—Yo no estoy haciendo nada.
Daniel no respondió.
Miró los brotes.
Uno junto al árbol.
Otro cerca del sendero.
Otro varios metros más allá.
Pequeños.
Verdes.
Inofensivos.
Y completamente imposibles.
Flora dio un paso atrás.
—Daniel.
Él levantó una mano.
—Espera.
—¿Que espere qué?
—No lo sé.
—Otra vez no sabes nada.
—Últimamente me pasa mucho.
Flora no sonrió.
Daniel se acercó al brote más próximo.
Se agachó.
No lo tocó.
Era una planta diminuta.
Dos hojas acababan de abrirse sobre un tallo que unos segundos antes no existía.
Daniel miró hacia el lugar donde Flora había extendido la mano.
Los primeros brotes seguían allí.
Después miró el resto.
Había demasiada distancia entre ellos.
—Haz lo de antes.
Flora lo miró.
—¿Qué?
—Lo de la mano.
—No sé qué hice.
—Inténtalo.
—Daniel, te estoy diciendo que no sé cómo.
—Pues haz exactamente lo mismo.
Flora respiró profundamente.
Levantó una mano.
La observó.
Después la dirigió hacia una pequeña zona de tierra.
Nada.
Esperaron.
Nada.
Flora bajó la mano.
—¿Ves?
Daniel continuó mirando la tierra.
—Otra vez.
—¿Para qué?
—Porque antes ha funcionado.
—Eso no significa que pueda repetirlo.
—Precisamente quiero saber eso.
Flora lo miró.
—¿Desde cuándo eres científico?
—Desde hace aproximadamente treinta segundos.
—Estamos perdidos.
Daniel estuvo a punto de responder.
Algo se movió junto al zapato de Flora.
Los dos bajaron la mirada.
Una pequeña hoja estaba saliendo de una grieta entre dos baldosas.
Flora se quedó inmóvil.
Daniel también.
El tallo creció apenas unos centímetros.
Se detuvo.
Flora tenía la mano abajo.
—No he hecho nada.
Daniel miró su rostro.
Después la planta.
—Ya.
—Ni siquiera estaba pensando en eso.
Daniel se levantó.
Flora retrocedió otro paso.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
Daniel recorrió el parque con la mirada.
Seguía habiendo gente.
Menos de la que habría habido cualquier otro día.
Cerca de una de las entradas, dos agentes de policía hablaban junto a un vehículo estacionado.
Más allá, una pareja de militares cruzó el paseo cargando material hacia una zona acordonada.
Parte del parque permanecía cerrada con cinta.
En una calle cercana se veía otro vehículo militar.
Desde La Caída, aquella presencia había dejado de resultar extraña.
Policías.
Ambulancias.
Militares.
Protección Civil.
Estaban en estaciones, hospitales, plazas, cruces y alrededor de los edificios más afectados.
La ciudad intentaba seguir funcionando rodeada de uniformes.
Un hombre paseaba un perro.
Una pareja hablaba junto a una bicicleta.
Dos niños jugaban cerca de sus padres.
Parecía normal.
Pero solo desde lejos.
Daniel volvió a mirar los brotes.
Si alguno de los agentes se acercaba y veía aquello, no tenía ni idea de qué ocurriría.
—Deberíamos irnos —dijo.
Flora lo miró.
—¿Y si pasa otra vez?
Daniel dirigió discretamente la mirada hacia los policías.
—Mejor que no sea aquí.
Flora siguió su mirada.
Eso bastó.
Cogió sus cosas.
Empezaron a caminar.
Daniel miró hacia atrás.
Los brotes permanecían allí.
Quietos.
Como si siempre hubieran estado.
Caminaron durante unos minutos sin hablar.
Flora llevaba las manos metidas en los bolsillos.
Daniel lo notó.
No dijo nada.
Al llegar a una calle menos transitada, Flora rompió el silencio.
—¿Crees que soy yo?
Daniel tardó en responder.
—Creo que está pasando cuando estás tú.
—No es lo mismo.
—Ya.
—Entonces contesta.
Daniel la miró.
—Sí.
Flora bajó la vista.
—Creo que eres tú.
Ella dejó escapar el aire.
No parecía la respuesta que quería escuchar.
—Perfecto.
—Me has pedido que contestara.
—Podías haber mentido.
