Daniel levantó las manos.
—Yo lo haría.
Xenya asintió.
—Yo también.
Iskander miró a Alyra.
Ella señaló el suelo.
—Siéntate.
Iskander suspiró.
—Qué equipo tan solidario.
Se sentó.
Melisa tomó su mano.
—Aprieta.
Él lo hizo.
—Otra vez.
Iskander apretó.
Menos.
Melisa levantó la vista.
—¿Dolor?
—Sí.
—¿Hormigueo?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
Iskander no respondió.
Alyra sí.
—Desde antes.
Iskander protestó:
—Gracias.
Alyra no apartó la mirada de Melisa.
—Ha recibido demasiados impactos.
Melisa examinó el antebrazo.
—No vuelves a usar este brazo.
Iskander soltó una risa.
—Claro.
Melisa lo miró.
—No era una sugerencia.
Un golpe sacudió la puerta.
Todos giraron.
Iskander empezó a levantarse.
Melisa lo empujó otra vez hacia abajo.
—He dicho que no.
—Y yo he oído el golpe.
—También yo.
—Entonces...
—Tienes otro brazo.
Iskander se detuvo.
Melisa señaló el escudo.
—Si vas a hacer una estupidez, hazla con ese.
Xenya sonrió.
—Me cae bien cuando se enfada.
—Cállate.
—Muchísimo.
Serrano estaba junto a la pared.
Daniel se acercó.
—¿Cómo estás?
—Fantástico.
Daniel miró su pierna.
—Ya.
Serrano levantó el A.R.E.
—Todavía puedo usar esto.
Ignis apareció alrededor del arma.
Más débil que antes.
Pero estable.
—No necesito correr para quemar algo.
Vega se agachó junto a él.
—No vas a salir.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—Pensaba disparar desde aquí.
Vega lo miró.
—Eso sí.
Melisa volvió a las pantallas.
—Tenemos otro problema.
Xenya se acercó.
—¿Solo uno?
—La alimentación está cayendo.
El técnico añadió:
—Y cada vez tarda más en recuperar.
Daniel miró las luces.
—¿Cuánto puede aguantar?
—No lo sé hasta que entre la batería.
Melisa señaló las pantallas.
—Apaga todo lo que no necesitemos.
El técnico comenzó.
Una pantalla.
Otra.
Luces secundarias.
Parte de la sala quedó a oscuras.
Xenya miró alrededor.
—Esto cada vez parece más acogedor.
Alyra observó las cámaras restantes.
—¿Dónde está la Alfa?
Melisa negó.
—No lo sé.
Silencio.
Xenya dejó de sonreír.
—¿Cómo que no lo sabes?
—La perdí antes de que llegarais.
Daniel miró las pantallas.
—¿Ha entrado?
—No la he visto entrar.
—¿Ha salido?
—Tampoco.
Alyra se acercó.
Cámara uno.
Puerta.
Dos cánidos.
Cámara tres.
Valla.
Uno.
Cámara seis.
Nada.
El técnico tocó la consola.
Una alarma apareció.
ALIMENTACIÓN PRINCIPAL INESTABLE.
—Eso no me gusta —dijo Xenya.
—A nadie —respondió Melisa.
La luz parpadeó.
Una vez.
Dos.
La consola emitió un pitido.
Después:
oscuridad.
Un segundo.
Dos.
Las luces de emergencia se encendieron.
Rojas.
El técnico corrió hacia la consola.
—Principal fuera.
Melisa se acercó.
—¿Daños?
—No puedo saberlo desde aquí. Puede ser la línea, el generador, alguna conexión exterior... ya estaba fallando.
—¿Batería?
El técnico revisó.
—Veintiséis minutos con los sistemas actuales.
—Menos si usamos puertas.
—Sí.
Melisa señaló las cámaras.
—Deja una.
—¿Cuál?
Melisa miró las imágenes.
La puerta principal.
Dos cánidos.
—Esa.
El resto se apagó.
Xenya observó la única pantalla.
—Pues salimos antes.
Serrano negó.
—Con heridos.
—Salimos y nos esperan.
—Nos quedamos y entran.
—Entonces dime cuál te gusta.
—Ninguna.
—Perfecto. Estamos de acuerdo.
Vega intervino.
—Basta.
Todos callaron.
Vega miró la sala.
Los heridos.
Serrano.
Iskander.
Los tres miembros del apoyo.
El técnico.
Los aspirantes.
—Necesitamos una ruta.
Melisa ya estaba mirando el plano.
—Estoy en ello.
Extendió el mapa sobre una mesa.
Daniel se acercó.