—También te habría molestado.
—Sí.
—Entonces estamos bien.
Flora lo miró.
—No estamos bien.
Daniel dejó de caminar.
Ella también.
Por primera vez desde que habían salido del parque, Flora sacó las manos de los bolsillos.
Las observó.
—¿Y si mañana es peor?
Daniel guardó silencio.
—¿Y si toco algo y...?
—No sabemos que funcione así.
—No sabemos nada.
Daniel pensó en Lina.
En las hojas girando alrededor de su cuerpo.
En ella preguntándole si podía hacerle daño.
Las palabras eran distintas.
El miedo no.
—No eres la única.
Flora levantó la cabeza.
Daniel se dio cuenta de lo que acababa de decir.
Demasiado tarde.
—¿Qué?
Daniel no respondió.
—¿Cómo que no soy la única?
—Has visto los vídeos.
—No me refiero a los vídeos.
Flora dio un paso hacia él.
—Daniel.
Él apartó la mirada.
Lina le había pedido que no dijera nada.
—Conozco a alguien.
Flora lo observó.
—¿Quién?
—No puedo decírtelo.
—¿Por qué?
—Porque no es mío para contarlo.
Flora tardó unos segundos en responder.
—Entonces es alguien cercano.
Daniel la miró.
—Flora.
—Vale.
Levantó las manos.
—No voy a preguntar.
Daniel arqueó una ceja.
—¿En serio?
—No.
Daniel casi sonrió.
Flora no.
—Pero está bien.
—¿Qué cosa?
—Saber que no soy la única.
Aquello hizo que Daniel se quedara callado.
Pensó en Lina. Dos personas le habían confiado el mismo miedo y él seguía sin saber qué hacer con él.
Flora volvió a guardar las manos en los bolsillos.
Siguieron caminando.
Un sonido atravesó la calle.
Varios móviles vibraron prácticamente al mismo tiempo.
Daniel se detuvo.
Flora también.
El suyo vibró dentro del bolsillo.
Después otra vez.
Daniel lo sacó.
Una notificación ocupaba la pantalla.
ALERTA DE PROTECCIÓN CIVIL
Flora ya estaba leyendo la suya.
Las conversaciones alrededor comenzaron a apagarse.
Un hombre sacó el teléfono.
Una mujer dejó de caminar.
Desde una terraza alguien preguntó:
—¿Qué pasa?
Daniel abrió la alerta.
Las autoridades solicitan a la población evitar cualquier contacto con animales que presenten comportamientos inusuales o alteraciones físicas visibles.
Daniel dejó de leer.
Flora lo miró.
—¿Animales?
Daniel continuó.
No intente capturarlos ni acercarse a ellos. Avise a los servicios de emergencia y mantenga una distancia segura.
Durante un instante volvió a estar bajo los escombros.
Polvo.
Sangre.
La criatura avanzando entre las ruinas.
Demasiado grande.
Demasiado agresiva.
La boca abierta.
Aquello que alguna vez había sido una rata.
—Daniel.
Flora estaba mirándolo.
—¿Qué?
—Te has quedado blanco.
Daniel bloqueó el móvil.
—Nada.
—Eso no era cara de nada.
—Estoy cansado.
Flora lo observó.
Daniel empezó a caminar.
—Vamos.
—Daniel.
—Flora.
Ella entendió que no quería hablar.
Lo siguió.
A su alrededor, la gente empezaba a comentar la alerta.
—¿Qué significa «alteraciones físicas»?
—Será por animales heridos.
—Mi hermano ha visto un perro enorme cerca de...
—En internet hay vídeos.
—En internet hay vídeos de todo.
Daniel escuchaba sin querer escuchar.
Flora sacó nuevamente el móvil.
—Están subiendo cosas.
—No las mires.
Flora lo miró sorprendida.
—¿Tú me estás diciendo eso?
Daniel continuó caminando.
—Sí.
—Ahora definitivamente quiero mirarlas.
Abrió una red social.
No tardó ni diez segundos.
—Daniel.
Él no respondió.
—Daniel.
Algo en su tono hizo que se detuviera.
Flora le enseñó la pantalla.
El vídeo estaba grabado desde la ventana de un edificio.
Abajo, en una calle, varias personas permanecían detrás de dos vehículos policiales.