—Carretera principal descartada.
—¿Por qué?
Melisa señaló.
—Es donde debería entrar cualquier segundo vehículo de apoyo.
—Eso suena bien.
—También es donde más ruido habrá.
Daniel entendió.
Alyra se acercó.
—Y donde ya vimos lecturas.
Melisa señaló otro camino.
—Norte.
El técnico negó.
—Barranco.
—¿Profundidad?
—Ocho metros en algunos puntos.
Xenya levantó una ceja.
—Descartado.
—No —dijo Alyra.
Todos la miraron.
Alyra estudió el mapa.
—¿Agua abajo?
El técnico pensó.
—Un cauce pequeño.
Iskander se acercó.
—¿Cuánto?
—No sé.
Melisa miró a Alyra.
Ella estaba calculando.
—No para cruzar el barranco.
Señaló una línea.
—Para seguirlo.
Daniel se inclinó.
El cauce rodeaba parte de la estación y desembocaba cerca de una vía de servicio.
Melisa siguió con el dedo.
—Aquí.
Alyra asintió.
—El terreno nos cubre.
Xenya añadió:
—Y si hay agua, ella puede usarla.
Iskander levantó el escudo.
—Nosotros.
Alyra lo miró.
Él corrigió:
—Tú.
—Mejor.
Melisa observó el trayecto.
—Hay un problema.
Daniel la miró.
—¿Cuál?
Melisa señaló el primer tramo.
—Para llegar al cauce tenemos que salir por mantenimiento.
Todos miraron hacia la puerta posterior.
Un ruido llegó desde el otro lado.
Algo rozó el metal.
Xenya apretó las dagas.
—Claro.
Un impacto golpeó la puerta posterior.
Todos se giraron.
Otro.
Una de las fijaciones crujió.
Serrano levantó el A.R.E.
Ignis.
Vega extendió una mano.
Aeris empezó a circular por la sala.
Xenya cargó electricidad.
Alyra reunió el agua de dos botellas abiertas y de una tubería dañada.
Daniel sacó ambas hojas.
Iskander se levantó.
Melisa lo vio.
—No.
Él colocó el escudo en el brazo sano.
—Este sí funciona.
—Iskander.
Otro golpe.
La puerta cedió un poco más.
Él caminó hacia ella.
Melisa lo agarró por el uniforme.
—Te he dicho que ese brazo no.
Iskander levantó el otro.
—No es ese.
—Sabes a qué me refiero.
Iskander miró la puerta.
Después a Melisa.
—Si entra algo por ahí, llega primero a vosotros.
—También estás tú.
—Exacto.
Se soltó con cuidado.
No con fuerza.
Melisa abrió la boca.
No encontró nada que decir.
Iskander se colocó frente a la puerta.
El escudo arriba.
Daniel dio un paso para ponerse junto a él.
Iskander negó.
—No.
Daniel frunció el ceño.
—No seas idiota.
—No lo soy.
Señaló con la cabeza.
—Tú cubres lo que pase.
—Puedo cubrirlo desde aquí.
—Daniel.
Otro golpe.
Iskander tragó saliva.
Daniel lo vio.
La respiración.
Los dedos del brazo sano cerrándose demasiado fuerte alrededor del escudo.
El miedo.
—Si eso entra y yo caigo, tú lo paras.
Daniel se quedó mirándolo.
Iskander intentó sonreír.
No le salió.
—Ese es el plan.
Daniel retrocedió medio paso.
No porque estuviera de acuerdo.
Porque entendió.
La puerta se hundió.
Una garra apareció por la abertura.
Xenya dio un paso.
—Espera —ordenó Vega.
La garra desapareció.
Otro impacto.
El hueco aumentó.
Un hocico.
Dientes.
Iskander levantó el escudo.
Daniel apretó las hojas.
Alyra mantuvo el agua suspendida.
Serrano apuntó desde el suelo.
Melisa miraba.
No al cánido.
A Iskander.
La puerta cedió.
El animal entró.
Impactó contra el escudo.
Iskander salió hacia atrás.
Un paso.
Dos.
Se detuvo.
—¡Ahora!
Alyra lanzó agua a las patas.
Hielo.
El cánido perdió apoyo.
Xenya entró por el lateral.
Electricidad.
El animal rugió.
Daniel golpeó.
Una hoja.
La segunda.
El cánido se revolvió.
Iskander empujó.
Lo devolvió hacia la abertura.
Serrano disparó.
Ignis atravesó el hueco.
El animal desapareció.
Silencio.
Iskander seguía con el escudo levantado.
—¿Se ha ido? —preguntó.