Un agente indicaba a todos que retrocedieran.
La cámara intentaba enfocar algo entre unos coches aparcados.
Durante un instante no se veía nada.
Entonces salió.
Un perro.
O algo que todavía parecía uno.
Era demasiado grande.
Su cuerpo tenía proporciones extrañas.
Caminaba lentamente.
Uno de los agentes levantó un brazo.
La persona que grababa hizo zoom.
El vídeo terminó.
Flora bajó el teléfono.
—¿Eso es real?
Daniel no contestó.
Había visto algo demasiado parecido.
Flora lo entendió.
—Tú has visto uno.
Daniel la miró.
—No exactamente eso.
—Pero has visto algo.
Silencio.
—Durante La Caída.
Flora dejó de caminar.
—¿Qué viste?
Daniel recordó los dientes.
La criatura lanzándose.
El disparo.
El soldado.
Y después aquel instante.
La garra.
El aire.
No.
—Una rata.
Flora esperó.
—¿Una rata?
—Era más grande de lo normal.
—¿Cuánto más?
Daniel la miró.
—Como un perro.
Flora dejó de decir nada.
Daniel continuó caminando.
Esta vez ella tardó un momento en seguirlo.
Cuando Daniel volvió a casa, la televisión estaba más alta.
Su padre estaba de pie frente a ella.
Su madre hablaba por teléfono.
Lina estaba sentada en el sofá.
Lo miró entrar.
Después miró hacia la puerta.
—¿Has visto la alerta? —preguntó su padre.
—Sí.
—Ahora resulta que tampoco podemos acercarnos a los animales.
Su madre habló desde el teléfono.
—Sí, sí. Estamos todos bien.
Daniel miró a Lina.
Ella tenía el móvil entre las manos.
—¿Dónde estabas? —preguntó.
—Con Flora.
Lina lo observó un segundo más.
Daniel supo que había entendido que algo había ocurrido.
No preguntó.
En la televisión aparecían imágenes de varios puntos de España.
Un periodista hablaba delante de una zona acordonada.
Daniel se acercó.
—...las autoridades insisten en que no existe por el momento una explicación definitiva para estos casos.
La imagen cambió.
Otro vídeo.
Un animal moviéndose entre árboles.
Demasiado lejos para distinguirlo.
Otro.
Agentes cerrando una carretera.
Otro.
Una jaula cubierta con una lona siendo introducida en un vehículo.
El presentador reapareció.
—Estos incidentes se suman a las numerosas grabaciones difundidas durante las últimas horas en las que ciudadanos aseguran haber presenciado fenómenos de naturaleza todavía desconocida.
Su padre negó con la cabeza.
—Fenómenos de naturaleza desconocida.
Miró a Daniel.
—Ahora llaman así a no tener ni idea.
Daniel no respondió.
Lina tampoco.
La madre de Daniel terminó la llamada.
—Era tu tía.
—¿Está bien? —preguntó Daniel.
—Sí.
Miró la televisión.
—¿Otra vez con eso?
Nadie contestó.
Entonces apareció un rótulo en la parte inferior.
COMPARECENCIA EXTRAORDINARIA DEL GOBIERNO
Su padre subió el volumen.
Daniel miró la hora.
La emisión cambió.
Una sala institucional.
Una bandera de España.
Varios periodistas.
Un hombre se colocó frente al atril.
Los murmullos cesaron.
Daniel se sentó.
Lina hizo lo mismo.
El hombre organizó unos documentos.
Levantó la mirada.
—Buenas tardes.
Pausa.
—Comparezco para informar sobre la situación tras los acontecimientos de las últimas horas.
Daniel miró a Lina.
Ella no apartaba los ojos de la pantalla.
—Desde esta mañana, los servicios de emergencia, cuerpos de seguridad, hospitales y distintos organismos científicos han comunicado un número creciente de incidentes que, en estos momentos, continúan bajo investigación.
Una periodista levantó la mano.
El portavoz continuó.
—Algunos de estos incidentes afectan a personas. Otros están relacionados con animales y con determinadas zonas próximas a los fragmentos recuperados tras La Caída.
Daniel se inclinó ligeramente hacia delante.
Su padre dejó el mando sobre la mesa.
—Hasta ahora —continuó el portavoz—, no disponemos de evidencia suficiente para establecer una explicación definitiva sobre su naturaleza.