Daniel respiraba con fuerza.
—Sí.
Iskander no bajó el escudo.
—¿Seguro?
—Sí.
Nada.
—Iskander.
El escudo temblaba.
No por el impacto.
Por él.
Daniel se acercó.
—Ya está.
Iskander bajó lentamente el brazo.
Miró su propia mano.
Temblaba.
—Joder.
Alyra se acercó.
—Siéntate.
Iskander negó.
—No.
—Iskander.
Un gruñido llegó desde fuera.
Él volvió a levantar el escudo.
—No.
Alyra se quedó mirándolo.
Esta vez entendió que no era orgullo.
Era miedo.
Iskander no quería sentarse porque sabía que tendría que volver a levantarse.
Melisa miró el indicador.
BATERÍA: 21 MIN.
Después el plano.
Los heridos.
Serrano.
Iskander.
La salida.
Y algo encajó.
—Vega.
—¿Qué?
—No podemos salir todos a la vez.
Xenya giró.
—No vamos a dejar a nadie.
—No he dicho eso.
Melisa señaló la salida posterior.
—Si abrimos y corremos, los heridos nos frenan. Si defendemos aquí, perdemos batería.
Daniel se acercó.
—Entonces ¿qué propones?
Melisa miró la única cámara.
Dos cánidos frente a la entrada.
Después la salida posterior.
—Que miren al sitio equivocado.
Alyra entendió primero.
—La entrada principal.
Melisa asintió.
—Tenemos el vehículo de mantenimiento.
El técnico negó.
—No funciona.
—No necesito que funcione.
Todos la miraron.
Melisa señaló el sistema.
—¿Puedes activar la alarma exterior desde batería?
—Sí.
—¿Luces?
—Algunas.
—¿Puerta del garaje?
—Durante unos segundos.
Melisa miró a Vega.
—Hacemos ruido delante.
—Los atraemos.
—No sabemos si funcionará.
Alyra la miró.
Melisa asintió.
—No.
Una pausa.
—Pero tampoco necesito que todos vayan.
Señaló la pantalla.
—Solo necesito saber dónde están los que no lo hagan.
Daniel la observó.
Vega sonrió apenas.
—Hazlo.
El técnico preparó el sistema.
Melisa repartió posiciones.
—Los heridos salen primero.
Xenya abrió la boca.
—No.
Melisa la miró.
—¿Qué?
—Tú también.
—Xenya...
—Tú no tienes A.R.E. de combate.
Melisa levantó el módulo de su antebrazo.
—Tengo esto.
—Sabes a qué me refiero.
—Y yo sé lo que estoy haciendo.
Xenya la miró.
Melisa continuó:
—Necesito confirmar que todos cruzan el cauce. Si alguien cae, necesito estar allí.
—Podría ser yo.
—Precisamente.
Xenya cerró la boca.
Melisa señaló.
—Tú vas delante con Vega.
—No.
—Xenya.
—No.
Vega intervino.
—Sí.
Xenya la miró.
Vega señaló la ruta.
—Si algo aparece delante, eres la única que puede entrar y salir antes de que alcance a los heridos.
Xenya apretó la mandíbula.
Melisa añadió:
—Y esta vez no tienes que volver a por nosotros.
Xenya la miró.
—Vamos detrás.
Una chispa recorrió una de sus dagas.
—Más os vale.
El técnico levantó la mano.
—Preparado.
Melisa miró a todos.
—Cuando se abra, tenemos ocho segundos antes de que el cierre vuelva a consumir batería.
Serrano levantó el A.R.E.
—Yo cubro.
Vega negó.
—Vienes.
—No puedo correr.
—Entonces te llevamos.
Serrano iba a discutir.
Melisa señaló una camilla plegable.
—Por una vez, ya tengo la solución antes de que hables.
Daniel sonrió.
Serrano la miró.
—Empiezas a caerme mal.
—Perfecto.
Iskander se colocó junto a la salida.
Escudo arriba.
Melisa lo miró.
—Tú no vas último.
—Melisa.
—No.
—Puedo cubrir.
—Lo sé.
Iskander se quedó callado.
Melisa se acercó.
Bajó la voz.
—Precisamente por eso.
Él la miró.
—Llevas cubriendo desde que salimos.
Iskander intentó bromear.
—Es literalmente mi equipo.
Melisa no sonrió.
—Ya.
Una pausa.
—Ahora deja que alguien te cubra a ti.
Iskander bajó los ojos.
El escudo seguía temblando.
Muy poco.
Finalmente asintió.
—Vale.
—Ahora.
El técnico pulsó.
La alarma exterior explotó frente a E-47.
Luces.
Sirena.
La puerta principal del garaje comenzó a elevarse.
En la cámara, los dos cánidos giraron.
Uno corrió hacia el sonido.
El otro tardó.
Melisa lo señaló.
—Ese.
Vega miró.
El animal no avanzó.
Observaba.
—Lo veo.
—Esperamos.
Xenya miró el contador.
—Melisa.
—Espera.
El cánido dio dos pasos hacia la alarma.
Se detuvo.
Alyra susurró:
—No va a entrar.
Melisa miró la salida posterior.
Después la pantalla.
—No necesito que entre.
El animal estaba ahora de lado.
Mirando hacia el garaje.
—Ahora.
La salida de mantenimiento se abrió.
Xenya salió primero.
Vega detrás.
—¡Limpio!
Heridos.
Operador.
Técnico.
Serrano sobre la camilla.
Daniel y Alyra.
Iskander.
Melisa.
El cánido giró.
Xenya cargó electricidad.
El animal salió desde el lateral.
Todos miraron a Xenya.
Melisa no.
Miró la cabeza.
Las orejas.
Los ojos.
No estaban sobre Xenya.
Pasaban junto a ella.
Más atrás.
La camilla.
Serrano.
—¡XENYA, NO!
Xenya frenó.
—¡LA CAMILLA!
Daniel giró.
El cánido ya había acelerado.
—¡Serrano!
Daniel entró.
Dos hojas.
El primer impacto hizo vibrar ambos A.R.E.
El animal empujó.
Daniel retrocedió.
Un paso.
Dos.
La mandíbula pasó a centímetros de su cara.
Aeris golpeó desde el lateral.
Vega alteró la trayectoria.
Daniel salió despedido hacia el barro.
El cánido recuperó el apoyo.
Volvió a mirar la camilla.
Iskander apareció.
Escudo.
Impacto.
Esta vez aguantó.
—¡Ahora! —gritó Alyra.
Agua desde el cauce.
Golpeó las patas.
Xenya entró.
Descarga.
El animal retrocedió.
Serrano levantó el A.R.E. desde la camilla.
Ignis.
Una llamarada corta cruzó por encima de Iskander.
El cánido desapareció hacia los árboles.
Silencio.
Melisa llegó hasta Serrano.
—¿Te ha tocado?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
Melisa miró hacia Daniel.
Él estaba poniéndose de pie.
Después hacia Iskander.
Seguía detrás del escudo.
Xenya volvió junto a ellos.
Miró a Melisa.
—Yo pensaba que venía a por mí.
Melisa comprobó la camilla.
—Lo sé.
Xenya se quedó callada.
Un segundo.
Después:
—Gracias.
Melisa levantó la vista.
—Luego.
Otro gruñido llegó desde los árboles.
—Ahora nos vamos.
Daniel se acercó a Iskander.
—¿Cómo estás?
—No preguntes.
—Eso no suena bien.
—Estoy cambiando de estrategia.
Iskander intentó mover el hombro.
Se detuvo.
Dolor.
Melisa lo vio.
—No vuelves a recibir otro así.
Iskander soltó una risa.
—Se lo explicaré al siguiente.
—No estoy bromeando.
—Yo tampoco.
Melisa se colocó junto a él.
—Si empiezas a perder fuerza, me lo dices.
—Vale.
—Antes de caerte.
—Eso reduce bastante el margen.
Melisa lo miró.
Iskander levantó la mano sana.
—Vale.
Alyra recogió el extremo de la camilla.
—Tenemos que movernos.
Vega miró hacia el bosque.
—Ya.
Llegaron al cauce.
Había agua.
Poca.
Suficiente.
Alyra extendió una mano.
El agua se levantó alrededor de sus botas.
Xenya miró hacia atrás.
—Vienen.
Daniel oyó los gruñidos.
Vega también.
—¿Cuántos?
Xenya observó entre los árboles.
—No sé.
Alyra miró el cauce.
Después el terreno.
—Por aquí.
—¿Seguro? —preguntó Daniel.
Alyra lo miró.
Una pausa.
—No.
Daniel esperó.
Ella señaló el cauce.
—Pero es lo mejor que tengo.
Daniel asintió.
—Me sirve.
Alyra empezó a avanzar.
El cauce era estrecho.
La vegetación cubría parte del recorrido.
Xenya iba delante.
Vega con ella.
Alyra guiaba utilizando el agua.
Los heridos avanzaban en el centro.
Serrano detrás, en la camilla, todavía sujetando el A.R.E.
Daniel caminaba junto a Iskander.