Un murmullo recorrió la sala de prensa.
—Sin embargo...
El hombre hizo una pausa.
—Sí podemos confirmar que una parte de los incidentes documentados y analizados por los servicios públicos son reales.
Silencio en el salón.
Daniel miró a Lina.
Ella lo miró.
Aquella frase parecía pequeña.
No lo era.
Hasta ese momento siempre había existido una salida.
Montajes.
Rumores.
Confusión.
Personas asustadas.
Ahora alguien acababa de cerrar esa puerta.
El portavoz continuó.
—Pedimos a la ciudadanía que mantenga la calma. Las personas que experimenten cualquier fenómeno físico inusual deben evitar ponerse en peligro o poner en riesgo a terceros.
Lina bajó la mirada.
Daniel lo vio.
—Asimismo, reiteramos la recomendación de no aproximarse a animales que presenten alteraciones visibles o comportamientos anómalos.
Una periodista habló desde fuera de plano.
—¿Está diciendo el Gobierno que los vídeos de personas provocando incendios, moviendo objetos o generando otros fenómenos son auténticos?
El portavoz guardó silencio durante un instante.
—Estoy diciendo que varios de los incidentes que circulan públicamente han sido verificados.
Las preguntas explotaron.
—¿Qué los provoca?
—¿Está relacionado con La Caída?
—¿Existe riesgo para la población?
—¿Son contagiosos?
El portavoz levantó una mano.
—No existe en este momento ninguna evidencia de contagio.
Otra pregunta.
—¿Está relacionado con los fragmentos?
—Se está investigando.
—¿Cuántos casos hay?
—No podemos proporcionar todavía una cifra consolidada.
—¿Por qué?
—Porque continúa aumentando.
Daniel levantó ligeramente la cabeza.
Las preguntas volvieron a multiplicarse.
El portavoz intentó continuar.
—Se ha constituido un grupo de coordinación extraordinario integrado por organismos científicos, sanitarios, de seguridad y protección civil para centralizar toda la información disponible.
Daniel escuchó atentamente.
—Nuestro objetivo inmediato es identificar el origen de estos fenómenos, determinar sus posibles riesgos y establecer protocolos de actuación.
Otra periodista levantó la mano.
—¿Han encontrado algo en común entre las personas afectadas?
El portavoz permaneció unos segundos en silencio.
Miró los documentos que tenía delante.
—Sí.
La sala se quedó más quieta.
Daniel levantó ligeramente la cabeza.
—Los equipos científicos que están trabajando con varios de los casos verificados han detectado algo que se repite.
Otra periodista habló inmediatamente.
—¿Qué cosa?
El portavoz volvió a consultar sus notas.
—Las personas que han experimentado estos fenómenos parecen irradiar algún tipo de energía.
Daniel dejó de moverse.
Lina también.
—¿Qué tipo de energía?
—Todavía no lo sabemos.
Las preguntas comenzaron a acumularse.
—¿Radiación?
—No podemos afirmar eso.
—¿Es peligrosa?
—No lo sabemos.
—¿Procede de los fragmentos?
—Se está investigando.
—¿Puede medirse?
El portavoz hizo una pausa.
—Se ha detectado.
—¿Pero pueden medirla?
—Los resultados todavía son preliminares y no vamos a especular.
Daniel miró a Lina.
Ella estaba completamente inmóvil.
El portavoz continuó.
—Quiero insistir en algo importante.
Miró directamente hacia las cámaras.
—Cualquier persona que haya experimentado alguno de estos cambios, o un fenómeno físico que no pueda explicar, debe ponerse en contacto con los servicios habilitados por las autoridades.
Lina bajó lentamente la mirada.
—No intenten provocarlo de nuevo por su cuenta. No sabemos todavía qué efectos puede tener sobre la propia persona ni sobre quienes se encuentren a su alrededor.
Daniel pensó inmediatamente en Flora.
En su mano extendida hacia las plantas.
Haz lo de antes.
Sintió una incomodidad repentina.
Él mismo le había pedido que intentara repetirlo.
Había convertido el miedo de Flora en una prueba solo porque él necesitaba una respuesta.
—Nuestro objetivo no es criminalizar a quienes estén experimentando estos fenómenos —continuó el portavoz—. Necesitamos estudiar los casos, comprender qué está ocurriendo y garantizar la seguridad tanto de esas personas como del resto de la población.
Otra periodista habló.
—¿Cuántas personas presentan esa energía?
—Todavía no disponemos de una cifra fiable.
—¿Todas las personas que aparecen en los vídeos?
—Solo podemos hablar de casos que han sido examinados y verificados.
—¿Y todos los casos verificados presentan esa energía?
El portavoz hizo una pausa.
—Hasta este momento, sí.
Silencio.
Daniel sintió algo extraño al escuchar aquello.
Por primera vez alguien no estaba hablando de vídeos.
Ni de rumores.
Ni de cosas imposibles.
Estaban hablando de algo que habían detectado.
Algo que estaba allí.
Aunque todavía no supieran qué era.
Otra periodista levantó la voz.
—¿Esa energía tiene algún nombre?
El portavoz la miró.
—No.
Pausa.
—Todavía no.
La emisión continuó.
Daniel dejó de escuchar durante unos segundos.
Miró sus manos.
Después a Lina.
Ella tenía las suyas entrelazadas.
Pensó en Flora.
En los brotes apareciendo lejos de ella.
En su padre.
Chas.
En la criatura.
En los vídeos.
Todo aquello que hasta hacía unas horas parecía formar parte de historias separadas acababa de aparecer dentro de la misma comparecencia.
Lina habló muy bajo.
—Dani.
Daniel la miró.
—¿Qué hago?
Su padre y su madre continuaban pendientes de la televisión.
Daniel bajó la voz.
—¿Con qué?
Lina lo miró como si la pregunta fuera absurda.
Daniel sabía perfectamente a qué se refería.
—Han dicho que hay que avisar.
Daniel miró la televisión.
Después a su hermana.
No respondió inmediatamente.
—¿Quieres hacerlo?
Lina miró sus manos.
—No sé.
Daniel asintió.
—Entonces no decidas ahora.
—Pero cuando lo decida, quiero hacerlo yo.
Daniel la miró.
—Vale.
—¿Y si vuelve a pasar?
Daniel pensó en el viento.
En cómo había aumentado con su miedo.
—Entonces estaré contigo.
Lina levantó la mirada.
—Eso no responde a la pregunta.
—Ya.
Ella dejó escapar el aire.
—Últimamente tampoco sabes responder muchas cosas.
Daniel sonrió ligeramente.
—Te lo dije.
Lina casi sonrió también.
La televisión continuaba de fondo.
—...se solicita conservar cualquier grabación original que pueda resultar útil para la investigación...
Daniel volvió a mirar la pantalla.
Algo había cambiado.
No en Lina.
No en Flora.
No en su padre.
Fuera.
Hasta aquel momento, el mundo había intentado entender La Caída.
Ahora empezaba a entender que La Caída solo había sido el principio.
Horas más tarde, en una carretera secundaria a varios kilómetros de Barcelona, dos vehículos permanecían detenidos detrás de una barrera policial.
Luces azules iluminaban los árboles.
Un agente avanzaba lentamente con una linterna.
A unos metros, dos militares permanecían junto a uno de los vehículos.
Uno vigilaba la carretera.
El otro hablaba por radio con el puesto de control instalado más atrás.
—¿Lo ves? —preguntó el agente.
El segundo negó.
—Nada.
La radio crepitó.
—Unidad cuatro, informe.
El agente levantó el transmisor.
—Seguimos buscando.
Algo crujió entre los arbustos.
Los dos se detuvieron.
Los militares también miraron hacia la vegetación.
Silencio.
El primer agente apuntó la linterna.
Nada.
—Será el viento.
El segundo lo miró.
Ninguno sonrió.
Otro ruido.
Más cerca.
La luz recorrió los árboles.
Se detuvo.
Dos ojos reflejaron el haz.
Demasiado altos.
El agente dejó de respirar.
Algo enorme retrocedió entre la vegetación.
Uno de los militares llevó inmediatamente una mano a su radio.
—Central...
El segundo agente levantó lentamente el transmisor.
Las ramas volvieron a moverse.
Esta vez en varios puntos.
Uno.
Después otro.
Después otro.
El agente miró hacia la oscuridad.
—Central, no hay uno.
Silencio.
Apretó el transmisor.
—Hay varios.

CORTE A NEGRO.