Melisa al otro lado.
Los gruñidos seguían.
A veces a la derecha.
A veces detrás.
Nunca demasiado cerca.
Eso era peor.
Iskander tropezó.
Daniel lo sostuvo.
—Eh.
—Estoy bien.
Melisa lo miró.
Iskander corrigió inmediatamente.
—Estoy consciente.
—Mejor.
—Estoy aprendiendo.
—Milagro —dijo Vega desde delante.
Xenya giró.
—¡Eso era mío!
Por un instante alguien rio.
Daniel no supo quién.
Quizá varios.
Después:
una rama se partió.
Todos callaron.
Xenya levantó una daga.
Vega una mano.
Alyra detuvo el agua.
Silencio.
Daniel miró hacia los árboles.
Nada.
Entonces un gruñido respondió desde delante.
Xenya se quedó inmóvil.
Otro a la derecha.
Otro detrás.
Iskander levantó la cabeza.
Melisa se acercó un poco más a él.
Alyra miró el cauce.
Después los árboles.
—No.
Daniel la miró.
—¿Qué?
Alyra señaló delante.
Dos ojos aparecieron entre la vegetación.
Después otros a la derecha.
Vega giró lentamente.
Detrás.
Movimiento.
Xenya retrocedió un paso.
No por impulso.
Para acercarse al grupo.
Daniel desenvainó ambas hojas.
Iskander miró su escudo.
Lo levantó con el brazo sano.
Le costó.
Mucho.
Alyra lo vio.
—Iskander.
—Todavía puedo.
—No he dicho que no.
El agua alrededor de sus botas comenzó a elevarse.
Electricidad recorrió las dagas de Xenya.
Aeris movió las hojas alrededor de Vega.
Serrano levantó el A.R.E. desde la camilla.
Ignis.
Pequeño.
Pero todavía allí.
Melisa miró a todos.
Después el terreno.
El cauce.
Los heridos.
Las posiciones.
Buscó una salida.
A la izquierda.
Demasiado cerrado.
A la derecha.
Desnivel.
Atrás.
Movimiento.
Delante.
Otro cánido apareció.
Melisa volvió al mapa en su cabeza.
La vía de servicio.
La estación.
El barranco.
El cauce.
Nada.
Buscó otra vez.
Una salida.
Cualquiera.
No encontró ninguna.
—Vega...
Vega la miró.
Melisa tardó en hablar.
Eso bastó.
Vega entendió.
No había ruta.
Iskander también.
Miró a Melisa.
Después a los heridos.
Avanzó.
Un paso.
Se colocó delante.
Melisa lo agarró por el uniforme.
—No.
Iskander no se giró.
—No puedo correr como Xenya.
Levantó el escudo.
—No puedo mover el agua.
Alyra lo miró.
—Ni hacer eso.
Una corriente de Aeris recorría el brazo de Vega.
Iskander respiró.
—Pero esto sí.
Melisa apretó la tela de su uniforme.
—Estás lesionado.
—Sí.
—Te tiembla el brazo.
—Sí.
—Tienes miedo.
Iskander tardó un segundo.
—Muchísimo.
Melisa cerró los ojos.
Solo un instante.
Después soltó su uniforme.
Iskander avanzó otro paso.
El escudo temblaba.
Él también.
—No puedo aguantar muchos.
Silencio.
Otro cánido apareció entre los árboles.
Iskander tragó saliva.
—Así que intentad que no sean muchos.
Xenya apretó las dagas.
Alyra levantó el agua.
Vega tomó posición.
Daniel cerró ambas manos alrededor de sus A.R.E.
Melisa volvió a mirar el terreno.
Aunque ya sabía la respuesta.
No había salida.
Entonces:
algo grande se movió entre los árboles.
Los cánidos dejaron de avanzar.
Uno tras otro.
Como si esperaran.
Xenya dejó de respirar.
Vega levantó lentamente el A.R.E.
Daniel miró hacia la oscuridad entre los troncos.
Una silueta apareció.
Grande.
Conocida.
La Alfa.
Se detuvo al otro lado del cauce.
Iskander levantó un poco más el escudo.
El brazo casi no le respondió.
Pero lo levantó.
La Alfa recorrió al grupo con la mirada.
Se detuvo en Iskander.
En el escudo.
En el brazo que temblaba detrás de él.
Iskander respiró una vez.
Luego otra.
—Bueno...
Su voz salió más baja de lo que quería.
Apretó los dientes.
El escudo dejó de bajar.
—...pues aguanta.
CORTE A NEGRO.
FIN DEL EPISODIO 20 — AGUANTA